Componer en España

Componer en España

Con la muerte, ya nonagenarios, de Cristóbal Halffter, Antón García Abril y Luis de Pablo se nos ha ido —recordemos, por si hace falta, que continúan entre nosotros Manuel Angulo, Agustín González Acilu o Leonardo Balada por citar algunos— lo más significativo de una gran generación de compositores españoles en la que formaban también Juan Hidalgo, Carmelo Bernaola, Joan Ginjoan o Ramón Barce, entre otros. Distintos en sus planteamientos y en su proceder compositivo, los tres supusieron una suerte de vitalidad necesaria, dentro y fuera, para la música española. Supieron también entender el contexto en que su obra se desarrollaba, ligarla a una realidad cambiante, madurar con la sociedad y contribuir, a pesar de sus quejas al respecto, a que en España se considerara un poco más el papel del compositor. Fueron estimados en su profesión, premiados y reconocidos en la medida, casi siempre mezquina, es verdad, en que este país nuestro reconoce a sus creadores y, en cierta manera, supusieron también una suerte de pantalla involuntaria a todo lo que venía tras ellos. De esto último, naturalmente, no tuvieron la culpa pues no es la música asunto que interese a los medios de comunicación generalistas y menos aún si hay que buscar más allá de lo aparente o de lo estrictamente local.

Ser compositor en España es asunto tan complicado como ser escritor o pintor. Incluso más, pues se depende de un mercado menos abierto, menos democrático, más intervenido por la propia situación de quienes regulan la oferta, es decir, de quienes pueden hacer encargos, y estos ya sabemos que son las orquestas, los festivales y alguna que otra fundación. Sin embargo, ahí y sólo ahí está la posibilidad de que las generaciones que siguen a la que se acaba continúen produciendo o, en el caso de los más jóvenes, no pierdan la esperanza. El encargo es imprescindible, pero también hay iniciativas que debieran generalizarse, así la figura del compositor residente, como, por ejemplo, lo ha venido haciendo admirablemente la Orquesta de Valencia, que este año tendrá como tal a Elena Mendoza. Un compositor residente supone la posibilidad de que la audiencia reciba como natural lo que le parece raro por pertenecer, cree, a un idioma que desconoce. Y su función no debe ser solo la de estrenar lo que se le pide sino la de mostrar su método de trabajo también a compositores más jóvenes, compartir ese proceso con el público y mostrar a este sus lazos o no con la tradición.

“España no es país para compositores, ni hoy ni nunca”, ha dicho Jesús Rueda con mucha razón. Y el hoy y el nunca se dan cita demasiado a menudo al comprobar también cómo han desaparecido de las programaciones nombres que antes estaban en ellas y que hoy desconocen las jóvenes y no tan jóvenes audiencias, de Guridi a Esplá, de Gerhard a Turina, de Conrado del Campo a Bacarisse. Halffter, De Pablo —quien clamaba en esta revista por la barbaridad que supone no programar a Francisco Guerrero Marín— y García Abril deberán pasar ahora ese proceso tan nuestro que es la prueba del olvido. La generación de los que tienen ahora entre cincuenta y sesenta años —hay otra anterior, plenamente integrada ya con lo que se suponía habría de ser el relevo de los recientemente idos— es decir, la de los compositores hoy plenamente maduros y que fueron en su momento saludados como la gran esperanza de nuestra música, sigue peleando, en algunas declaraciones parece que con pocas ganas, por ocupar el espacio que naturalmente les corresponde en el devenir lógico de la vida de nuestra cultura. Los hay que prefieren vivir fuera de España por temporadas o para siempre y pasar a formar parte de eso, también tan nuestro, que es el exilio cultural mejor o peor asumido con el consuelo de sentirse bien tratados. El ejemplo de Francisco Coll, el más internacionalmente requerido de nuestros compositores, todavía en la mitad de la treintena, es muy significativo y, por duro que resulte, cabe preguntarse cuál hubiera sido su desarrollo como creador de no haber decidido irse. No olvidemos tampoco, como recordaba en estas mismas páginas Elena Mendoza, que “sin una escena off potente no hay realmente un humus creativo”. Añadiríamos que una escena off no es aquella en la que se integra solamente el colectivo creador afectado sino aquella que atrae a los que no pertenecen a él, no una reunión endogámica sino una propuesta abierta. También ahí está la clave del futuro.