BREMEN / Entre Papageno y Salomé: destellos musicales en el Musikfest

Musikfest Bremen. 27-VIII-2025. Mauro Peter, Elsa Dreisig, Kathryn Lewek, Manuel Winckhier. Dirección musical: Tarmo Peltokoski. Dirección escénica: Romain Gilbert. Mozart: La flauta mágica. 28-VIII-2025. Camilla Nylund, soprano. Filarmónica de Bremen. Dirección musical: Marko Letonja. Obras de Brahms, Wagner y R. Strauss.
Las representaciones semiescenificadas de ópera forman ya parte de la tradición del Musikfest Bremen. Suelen reunir elencos de primer orden, con solistas de excelencia y batutas de renombre. En la sala Die Glocke, el pasado 27 de agosto, fue el joven director finlandés Tarmo Peltokoski quien se puso al frente de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, de la que es director principal invitado desde 2022, en una nueva versión de La flauta mágica.
Ya en la obertura se percibió su innata musicalidad: tensión dramática bien dosificada, contrastes nítidos. La introducción del segundo acto sonó solemne y noble, pero siempre con esa transparencia y ligereza que caracterizan su estilo. Desde la galería, el ChorWerkRuhr cumplió en sus intervenciones. La acción, discreta pero animada, fue dispuesta por Romain Gilbert junto al proscenio, arropada por un diseño de luces de Hervé Gary especialmente sugestivo en los tonos rojos y azules de la prueba del fuego y el agua.

Un reparto digno de Salzburgo aseguró una velada de auténtico brillo vocal. El tenor suizo Mauro Peter, que ya había encarnado a Tamino en la edición de 2018, exhibió un timbre lírico cultivado, enriquecido en los últimos años con mayor color, volumen y potencia. Su aria del retrato alcanzó gran intensidad expresiva, y en Wie stark ist nicht dein Zauberton logró un equilibrio ejemplar entre virtuosismo y emoción. No menos acertada resultó la elección de Elsa Dreisig como Pamina: su voz luminosa, de íntima emotividad y línea impecable, regaló uno de los momentos culminantes de la noche con un conmovedor Ach, ich fühl’s.
La Reina de la Noche de Kathryn Lewek fue una auténtica revelación. Con una voz plena, de base oscura y cálido timbre, supo expresar los matices maternales del personaje, pero también desplegar una furia vengativa arrolladora: ataques fulgurantes, coloraturas deslumbrantes y staccati afilados como cuchillas. El trío de las Tres Damas —Silja Aalto, Iris van Wijnen y Marie Seidler— destacó por su inusual homogeneidad tímbrica. También brillaron los solistas de los Niños Cantores de San Florián, que dieron voz a los Tres Geniecillos con frescura cristalina y afinación impecable. El bajo Manuel Winckhier confirió nobleza y sonoridad esbelta a Sarastro, imponiendo una autoridad majestuosa en su última intervención (Die Strahlen der Sonne). El húngaro Marcell Bakonyi, bajo-barítono de voz potente y recia, convenció como Orador. Y Andreas Conrad delineó un Monostatos incisivo, mordaz.
Como tantas veces, Papageno se convirtió en el favorito del público. El barítono suizo Äneas Humm lo cantó con voz agradable, aunque su fraseo hablado resultó algo afectado, con algunos exabruptos innecesarios. A su lado, Miriam Kutrowatz compuso una Papagena deliciosa: primero chillona y cascada bajo el disfraz de anciana, y después fresca y encantadora al descubrirse. La velada, que en perfección musical superó a muchas producciones de festivales internacionales de mayor renombre, concluyó con una entusiasta ovación del público.

Como es costumbre, el Musikfest reserva también conciertos con intérpretes de talla mundial. El 28 de agosto fue el turno de la soprano finlandesa Camilla Nylund, en un programa titulado De heroínas y héroes, acompañada por la Filarmónica de Bremen bajo la dirección de su titular Marko Letonja, en celebración del 200º aniversario de la formación. La velada se abrió con la Obertura académica de Brahms, llena de brío y con guiños a cantos estudiantiles. Nylund inició con el aria del salón de Elisabeth, de Tannhäuser, donde la voz sonó algo endurecida. Muy distinta fue su Brünnhilde en el Adiós al mundo, resuelto con un soprano poderoso, agudos firmes y un dominio absoluto de esa larguísima escena, imponiéndose con autoridad sobre una orquesta que Letonja hizo rugir con grandeza.
Tras el descanso, Richard Strauss ocupó el programa con la Fantasía sinfónica de Die Frau ohne Schatten (1946), compendio de motivos de su monumental ópera. Colores, lirismo y disonancias se entrelazaron en una interpretación de arrebatadora magia sonora. El posterior Baile de los siete velos, de Salomé, no perdió ni un ápice de sensualidad ni de embriaguez progresiva. La voz de Nylund ha alcanzado, sin duda, una nueva dimensión. No es un instrumento puramente dramático por naturaleza, pero sí de una capacidad imponente. Lo demostró con creces en la escena final de Salomé: un clímax de intensidad extática, cierre casi en trance, de profunda hondura trágica y conmovedora fuerza.
Bernd Hoppe


