Contra el olvido

Contra el olvido

Mieczyslaw Weinberg, el protagonista de nuestro dosier de este mes, es el ejemplo perfecto de cómo el tiempo es a la vez justo y caprichoso, de cómo la posteridad premia y castiga y de cuán a menudo los responsables de esa misma posteridad, es decir, los propios seres humanos, son arbitrarios con lo que desconocen, aunque no necesariamente desprecien. La historia de las artes y, por lo tanto, también de la música, está llena de nombres que merecerían con creces salir de la segunda división en la que se les ha hecho militar a veces con menos suerte aún que aquellos que quedaran en la siempre revisable nómina, por simpática, de los raros y curiosos, esos a los que se les perdona la vida porque tuvieron cierta gracia.

Es verdad que el tiempo que se nos concede a los humanos es limitado y que por muchas vidas que vivamos sería imposible escuchar toda la música, ni siquiera aquella que en algún momento atisbáramos que un día pudiera llegar a interesarnos. Sólo quien lee sabe lo imposible de la segunda parte de la frase de Mallarmé: La chair est triste, hélas ! et j’ai lu tous les livres.

Dicho lo cual, volvamos a la realidad. ¿Vale la pena indagar en lo no canónico, en lo maldito, en lo demasiado ortodoxo o demasiado heterodoxo? ¿Es mejor conocer todas las versiones de las sinfonías de Beethoven o interesarse por sus contemporáneos? ¿Sumergirse en las delicias de la música del pasado o vivir el arte de nuestros coetáneos? Curiosamente, o no tanto si se atiende a las reglas de la mercadotecnia cultural, una de las salidas a la crisis que encontraron las compañías de discos más sagaces fue, precisamente, la de indagar en aquellos nombres que habían quedado en las orillas de la corriente que se llevaba todo por delante. Así, la recuperación del Barroco a través de la exhumación de músicas y músicos de evidente valor al que se sumaban, por cierto, los cambios en una práctica interpretativa que también los ponía en el punto de mira de la afición más inquieta y, por supuesto, compradora de discos. Zonas de influencia, cortes europeas, maestros y discípulos, todo ello contribuía a que lo que pareciera panorama dominado por unos cuantos nombres fuera un periodo de tiempo bien asimilado.

Recientemente nos hacíamos eco en nuestra página web del fallecimiento del director de orquesta alemán Werner Andreas Albert, quien grabara para CPO —un sello experto en desconocidos— no ya una buena parte de la producción orquestal de Hindemith, sino, además, obras de Frankel, Sherwood —ese curioso compositor que fue también un mendigo sin hogar—, Graener, Wetz, Volkmann o Goetz. Creadores todos de los que sabríamos mucho menos —entre otras cosas, cómo es su música— si no fuera por, como sucede con lo dicho sobre el Barroco, la actividad fonográfica entendida como investigación rentable y la disposición de intérpretes tan valiosos como lo fuera este Werner Andreas Albert que procedía de una curiosa doble escuela: Herbert von Karajan y Hans Rosbaud.

En el caso de Mieczyslaw Weinberg, quien, además, sufrió una vida trágica, el proceso de reivindicación ha sido imparable, bien es verdad que con la impagable colaboración de la muerte de Stalin, de las maniobras de Shostakovich ante Beria y del interés de intérpretes como Rostropovich o Richter. Hoy nombres como Gidon Kremer, Mirga Grazinyte-Tyla o el Cuarteto Danel encabezan un proceso de recuperación que se detecta en la amplitud de una discografía antes impensable. Y no seamos cicateros con determinados esfuerzos. No pensemos que la directora lituana se compromete con Weinberg tal vez porque no tiene nada que decir en Beethoven, sino concedámosle el beneficio de una vocación de servicio a la música que supone para quienes la escuchamos la posibilidad de ampliar nuestros propios horizontes.

Han salido varias veces los discos en este editorial. Y es que, aun a pesar de plataformas y móviles, de streaming y downloads, el disco, como el libro, sigue ofreciéndonos la posibilidad de atesorar la historia. Una historia discontinua, en la que las grandes cimas tapan con su sombra el valle ameno repleto de pequeñas joyas de un día. Escucharlas nos hace felices y volver a escucharlas más felices aún pues muestra que no nos equivocamos en nuestras corazonadas. Para eso también están los discos. Habrá que volver a hablar de ello. ¶

(Editorial publicado en la revista Scherzo nº 357, de diciembre de 2019)