CASTRO DE OURO/ Festival Bal y Gay: La fuerza inteligente de Denis Kozhukhin

Castelo de Castro de Ouro (Alfoz). 12-VIII-2025. Denis Kozhukin, piano. Obras de Elgar y Liszt.
Abría su décimo segunda edición el Festival Bal y Gay con un recital del pianista Denis Kozhukhin (Nizhny Novgorod, 1986), formado en la Escuela Reina Sofía con Dmitri Bashkirov y Claudio Martínez-Mehner y en la Accademia Internazionale del Pianoforte Lago de Como con Fou Ts’ong, Stanislav Ioudenitch, Peter Frankl, Boris Berman, Charles Rosen y Andreas Staier. Desde que ganara en 2010 el concurso Reina Elizabeth de Bélgica, el ruso ha ido creciendo hasta convertirse en uno de los pianistas más interesantes de su generación, adquiriendo poco a poco lo que ahora parece un admirable equilibrio entre lo que hace años se diría una fuerza de la naturaleza y su cada vez más evidente inteligencia interpretativa, es decir, entre técnica y concepto, entre mecánica y expresividad. La susodicha técnica es irreprochable, con un uso del pedal bien medido y una amplitud dinámica siempre al servicio de una dicción sin trampas. Y el tal concepto parte de la asunción bien razonada de lo que, esta vez, cada obra del recital proponía. Añádase a ello como elemento nada accesorio la estupenda acústica —qué cosas— proporcionada por una pura y simple carpa aledaña al castillo de Castro de Ouro, uno de los enclaves del festival dentro de A Mariña lucense. La audiencia situada alrededor del piano disfrutó de una cercanía nada atosigante que, además, permitía observar la gestualidad de un intérprete que trasluce en ella una implicación tan evidente como, por cierto, nada teatral.
El programa estaba ocupado en su primera parte por una casi absoluta rareza: la transcripción del propio Elgar de sus Variaciones “Enigma”, si no me equivoco publicada por Novello en 1899, es decir, en el mismo año en que haría lo propio con la versión orquestal. Es esta, sin duda, la obra maestra de su autor y uno diría que una obra maestra tout court, que el aficionado conoce perfectamente. Ese mismo aficionado que puede sentirse al principio un tanto indefenso, pues advierte todo lo que hay en lo que sabe de memoria pero también que, en cierto modo, ha de completarlo por sí mismo. El proceso no es inmediato sino que se va produciendo poco a poco para llegar finalmente a la conclusión de que, en cierta manera, ahora entendemos mejor la anatomía de las Enigma, su esqueleto. Kozhukin explicó su lección con un anhelo evidente por compartir su descubrimiento, no dejando nada por el camino, estableciendo con total pertinencia las relaciones entre el tema y cada variación, los hilos que unen la trama, el humor, el aparente candor y esa sensación que ofrece la partitura orquestal de que lo que escuchamos es una suma de impresión y reflexión magníficamente resumida, por cierto, por el compositor y su intérprete en la Variación XIV.
La segunda parte la ocupó ese monumento absoluto que es la Sonata en si menor de Liszt. Kozhukin ofreció una versión de una impecable arquitectura pero dotada también de una emoción permanente. La cercanía del público al piano funcionó aún más que en Elgar entre otras cosas porque permitió atisbar lo que en los momentos de mayor intensidad de la pieza pasaba por la cabeza —bueno por el corazón o por el alma, como ustedes quieran— de quien se revelaba como un virtuoso de muchísimos quilates. Ya sabemos que la obra requiere ese dominio técnico absoluto del que hablábamos antes y lo hubo desde el primer momento hasta el último, como también una intensidad permanente en el discurso, desde la nota inicial a la postrera, en ese ciclo de sensaciones que abarca lo más íntimo y lo más exultante —recordemos que determinados pasajes están marcados en la partitura nada menos que como Grandioso— y que constituye un Himalaya pianístico. Hubo pasión, mucha pasión —se diría que a lo Argerich— sin que se perdiera nada de esa narratividad lisztiana que sabe formalizar de manera única la senda de los sentimientos sin que ningún corsé le prive de esa libertad tan suya. Extraordinaria versión que seguramente haya sido uno de los grandes momentos de la historia del Bal y Gay, además de la confirmación de la personalidad de un pianista que afronta la madurez con un admirable bagaje. El éxito fue grande y Kozhukin correspondió al mismo con dos encores: Arietta y A la primavera, de las Piezas líricas de Grieg.
Luis Suñén
(Foto: Maider Pumariño)


