Cien años de Ástor Piazzolla: el tango como metáfora

Cien años de Ástor Piazzolla: el tango como metáfora

Un 11 de marzo de 1921, hace ahora cien años, nacía en Mar del Plata Astor Piazzolla. Bandeonista y compositor, fue uno de estos raros músicos capaces de traspasar las fronteras que separan lo popular y lo culto. Su trayectoria es el relato de una simbiosis absoluta con un género musical, el tango. Al igual que hizo Johann Strauss hijo con el vals, Piazzolla utilizó el tango como un prisma a través del cual contemplar la amplitud y la diversidad del mundo. También Heitor Villa-Lobos intentó algo similar con el chôro brasileño. La operación consistía en escoger una forma geográficamente acotada y a partir de ahí ampliar sus confines interiores, incorporando en ella procedimientos dispares y a veces contradictorios bajo el impulso de una curiosidad omnívora y un afán constante de experimentación.

La relación de Piazzolla con el tango es el producto de una perspectiva que busca enfocar al mismo tiempo el género desde dentro y desde fuera. Una doble óptica que resume en cierto modo los desplazamientos físicos del músico, sus idas y venidas. Astor Piazzolla nace en Argentina de padres de orígenes italianos. Su primer encuentro con el bandoneón, a los ocho años, tiene lugar sin embargo en Nueva York, donde transcurre su niñez. Allí, en 1933, traba amistad con un pianista húngaro, Bela Wilda, que le contagia su amor por Bach. En Manhattan conoce a Carlos Gardel, que queda impresionado con la forma de tocar el bandoneón del joven Piazzolla.

En 1936, regresa a Argentina y allí toma contacto directo con el tango de los suburbios y de los clubes humeantes. Piazzolla empieza a hacerse un nombre en el mundillo, a la vez que sus inquietudes le llevan a explorar también los territorios de la música culta. A partir de 1941 recibe clases del compositor Alberto Ginastera y en la misma época trabaja como bandoneonista y arreglista en la orquesta de Aníbal Troilo. El estudio con Ginastera dará sus frutos en el tríptico sinfónico Buenos Aires, con el que gana en 1953 el Concurso Fabien Sevizky. La victoria le permite saltar al otro lado del Atlántico con una beca para perfeccionarse en París con Nadia Boulanger.

En la partitura de Buenos Aires, está ya presente –amén de las inexcusables referencias porteñas– esa mezcla de romanticismo y modernismo que caracterizará toda su obra. En la capital francesa, Boulanger le pone al tanto de lo ocurrido en la música europea de los últimos cincuenta años, pero también le anima a redirigirse hacia el tango desde una renovada conciencia estilística. Piazzolla regresa en 1955 a Argentina, decidido a romper con las convenciones tradicionales del género y a crear un “nuevo tango” en el que se mezclan, entre otras influencias, el contrapunto bachiano, la rítmica stravinskiana y bartókiana, las aristas de Prokofiev, el refinamiento armónico de Ravel y el gusto por la improvisación del jazz. Piazzolla llevará adelante sus ansias de renovación como bandoneonista y compositor al frente de grupos como el Octeto Buenos Aires, el Quinteto o el Conjunto 9, entre las reacciones adversas de los tradicionalistas que le acusan de desnaturalizar la esencia del tango. A esta época se remontan algunas de sus composiciones más conocidas como Adiós, Nonino, Decarísimo, la “Suite del Ángel” (Introducción al ángel, Milonga del ángel, Muerte del ángel y Resurrección del ángel) o la “Serie del Diablo” (Tango diablo, Vayamos al diablo, Romance del diablo).

El encuentro con el poeta Horacio Ferrer a finales de los Sesenta impulsa proyectos de envergadura como la ópera María de Buenos Aires (1967), a la vez que enriquece el catálogo del compositor con una serie de títulos destinados a figurará entre lo mayores éxitos de su producción, a saber, Balada para un loco o Chiquilín de Bachín. En la década de los ochenta, Piazzolla destacará también como autor de bandas sonoras. A las músicas escritas para el Enrique IV de Marco Bellocchio pertenece otra de sus piezas más conocidas: Oblivion.

Al mismo tiempo, y hasta su muerte en 1992, el músico argentino reactivó su faceta de compositor clásico con numerosas partituras, entre las que cabe citar el Concierto para bandoneón y orquesta (1979); el dúo Le Gran Tango para violonchelo y piano (1982), escrito para Mstislav Rostropovich; la deliciosa suite Histoire du tango para flauta y guitarra (1986); los modernistas Tango-Études para flauta sola (1987); o Five Tango Sensations (1989), destinadas al Kronos Quartet. En años recientes, ha experimentado una notable difusión en las programaciones clásicas otro ciclo suyo, Cuatro estaciones porteñas (1965-70), en un arreglo realizado por el compositor ruso Leonid Desyatnikov que realza el paralelismo con las Cuatro estaciones de Vivaldi.