BOSTON / BSO, Kuusisto y Storgards: el sol de medianoche en todo su esplendor

Boston. Symphony Hall. 29-II-2024. Pekka Kuusisto, violín. Orquesta Sinfónica de Boston. Director: John Storgards. Obras de Tarkiainen, Nielsen y Sibelius.
Este crítico, como tantos mortales viajeros y melómanos, lo primero que hace al llegar a una ciudad es pasar por su sala de conciertos a ver qué hay programado para esos días. En mi caso no ha sido esta vez exactamente pero casi. El Symphony Hall de Boston está muy cerca del maravillosos Museum of Fine Arts —donde el retrato de Fray Hortensio Félix Paravicino de El Greco y el de Góngora de Velázquez— y, por suerte, además, camino de vuelta al hotel. Al pasar, vi que sólo dos horas después —había tiempo, por tanto, para unos tacos en El Jefe’s, que está al lado—, una de las mejores orquestas del mundo, como es la que tiene allí su residencia, ofrecía un concierto dentro de su ciclo Músicas del sol de medianoche en el que, por cierto, los días 7, 8 y 9 de este mismo mes, Dima Slobodeniouk, quien fuera titular de la OSG y hoy hace carrera internacional, ofrecerá un Peer Gynt de Grieg en versión semiescenificada.
Había entradas de sobra y esa especie de Musikverein un poco áspera, como pasada por la garlopa, y con la excelente acústica propia de las cajas de zapatos de toda la vida, que es la sala de la avenida Huntington ofrecía antes del concierto un aspecto un poco decepcionante, con algo más de media entrada y como un ejemplo de que en todas partes cuecen habas cuando los programas o los protagonistas no despiden el suficiente brillo mediático. Pero la verdad es que valió la pena.
La obra de la compositora finlandesa —como todos sus compañeros de cartel— Outi Tarkiainen Variaciones sobre el sol de medianoche es un declarado homenaje a Sibelius dentro de ese estilo nórdico internacional y perfectamente descriptible —la naturaleza, la luz, los pájaros—, tan finamente diseñado como poco emocionante pero sí que bien gratificante para el aficionado siempre feliz. Fue muy aplaudida.

Pekka Kuusisto, que tañe el Stradivarius “Scota”, estuvo simplemente soberbio en el dificilísimo y a veces tan poco agradecido Concierto de Nielsen que, con todo y estar cuajado de bellezas, no parece dar demasiado cuartelillo —excepto en el pimpante Allegro cavalleresco—al oyente acostumbrado a pirotecnias de otro alcance. Lució el violinista de Espoo un sonido límpido y una afinación impecable y dio a elegir a la audiencia entre dos posibles encores: un fragmento bachiano o una de esas maravillosas melodías nórdicas para violín popular. Aquella, que ya sabemos que es soberana, se decidió por la segunda opción, música bella, suavemente danzante, conmovedora también en su simplicidad.
John Storgards, discípulo de Jorma Panula y Eri Klas, que había encargado la obra de Tarkiainen para ser estrenada por la orquesta del NAC de Ottawa, de la que es principal invitado, mostró con creces el porqué de su brillante carrera internacional, titular de la Filarmónica de la BBC y de la de Turku y que muy recientemente ha dirigido en Madrid a la Sinfónica de RTVE. El tríptico con música de Sibelius que propuso como segunda parte de la velada era imbatible: Las Oceánidas, El bardo y Tapiola. En la primera resolvió con excelencia la clave de bóveda de toda la partitura que no es otra sino llegar anhelantes a ese crescendo casi final que la remata y hacerlo bien. En El bardo mostró como es debido esas sutilezas que su compatriota sabía que parecen como esos brillos que las joyas reflejan según se miren, pero en los que hay mucho misterio. Tapiola manifestó esa suma de lirismo y épica, de narrativa sonora o de sonido narrado que es base fundamental de tanta música de su autor. Un estupendo maestro, pues, no demasiado elegante en sus maneras pero sí enormemente eficaz y, al fin, más que suficientemente artista.
Naturalmente, la razón fundamental para que este crítico acudiera a este concierto y se lo comente a ustedes casi sin venir a cuento no fue otra sino poder escuchar a una orquesta que sigue haciendo honor a su condición de leyenda. La exposición en el foyer del Symphony Hall sobre la historia de la agrupación pareciera ser una suerte de impulso para quienes la apoyan —ya saben lo importante que es eso para la música en Estados Unidos y cómo en los programas de mano viene cuánto da cada quién— y para que veamos que esa misma leyenda no sólo continúa sino que debe continuar. Así parecen habérselo tomado los músicos de una agrupación que suena simplemente excelsa —en sus recientes grabaciones de sinfonías de Shostakovich con su titular Andris Nelsons al frente se le podrá poner peros al concepto pero absolutamente ninguno a su ejecución—, que por algo es una de las cinco o seis mejores del mundo — la mejor americana junto a la sinfónica de Chicago— y de la que es difícil destacar a ningún componente sobre los demás. Juegan en la liga galáctica.
Luis Suñén
(fotos: Michael Lutch)


