BURDEOS / Resurrección de ‘La Montagne noire’, de Augusta Holmès

Burdeos. Opéra national de Bordeaux – Auditorium Henri Dutilleux. 19-V-26. A. Holmès, La Montagne noire. Aude Extrémo, Hélène Carpentier, Marie-Andrée Bouchad-Lesieur, Julien Hentric, Guilhem Worms, Tassis Christoyannis. Chœur de l’Opéra National de Bordeaux. Orchestre National Bordeaux Aquitaine. Dirección musical: Pierre Dumoussaud. Puesta en escena: Dominique Pitoiset.
En un momento en el que se empieza a descubrir todo un repertorio sistemáticamente ignorado, el creado por las mujeres, convenía centrarse en una de las compositoras francesas más destacadas de su época, Augusta Holmès, conocida por ser la autora del villancico Trois anges sont venus ce soir, compuesto en 1884, contemporáneo de su ópera La Montagne noire, estrenada en Burdeos. Nacida en 1847 en París, donde falleció en 1903, de origen finlandés-irlandés, nacionalizada francesa en 1879, Holmès comenzó sus estudios musicales tras la muerte de su madre, quien se negaba a tener un piano en casa a pesar de frecuentar los círculos culturales, especialmente literarios, hasta el punto de tener como padrino a Alfred de Vigny, quien le dedicó el poema L’Esprit pur. Instalada en Versalles con su padre, frecuentaba allí, entre otros, el salón del músico y profesor de canto Guillot de Sainbris (1820-1887), lo que le permitió cantar, tocar música de cámara y conocer a Charles Gounod, Ambroise Thomas y Camille Saint-Saëns, quien le pidió matrimonio en dos ocasiones… Excelente pianista, también estudió canto, órgano y pintura, mientras que su belleza inspiró a numerosos pintores, entre ellos Henri Regnault (1843-1871). Su encuentro con Gioacchino Rossini fue decisivo. Se convirtió en alumna de César Franck en 1875 y, consciente de la indiferencia con la que se recibían las obras de las compositoras, publicó sus primeras partituras bajo el seudónimo de Hermann Zenta. A los 22 años, estuvo en Múnich para el estreno de Das Rheingold de Richard Wagner junto a Franz Liszt, quien descubrió en ella un talento extraordinario. En 1869, entabló amistad con el poeta Catulle Mendès (1841-1909).
Enamorada de Francia, compuso durante la guerra franco-prusiana de 1870-1871 el canto patriótico ¡Venganza! y la oda Dios salve a Francia. En 1876, estuvo en Bayreuth para la inauguración del Festival y se desplazó a Tribschen para conocer a Wagner, cuya influencia impregnaría toda su propia obra; siguiendo su ejemplo, llegará incluso a escribir ella misma los textos de sus obras, empezando por su primera sinfonía, titulada Roland furieux, compuesta en 1876 pero que no se estrenará hasta 2019, en Londres. En 1880, el poema sinfónico Les Argonautes obtuvo un gran éxito en París, lo que permitió la creación de otro poema sinfónico, Irlande, en el que ensalzaba su tierra natal, antes de componer otras dos piezas del género, la primera de carácter mitológico, Andromède, y la segunda, patriótica, Pologne. En 1888, compuso la oda sinfónica celebrativa de Francia, Ludus pro Patria, basada en un cuadro de Puvis de Chavannes (1824-1898) y, con motivo del centenario de la Revolución Francesa, una Oda triunfal para la Exposición Universal de 1889 para trescientos músicos y novecientos coristas. En 1890, en respuesta a un encargo de la ciudad de Florencia, compuso el Himno a la Paz. A su muerte, dejó más de trescientas melodías, siete poemas sinfónicos, tres sinfonías dramáticas, música de cámara, piezas para piano y cuatro óperas, a las que hay que añadir otros cinco libretos de ópera.

