¿Cómo suena una visión?

¿Cómo suena una visión?

La escena es sobrecogedora. En el campo de prisioneros (Stalag VIII) de Görlitz, en Silesia, donde se apretaban 30.000 cautivos vigilados por soldados alemanes, se encontraba Olivier Messiaen, compositor francés de treinta y tantos años. Allí coincidió con un clarinetista (Henri Akoka), un violonchelista (Etienne Pasquier) y un violinista (Jean Le Boulaire). De inmediato concibió y compuso un cuarteto para los instrumentos que azarosamente habían caído allí, más un piano de cuartel que él mismo ocuparía. La pieza, el Cuarteto para el final del Tiempo (y no “de los tiempos”, como suele traducirse), se estrenó el 15 de enero de 1941.

Es una estampa muy conocida, pero conviene recordarla. El día del estreno hacía un frío siberiano. Messiaen iba calzado con zuecos, su piano apenas respondía, los oyentes, metidos en un barracón, tiritaban congelados. No es cierto que asistieran cinco mil prisioneros, como dijo Messiaen, no debían de ser más de quinientos, pero así y todo… Lo que oyeron era, según su creador, una visión del Ángel que bajó a la tierra para rugir con voz de trueno que ya se había acabado el Tiempo (Apocalipsis, 10, 1-2). Esta visión mística la justifica Messiaen por el hambre, el frío, la ansiedad y el sufrimiento que le torturaban. Es otra exageración. De hecho, le protegía un admirable oficial alemán, Karl-Albert Brüll, el cual le proporcionó comida, ropa, papel, ocio y soledad para componer. Brüll, además, salvó la vida de varios cautivos judíos (Peter Gutmann. http://www.classicalnotes.net/classics6/ quatuor.html).

La obra está dividida en ocho partes y Messiaen escribió una glosa para cada una de ellas: Liturgia de cristal, Vocalise para el Ángel que anuncia el fin del tiempo, Abismo de los pájaros, Intermedio, Alabanza de la eternidad de Jesús, Danza del furor para las siete trompetas, Maraña (fouillis) de arco iris para el Ángel y Alabanza de la inmortalidad de Jesús. Como se ve, son ocho visiones apocalípticas expuestas en una música de una complejidad colosal. En este cuarteto la invención cromática es lisérgica, el unísono de la Danza del furor tiene tan extrema dificultad que sólo los virtuosos pueden mantener la unidad del fragmento, la rítmica es endiablada e inspirada en tradiciones orientales, la novedad armónica es absoluta. Todavía hoy, ochenta años más tarde, mantiene una notable dificultad para cualquier oyente primerizo. ¿Cómo pudo oírse en el Campo de Görlitz?

Es angustioso ponerse en el lugar de los reclusos. Debemos atender a muchas grabaciones si queremos ir construyendo en nuestra memoria la visión apocalíptica de Messiaen. La última, y muy buena, la de Wiel, Visontay, Kym y Lidström (Psalmus) acaba de editarse. Hay teóricos que prefieren prescindir del texto místico de Messiaen y oír el cuarteto como música pura, sin añadidos literarios. Es una opción, sin duda. Yo, de todos modos, prefiero imaginar esta obra en su lugar de aparición, determinada por el clarinete que milagrosamente también cayó en el campo, junto con los otros instrumentos, y que tiene una voz tan relevante en el cuarteto.

Messiaen quiso escapar de su prisión hacia arriba, hacia la eternidad. Nosotros, sin embargo, oímos desde la tierra su condena, su tortura. Yo prefiero oír este cuarteto como si fuera un prisionero más del Stalag VIII y la música me regalara unos grados de calor.