CÓRDOBA / Daniel Ciobanu, sin red

CÓRDOBA / Daniel Ciobanu, sin red

Córdoba. Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco. 11-XI-2021. XIX Festival de Piano Rafael Orozco. Daniel Ciobanu, piano. Obras de Silvestri, Enescu, Mussorgski, Dediu, Liszt, Chopin/Hamelin y Prokofiev.

Usted, asiduo, asidua visitante de las salas de conciertos, querrá cada cierto tiempo un concierto como el ofrecido por Daniel Ciobanu en el Conservatorio de Córdoba dentro del marco del Festival Orozco. En esta época que vivimos de gran perfección técnica y escasez de voces con algo propio que decir en lo musical, reconforta encontrar un talento tan descomunal, tan dominador absoluto de todos los registros del piano, reducido precisamente a lo que en realidad es, un instrumento, o sea, un medio, a través del cual realizar un planteamiento expresivo de la música. Una personalidad desbordante, un intérprete creativo y volcánico, lanzado, sin red, a una ejecución de gran despliegue sonoro donde en cada giro, en cada matiz, había una idea, una intención. Por el camino hubo accidentes y lapsus de memoria, pero esos ‘pecados imperdonables’ a oídos del público de hoy añaden, si cabe, aún más pasmo a la propuesta. Desde luego, no es apto para todos los gustos ni para todos los días, pero es un placer encontrar tanto compromiso y ganas de decir cosas nuevas.

Arrancó el concierto de forma aturullada, con un cambio de programa que pilló al público desprevenido y sin tiempo para acomodarse. Ese nerviosismo inicial de la sala provocó cierto azoramiento en el pianista, que, tras una Bacanal de Silvestri, que pasó como un suspiro, se templó con una pieza mágica de Enescu, el Carillón nocturno, donde destiló poesía y sentido de la ambigüedad tímbrica y tonal en una obra de rara belleza que cruza postimpresionismo y folclore y tiende hacia el silencio. Derroche de recursos a continuación en los siguientes Cuadros mussorgskianos, donde cuadro a cuadro, descubrimos cosas nuevas, pasando del asombro a la perplejidad: ese Gnomo áspero, ese Castillo en la niebla, esas Catacumbas con un juego insólito de pedales, esa Baba Yaga furiosa o esa Gran puerta de Kiev, donde el pianista sacó acordes orquestales del instrumento, merecieron más aplauso del recibido y con él se cerró la primera parte del programa.

Segunda parte de exhibición, donde el pianista se mostró en su elemento. Los vientos de Transilvania nos llegaron con una pieza descriptiva breve, con zapateado y chasquido incluido, del rumano Dan Dediu, Levantiscas op. 64. Virtuosismo de ley en una elegantísima Rapsodia húngara n° 12 de Liszt y en el Vals del minuto de Chopin, ‘enrarecido’ armónicamente por el compositor Marc-André Hamelin. Los curvilíneos Sarcasmos de Prokofiev finales sirvieron para confirmar dónde se haya el mundo espiritual de Ciobanu, entre el despliegue de acentos y la variedad de estados de ánimo. De nuevo poco aplauso cosechado y final abrupto del concierto con el encendido inmediato de las luces de sala.

Personalidad ecléctica e inquieta la del joven pianista rumano Daniel Ciobanu, medalla de plata y premio del público en el Rubinstein de Tel Aviv en 2017 o ganador de todos los premios de la edición 2015 del Festival del Piano de Marruecos. Promotor de festivales, editor de revistas… Estamos hablando, por tanto, de un animal cultural cuya actividad desborda más allá de la esfera de lo concertístico. El programa y su ejecución fue toda una declaración de intereses y de capacidades. De muchos intereses y de muchas capacidades. Y sin red.

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