Claudio Abbado, en 10 discos

Claudio Abbado, en 10 discos

Claudio Abbado (1933-2014) mantuvo con el disco una larga y prolífica relación. Las cajas de sus registros completos en Deutsche Grammophon con la Sinfónica de Londres, las Filarmónicas de Berlín y Viena, además de otra caja con sus grabaciones para RCA y Sony, suman un total de 202 discos compactos. A ello hay que añadir los registros con la Sinfónica de Chicago para el sello amarillo, las colaboraciones con La Scala de Milán (5 óperas, Réquiem y coros de Verdi), varios álbumes en EMI y unos cuantos registros audiovisuales… Escoger en este océano discográfico diez títulos es una tarea forzosamente subjetiva y hasta arbitraria (algunos lamentarán, por ejemplo, la ausencia de su Carmen con Berganza), y más cuando el propósito de la presente lista es también el de ofrecer en la medida de lo posible una mirada global sobre la trayectoria de quien fue, entre otras cosas, director musical del Teatro alla Scala de Milán (1968-86), director principal de la Filarmónica de Viena (desde 1971), titular de la Sinfónica de Londres (1979-1987), director artístico de la Staatsoper de Viena (1986-1991) y sucesor de Karajan al frente de la Filarmónica de Berlín (1989-2002).

(Lista ordenada por preferencia, de menor a mayor)

10. Schubert: Sinfonías nº 5 y 8 (DG, 2018)


Esta grabación con la Filarmónica de Viena, realizada en 1971 y recuperada tan sólo hace unos años de los archivos de la radio austríaca, es un valioso testimonio de los comienzos de Abbado. Aún impregnado de la tradición interpretativa centroeuropea (se había perfeccionado en Viena con Hans Swarowsky), el joven Abbado dibuja una Inacabada negra y fatalista, muy distinta de su posterior lectura con la Chamber Orchestra of Europe (1988), donde se impondrán unas sonoridades camerísticas y un enfoque más diáfano y clasicista. En sus declaraciones, Abbado siempre profesó una gran admiración por Furtwängler, algo que no solía reflejar en sus interpretaciones. Esta versión primeriza de la Inacabada representa quizá su máxima aproximación al gran director alemán.

9. Berlioz: Sinfonía fantástica (DG, 1984)


Al frente de una esplendorosa Sinfónica de Chicago, Abbado firmó una versión de la Sinfonía fantástica poco conocida pero de gran interés. El oyente no encontrará aquí el talante apocalíptico de otras batutas en el “Sueño de una noche de Sabbat” ni concesiones líricas y sentimentales en la “Escena de los campos”. Sin reprimir la grandiosidad berlioziana (como también ocurre en su excepcional registro del Te Deum), Abbado la reconduce a una línea sobria, nítida y esencial que, en vez de regocijarse en los desmesurados cuadros sonoros de la sinfonía, se introduce en los pliegues de la partitura y la lee a la luz de lo que vendrá después. En los momentos de mayor dinamismo, la Fantástica de Abbado suena casi como una premonición de la música de principios del siglo XX.

8. Nono: Il canto sospeso. Mahler: Kindertotenlieder (SONY, 1993)


Este registro ilustra tanto el interés de Abbado por la creación contemporánea como su habilidad a la hora de establecer relaciones transversales entre músicas actuales y del pasado. Il canto sospeso de su amigo Luigi Nono, obra maestra del serialismo basada en cartas escritas por condenados a muerte de la resistencia europea durante la Segunda Guerra Mundial, se hermana aquí con los Kindertotenlieder de Mahler, canciones sobre la muerte de las criaturas más indefensas e inocentes, los niños. Con semejantes elecciones de repertorio, era de prever que las relaciones con la Filarmónica de Berlín pasarían por momentos difíciles.

7. Mussorgsky: Boris Godunov (SONY, 1994)


Para Abbado, la filología no era un simple trabajo de restauración arqueológica, sino una herramienta para precisar y entender el espíritu de una determinada obra. Ejemplar fue su trabajo sobre Mussorgsky, del que recuperó la heterodoxa instrumentación original como elemento constitutivo de su mensaje musical. En ese contexto, brilla con luz propia Boris Godunov, sobre el que el director italiano volvió en repetidas ocasiones. La presente grabación con la Filarmónica de Berlín revela un conocimiento profundísimo de la partitura y de sus claves, además de mostrar un refinamiento y un esplendor sonoro indiscutibles, por mucho que algunos le hayan reprochado cierta falta de carácter eslavo.

