BILBAO / Moisés P. Sánchez con la BOS: una nueva mirada sobre Falla

Bilbao. Palacio Euskalduna. 17-IV-2026. Moisés P. Sánchez, piano. Sinfónica de Bilbao. Director: Nuno Coelho. Obras de Falla/Coll, Sánchez y Beethoven.
Bien podía haber tocado El amor brujo, El sombrero de tres picos o Noches en los jardines de España, pero quizás pensó la Sinfónica de Bilbao que la idea de evocar a Falla en su aniversario demandaba una mirada más abierta y con márgenes de sorpresa. De ahí que uniese la orquestación de la Fantasía Bætica firmada por Francisco Coll y el estreno del Concierto nº 1 para piano y orquesta “a Manuel de Falla” de Moisés P. Sánchez. Savia nueva con frescura: dos voces reinterpretando el legado del gaditano para conocerlo más a fondo desde una perspectiva contemporánea.
Orquestar la Fantasía Bætica debe de constituir un desafío enorme si tenemos en cuenta que el propio compositor reconoció haberla creado “con intenciones puramente pianísticas en lo que a su técnica instrumental se refiere”. Es como si solo el piano pudiera desvelar su sequedad, su virulencia y su aspereza, como sucede con la Iberia de Albéniz o la Alborada del gracioso de Ravel. Son obras soberbias que no pueden orquestarse sin renunciar a una parte sustancial de su carácter. Desde esa premisa, el trabajo de Coll, estrenado por la Filarmónica de la BBC en el Festival de Aldeburgh de 2023, es de una sofisticación tímbrica incontestable y transmite un profundo conocimiento tanto del universo orquestal de Falla como del estilo andalucista que la Fantasía resumía y culminaba.

En la misma línea se movió el concierto de Moisés P. Sánchez, a quien contemplan más de dos décadas de carrera dando una vuelta al repertorio, innovando y uniendo estilos entre el jazz, la clásica y más allá. Sin delimitarse fronteras, sin atenerse a clasificaciones que demarquen su campo de acción, aunque ante este encargo de la AEOS y la SGAE haya adoptado una actitud bastante ecléctica, solo con alguna pildorita de jazz relegada ante una muy fiel vocación del sonido orquestal de Falla. Dividido en tres movimientos, evocador hasta el final, el concierto despliega una narrativa propia, un mundo vibrante y accesible que asiste al diálogo entre el acento jondo—resuenan ecos del Amor Brujo, de las Noches, de la propia Fantasía— y un virtuosismo un poco alla Rachmaninov que define también, aunque él no lo cultivase, el mundo que vivió Falla. No se trata de copiar, sino evocar: en cada compás se palpaba el respeto por aquella época. Por eso hablar de un único estilo sería contar solo una parte de la historia, y por eso Sánchez volvía a mostrarse como un artista personal e inclasificable, como un espíritu libre para el que todos los límites son artificiales.
En dos obras tan diversas, que podrían gustar por igual a ortodoxos y heterodoxos, la BOS jugó espléndidamente sus bazas y lució todos sus registros bajo la dirección de un Nuno Coelho muy capaz de conjugar color y precisión para que nada quedase atrás. Después, en un giro casi copernicano, la Cuarta de Beethoven devolvió a la sala un sonido diáfano que proclamó la vigencia de los clásicos en cualquier momento y circunstancia. Lejos de la grandeza de la Missa solemnis del pasado año, sin enfatizar la oscuridad de sus primeros compases, Coelho impuso transparencia en las texturas y un ritmo animado para resaltar el mensaje de sencillez que a menudo mandaba Beethoven bajo su coraza de hombre duro.
Asier Vallejo Ugarte


