BILBAO / Pacho Flores con la BOS: despedida con acento latino

Bilbao. Palacio Euskalduna. 5-VI-2026. Pacho Flores, trompeta. Leo Rondón, cuatro venezolano. Sinfónica de Bilbao. Director: Carlos Miguel Prieto. Obras de Chávez, Flores, D’Rivera, Ortiz y Moncayo.
La BOS reservó para finalizar la temporada un programa enteramente iberoamericano con el que practicar a conciencia la apertura de miras y contemplar lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo más allá de las viejas fronteras europeas. No es la primera vez que lo hace, pero esta vez la idea de cruzar el Atlántico tenía el aliciente de recorrer casi noventa años de historia desde la obra de Carlos Chávez hasta creaciones recientes de Paquito D’Rivera y Gabriela Ortiz como exponentes de la diversidad de la música moderna.
Carlos Miguel Prieto —que en Bilbao ha dirigido desde Haydn hasta Rachmaninov, Shostakovich, Barber, Bernstein o Revueltas— comenzó presentando la Sinfonía India (1936) de Chávez y el uso que hace de melodías, ritmos e instrumentos de percusión autóctonos, como el huéhuetl, el teponaxtle, el güiro, el raspador, los capullos de mariposa o las sonajas, que dieron todo su color a una obra fiel a la idea del compositor de que “los americanos son herederos directos de la cultura occidental”: raíces autóctonas unidas a una vocación universal. No fue la obra más atractiva del programa, pero como pórtico sirvió de maravilla.
Luego apareció Pacho Flores con su natural energía, elegante como suele, con esa sonrisa cómplice que no le escapa de la boca, para deleitar al público con su Morocota, un vals dedicado a su madre que nos llevó dulcemente a su Venezuela natal. Para el Concerto venezolano de Paquito D’Rivera compareció con hasta seis trompetas que daban una idea de la variedad de sonoridades que nos esperaban; el propio Prieto lo presentó como un concierto para un solista con “muchas voces” que viaja de Cuba a México y Venezuela para terminar en lo alto con un “loco joropo” que le da a la obra un toque muy festivo.
Pasan los años, pero Flores sigue siendo un músico de pies a cabeza y un trompetista finísimo, dotado para los ambientes y las sonoridades más inspiradoras. Daba la sensación de que podría tocar sin esfuerzo cualquier partitura que le pusieran delante, aunque también de que por nada del mundo desearía estar tocando otra cosa que no fuera ese concierto. Le acompañaron Leo Rondón al cuatro venezolano y, en una especie de jam session casi jazzística, el contrabajista de la BOS Gabriel León, caraqueño que coincidió con Gustavo Dudamel y él mismo en la Orquesta Infantil de Venezuela. Juntos desataron el entusiasmo de la sala en una clara demostración de que no hay nada como saber explotar el factor sorpresa.
Tras la pausa, Téenek, invenciones de territorio (2017) de Gabriela Ortiz, afinó la visión contemporánea armonizando diferentes capas: pasado y presente, melodía y nuevas técnicas, raíces y cosmopolitismo. Es como si compendiase en sí misma la evolución de la música iberoamericana desde los tiempos de la Sinfonía India, pero con impulsos de modernidad que Prieto —viejo amigo de la compositora— y la orquesta tradujeron con precisión y atención al carácter muy diferente de las diferentes secciones de la obra. La guinda vino dada por el famoso Huapango de Moncayo, prolongando la energía viva de una noche diferente que sirvió también de despedida para Gavin Cunningham y Juliet Somervail tras largos años como músicos de la BOS. Lo esperasen o no, se llevaron la ovación de sus vidas.
Asier Vallejo Ugarte
(fotos: Miguel San Cristóbal)