6. Bartók: Conciertos para piano nº 1 y 2 (DG, 1979)


Abbado y Maurizio Pollini fueron grandes amigos tanto sobre el escenario como fuera de él. De entre sus celebradas colaboraciones, que arrancan prácticamente en los años de la adolescencia, mi preferida es sin duda su registro de los dos primeros conciertos para piano de Bela Bartók (lástima que ignorasen el tercero). Lejos de entregarse al componente folclórico, su versión ahonda en la vertiente racional e intelectual de las partituras sin perder un ápice de vigor rítmico y haciendo gala de un virtuosismo apabullante tanto en el teclado como en la orquesta.

5. Prokofiev: Alexander Nevsky, Teniente Kijé, Suite escita (DG, 1980)


En los años sesenta y setenta, Abbado fue un importante divulgador en Italia de la música de Prokofiev, proponiendo páginas entonces poco conocidas como la Sinfonía nº 3. De su afinidad con la música del compositor ruso dan fe diversas grabaciones, entre ellas el Concierto para piano nº 3 con Argerich (DG, 1967), la Sinfonía nº 3 (Decca, 1970), los conciertos para violín con Mintz (DG, 1984) y Pedro y el lobo en colaboración con Roberto Benigni (DG, 1990; hay también testimonio audiovisual de un concierto en vivo [2008] con un Benigni desatado). Esta versión de Alexander Nevski, y las no menos logradas lecturas de la Suite escita y Teniente Kijé, son una muestra de la extraordinaria pericia del director a la hora de desentrañar una escritura compleja y virtuosística sin recurrir a ningún tipo de efectismo.

4. Berg: Wozzeck (DG, 1988)


Abbado fue desde sus comienzos un inmejorable intérprete de Alban Berg, como documenta su maravilloso monográfico de 1971 al frente de la Sinfónica de Londres (DG). El Wozzeck que dirigió en el foso de la Ópera de Viena en 1987 –el disco recoge la grabación en vivo de aquellas funciones– sigue siendo uno de mis preferidos por el perfecto balance entre cantantes y orquesta (los instrumentos parecen dialogar con las voces más que acompañarlas) así como por el dramatismo y el sentido de doliente humanidad que la interpretación logra transmitir sobre el escenario.

3. Rossini: Il viaggio a Reims (DG, 1985)


A finales de los sesenta, Abbado liberó a Rossini de los trazos gruesos de la tradición para revelar a un músico de corte elegante, ligero y brioso, en paralelo con la incipiente tarea de revisión filológica de las partituras rossinianas emprendida por Alberto Zedda. El Rossini de Abbado era en general menos brillante en disco que en el escenario, pero existe en cualquier caso alguna joya en su discografía. En 1984, el director protagonizó en el Festival Rossini de Pésaro el redescubrimiento del Viaje a Reims, del que dirigió el estreno moderno tras un siglo y medio de olvido. Aquella producción hizo historia, con toda razón, tanto por la batuta como por el apabullante reparto vocal.

2. Mahler: Sinfonía nº 9 (DVD Accentus, 2010)


Mahler representó para Abbado el amor de una vida. Dejó tres “casi integrales” –con Viena/Chicago, Berlín y Lucerna– distribuidas de manera homogénea a lo largo de su carrera. Las versiones de Lucerna son, con toda probabilidad, el testimonio más destacado de la última etapa del director. Entre los registros merecedores de mención, he escogido esta versión de la Novena con la Orquesta del Festival de Lucerna debido también al final que Abbado plantea: más de dos minutos de silencio en los que las luces se apagan, el director se queda inmóvil y la sala se sumerge en un silencio sobrecogedor. Con un golpe de genio, Abbado hace de la Novena de Mahler una experiencia trascendente, emocional e intelectual a la vez, una reflexión sobre la muerte que no deja indiferente a nadie.

1. Verdi: Simon Boccanegra (DG, 1977)


Estamos posiblemente ante la cumbre de la etapa de Abbado al frente de La Scala. El director escogió un título hasta entonces marginal dentro del catálogo del Verdi maduro y lo revitalizó gracias a una lectura que ofrecía nuevos enfoques sin traicionar el legado de la tradición. Se trata de un Verdi dibujado con una enorme sutileza psicológica y ambiental, ajeno a contundencias epidérmicas y a tensiones abrasivas. Las numerosas reposiciones en el coliseo milanés confluyeron posteriormente en una grabación a la que es imposible poner reparo alguno. Todos sus componentes –vocales e instrumentales– funcionan a pleno rendimiento. Uno de los grandes registros verdianos de siempre.

 

[Foto superior: Peter Fischli / Festival de Lucerna 2010]