BURGOS / Petrenko dirige una JONDE de alto nivel

Burgos. Fórum Evolución. 14- I- 2025. Joven Orquesta Nacional de España. Director: Vasily Petrenko. Obras de Milhaud, Ravel y Bartók.
La gira correspondiente al último encuentro de la JONDE comprendía, por fin, la presentación en Burgos de uno de los directores más habituales en Castilla y León, como es Vasily Petrenko, gracias a la colaboración de la Sociedad Filarmónica de Burgos y el Área de Cultura del ayuntamiento de la ciudad. En los atriles, como corresponde, todo un programón.
El buey sobre el tejado, de Milhaud, descubrió la sorpresa de un Petrenko diferente al tipo serio y cumplidor que conocemos, esa personalidad del Este que viene a trabajar y que no acostumbra a regalar al público una sonrisa más de lo estrictamente cortés. En Burgos, por vez primera desde que lo conocemos, Petrenko se mostró desatado en su… ¿swing? La imagen de un director más joven que nunca frente a una orquesta joven no fue óbice para presentar un Bœuf sur le toit exquisito en su claridad, característica esta que fue la tónica de todo el concierto. Los músicos, jóvenes que han estudiado muchísimo y que se encuentran en el momento de estudio más en profundidad de lo que será su carrera, jugaron a lo que mandaba el jefe, que fue a acentuar el sentido del humor de la pieza sacando los planos protagonistas de cada momento. Bien traídos los efectos tanto de los cambios de tempo como del humorístico y lloroso portamento, así como la alegría de los unísonos de cuerda, dirigidos e interpretados con un gustazo enorme.
Con un gesto muy claro en todo momento, en Daphnis et Chloé llega un trabajo concienzudo de disección, con el fin de que no queden sin oír notas que estén escritas, aunque sean efectos. Ignoro cuánta cantidad de este trabajo es responsabilidad del brillante director asistente David Fernández Caravaca, pues lo que vemos desde la butaca es sólo el resultado final. Una labor al detalle, sacando partido de cada frase, de los crescendos largos y de los súbitos, es para los músicos jóvenes un ejemplo de buena educación en cuanto a tener un director que sabe remangarse para trabajar. La segunda suite instaló un sonido pictórico blando, suave y aterciopelado en el que la pintura de la estampa es también narración en el sentido de su desarrollo y crecimiento. Bravo el juego de volumen en los trombones; muy cuidado el evitar los tirones de arco; y un juego general suntuoso y sugerente.
Con ese mismo sentido de que todo ha sido ensayado con sabiduría, la JONDE interpretó el Concierto para orquesta de Bartók. En una obra en la que cada sección y cada instrumento son solistas destacados se puede dar una acertada definición de música, a saber: el arte de saber permanecer en segundo plano cuando se debe. En este sentido, cada solo quedó bien destacado en un sistema orquestal perfectamente engrasado. Cuando los metales imponen su ley, lo hacen con una buena intuición artística, con unos corales magníficamente respirados; las maderas siempre audibles en el Giuoco delle coppie; buen sentido en el dúo disonante de trompetas de este segundo movimiento; y una JONDE que, obediente, se fía de su director, quien saca lo mejor de estos chavales que están en dedos como nunca. En su versión personal, Petrenko sorprendió al atenuar el toque grotesco de las cañas dobles al inicio del cuarto movimiento, que sonó suavizado, casi francés en concordancia (o como recuerdo atinado) con el Ravel anterior. Nobilísima, como diría Hindemith, sonó la melodía en unísono de violines para crear mayor contraste respecto a la sección posterior cuando, con la ayuda de la percusión, ese componente grotesco, ya no nos engaña, deja su disfraz y explota para regocijo del oyente. El Finale, con su exigencia máxima de virtuosismo fue, quizá, lugar en el que el efecto, excepcional efecto, pudo ganar algo de terreno a la claridad del conjunto orquestal.
La JONDE tiene esa gran cualidad de la alta motivación de sus integrantes, que lo dan todo sin acomodarse un ápice. Tan buena manifestación de arte y sintonía, con un Petrenko que recuperó con la JONDE la dirección analítica, enérgica y expresiva que le ha hecho tan querido en Castilla y León, fue seguida por tres propinas. La Danza húngara nº. 1 de Brahms fue un regalo para el público a pesar de la evidencia de haber sido bastante menos ensayado; el final de La Arlesiana fue un regalo para los mismos chavales; y, en tercer lugar, una versión orquestal de Amparito Roca que comenzó sonando un poco al «estilo guiri» con que los extranjeros y los jóvenes (que no conocen versiones fundamentales) interpretan música española, quedó simpática y plena de alegría gracias a las exclamaciones, silbidos y divertidas interjecciones de los músicos.
Enrique García Revilla
(foto: Rodrigo Mena Ruiz)


