Chick Corea. Un piano lleno de cosas

Chick Corea. Un piano lleno de cosas

Lo que el jazz tiene de aventura, que es mucho, se ha reflejado siempre a lo largo de la obra de Chick Corea, que nos ha dejado a los 79 años. Una aventura que no es la de otros pianistas igualmente poco convencionales sino otra que tiene más que ver con la falta de complejos a la hora de pactar con el aire de los tiempos, con los aromas de otros jardines y con los gustos menos cerrados. Y ello desde que en 1971 fundara Return to Forever —viniendo de trabajar con Stan Getz— hasta ese Live in Berlin de 2018 en el que se encerraba solo con el piano en una suerte no sé si de reflexión prepóstuma pero asumiendo, si se quiere a lo Keith Jarret —él, que venía de Bud Powell y Horace Silver—, una soledad sonora quién sabe si demostrativa al final de que siempre, siempre, había sido por encima de todo un gran pianista en el que podían convivir Evans, Scriabin, Monk o Scarlatti, repertorio de aquel recital entre otras cosas.

La historia de Corea es la de casi seis décadas de jazz pero también la de casi seis décadas de música sin etiquetas, no solo porque en la suya lo incorporara prácticamente todo sino porque cuando daba en el blanco el resultado era de primera clase. En realidad se trataba de lo que otros hicieron también en aquel momento con más o menos ambición cuantitativa, con mayor o menor acierto, pisando o no la peligrosa línea del crossover mientras desarrollaban una corriente sin la que no entenderíamos aquel momento: Zawinull, McLaughlin y, sobre todo, la confluencia de todo aquel invento que fue esa Wheather Report que aún escuchamos de vez en cuando con admiración rendida ante semejante maquinaria con Wayne Shorter dentro.

Pero no nos desviemos, o quizá no hagamos mal en hacerlo. Porque atendiendo al desvío, a la suma, a la capacidad de asimilación llegamos a explicarnos también lo que ha significado Chick Corea en el jazz: la personalidad puesta al servicio de la imaginación, la técnica —eso sin lo que, y todavía hay que explicárselo a algunos, un músico de jazz no puede existir— al de la variación constante, fijado todo en el objetivo de una comunicación permanente con el propio tiempo, con lo que se crea y lo que se escucha alrededor, con un público fiel en definitiva. Tras Corea ha quedado, ha ido quedando por sus pasos unas veces contados, apresurados otras, un legado que permite que convivan Circle y las aventuras con los tres guitarristas, la Elektric, la Akoustic, Sea Breeze con Hampton o sin él y la versión tremenda de Now He Sings, Now he Sobs —el título que lo lanza junto a su paso por la experiencia Miles Davis— con Christian McBride y Brian Blade. El recuerdo de Corea será así siempre múltiple, como lo fue él, una cabeza, un piano, con muchas cosas dentro.