BILBAO / Euskadiko Orkestra: de caminos y leyendas

Bilbao. Palacio Euskalduna. 6-V-2026. Sophie Harmsen, mezzosoprano. Werner Güra, tenor. Florian Boesch, barítono. Markus Volpert, bajo. Orfeón Donostiarra. Euskadiko Orkestra. Director: Alexander Liebreich. Obras de Bach, Strauss y Mendelssohn.
Unas fronteras muy claras delimitaban el noveno programa de la temporada de la Euskadiko Orkestra: Alemania como espacio, Bach como preludio y Strauss como culminación. Ese camino, unido a la presencia de La primera noche de Walpurgis de Mendelssohn, le daba al concierto un atractivo especial que se fue confirmando a medida que Alexander Liebreich y la orquesta desplegaban su complicidad.
Si programar una cantata de Bach es siempre una muestra de respeto a nuestra historia musical, una orquesta moderna se enfrenta al desafío del estilo y al reto de conciliar la naturaleza de unas obras compuestas para unos recintos muy reducidos con las dimensiones de los auditorios contemporáneos. Esta vez, ante la cantata Ich habe genug BWV 82, la orquesta decidió interpretarla de pie con una docena de músicos —cuatro violines, dos violas, un violonchelo, un contrabajo, un oboe y órgano positivo— en formación semicircular, una imagen excepcional en el escenario del Euskalduna, novedosa y disruptiva, que en la práctica deparó resultados estimables si tenemos en cuenta lo lejos que está el Barroco de las grandes especialidades de la orquesta. Liebreich se desvivió por transmitir frescura, diferenciar planos y brindar un cálido acompañamiento a un Markus Volpert de canto depurado y refinado.

Fue considerable el contraste con Muerte y transfiguración, con esa opulencia orquestal a la que (ahora sí) la orquesta nos tiene acostumbrados, aunque Liebreich no parece ser amigo de los excesos y prefirió no cargar las tintas en una versión de más de puertas adentro que afuera, buscando sonoridades de cámara y texturas envolventes. No venía el titular de la Orquesta de Valencia a buscar el aplauso fácil, pero tampoco lo rehuyó tras su interpretación de La primera noche de Walpurgis, romanticismo de buena ley con fuertes raíces en el pasado. Dinámico, imaginativo, urgido de renovación: Mendelssohn en estado puro.
Sobre una balada de Goethe en torno a aquella leyenda pagana de druidas animando a desterrar a los sacerdotes cristianos disfrazándose de brujas y demonios, la partitura se eleva hacia lo teatral, dibuja atmósferas y se abre a la participación de coro y solistas, que aquí fueron de nivel. Del Orfeón Donostiarra era de esperar la potencia, aunque lo que sorprendió fue la redondez de sus voces femeninas, igual que en Werner Güra primó el buen gusto, en Sophie Harmsen la calidez en el fraseo, en Markus Volpert la contención y en Florian Boesch su proverbial musicalidad. Que la obra pasase en un suspiro fue signo de una versión viva que cuesta imaginar más genuina y vibrante.
Asier Vallejo Ugarte