Drama lírico en cuatro actos y cinco cuadros, La Montaña negra es la cuarta ópera de Augusta Holmès, tras Astarté y Lancelot du lac, ambas de 1870, y Héro et Léandre (1875). Esta última obra, estrenada once años después de su composición, convirtió a su autora en la tercera mujer en ver estrenada una de sus obras líricas en la Ópera de París, tras Elisabeth Jacquet de La Guerre (1665-1729) con Céphale et Procris (1694), y Louise Bertin (1805-1877) con La Esmeralda (1836). Concebida en 1884, con libreto y música de Augusta Holmès, estrenada el 8 de febrero de 1895 bajo la dirección de Paul Raffanel en el Palais Garnier —la primera obra de una compositora en representarse allí—, La Montagne noire narra el nacimiento de Montenegro en 1657 a raíz de las tensiones entre el mundo cristiano y musulmán. Mezclando amor y heroísmo, el trasfondo de la historia ilustra una tradición oriental que consiste en la unión de dos hombres mediante un juramento que los convierte en hermanos ante Dios, aunque ello implique sacrificarse el uno por el otro. La partitura reúne seis papeles solistas, coros antagonistas de montenegrinos cristianos y turcos musulmanes, soldados y esclavos. Mirko (tenor), uno de los vencedores montenegrinos, abandona a su compañero de armas Aslar (barítono), así como a su propia esposa, Helena (soprano) en favor de la bella esclava turca Yamina (soprano), por quien sacrifica a su esposa y a su patria, lo que despierta la ira de su suegra, Dara (mezzosoprano), y angustia a Aslar, quien alcanza a los amantes en fuga e intenta convencer a Mirko de que recupere la razón. Esto despierta la ira de la esclava turca y la reacción de su amante, quien reta a duelo a su amigo íntimo. Durante el combate, el arma de Aslar cae al suelo, Yamina la agarra para apuñalar a Aslar y luego huye mientras los soldados cristianos intentan atraparla. Mirko se reúne con Yamina, con quien lleva una vida disoluta. Encontrado por Aslar, quien intenta en vano convencerlo de que regrese con los suyos, acaba matando a su amigo antes de quitarse la vida. Mientras los montenegrinos regresan victoriosos de la batalla contra los musulmanes, el padre Sava bendice los cuerpos de los amigos y la victoria de los cristianos.
El director de escena Dominique Pitoiset, que retoma y retoca su producción de Dortmund en 2024, ha optado por un efecto de mise en abîme de la acción, como si se tratara de sesiones de grabación para una edición discográfica (la obra, por cierto, se ha grabado para una caja de CD que se publicará entre finales de 2026 y principios de 2027 en el sello del Palazzetto Bru Zane). Hasta tal punto fue así que los espectadores dudaron al principio de si la acción había comenzado realmente, mientras los figurantes manejaban micrófonos, luces (diseñadas por Christophe Pitoiset) y el vestuario de Emma Gaudiano estaba colgado de perchas al fondo del escenario, compuesto por tres niveles de tarimas que desaparecen en la segunda parte del espectáculo para dar paso a un escenario desnudo que pronto se cubrirá con una alfombra y cojines. Bajo la ferviente y limpia dirección de Pierre Dumoussaud, la Orquesta Nacional de Burdeos-Aquitania brilló por su homogeneidad, su vitalidad y su policromía, interpretando la partitura en toda su potencia y sus acentos intensamente dramáticos que, de vez en cuando, evocaban a Berlioz, Wagner y Bizet, mientras que el reparto estaba dominado por los hombres: el magnético tenor Julien Henric (Mirko), el excelente barítono Tassis Chrstoyannis (Aslar) y el bajo Guilhem Worms (el padre Sava). En el lado femenino, una brillante soprano, Hélène Carpentier, y una valiente mezzosoprano, Marie-Andrée Bouchard-Lesieur (Helena). La heroína de la obra, Yamina, fue interpretada por la soprano Aude Extrémo, cuyo nombre no podría ser más acertado, ya que su voz, singularmente amplia y sólida, utiliza, o incluso abusa, de los extremos a riesgo de afear su timbre en las transiciones entre registros y, sobre todo, de gritar en su registro agudo, que se vuelve estridente y pone a prueba los tímpanos más frágiles. Hay quienes la aprecian mucho, y otros tantos que la critican, como demostró la acogida tibia que recibió la cantante durante los saludos. El Coro de la Ópera Nacional de Burdeos, excelentemente preparado por Salvatore Caputo, demostró ampliamente sus cualidades.
Bruno Serrou
(fotos: Frederic Desmesure)


