Vargas Llosa

Esa foto que ilustra este artículo la he enviado en forma de postal unas cuantas veces y siempre a amigos escritores. La compraba en City Lights, la librería de San Francisco, y se la mandaba a ellos mientras yo volvía a comprarme para mí otra de Robert Lowell, poeta y en actitud más indolente -fumando un cigarrillo, mirando a alguien o a algo sin demasiada fijeza- que la tan alerta del peruano. No me acuerdo del autor de la foto, la he comprado muchas veces pero nunca he retenido su nombre, que está en los créditos y que diré aquí en cuanto lo recuerde o algún lector me refresque la memoria.
La foto es la de alguien que tiene la cabeza llena de gente, un mundo entero en la imaginación, que lo ha leído todo y quiere decirlo todo otra vez y de otra forma. Es el retrato de un novelista, no de un poeta, aunque sea, desde luego, no podía ser de otra manera, el retrato de un escritor. No vamos a hablar de música esta vez -a Vargas le gusta-, ni siquiera de literatura. Sólo vamos a celebrar que la Academia Sueca, que podía haberle dado el Premio Nobel a cualquiera, no faltaba más, se lo haya concedido a alguien tan grande, tan entregado a la literatura, de una vocación tan inmensa.

Robert Lowell


