BILBAO / De Mozart a Shostakovich: la huella auténtica

BILBAO / De Mozart a Shostakovich: la huella auténtica

Bilbao. Palacio Euskalduna. 4-XII-2020. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Piano y director: Lars Vogt. Obras de Mozart y Beethoven. 9-XII-2020. Pablo Ferrández, violonchelo. • Euskadiko Orkestra. Director: Robert Treviño. Obras de Shostakovich y Schumann.

Continúan las orquestas vascas su travesía por esta época de incertidumbre en la que, pese a todo, se renuevan las certezas. Mozart es una de ellas, y su música, que preserva la jovialidad de su escritura en todas sus piezas, en las oscuras y en las luminosas, ha ganado presencia en todo este drama. El Concierto para piano n° 21 es una de sus mayores obras maestras no solo por lo que cuenta sino por la manera en que se desarrolla, con ese orden mágico y esa huella auténtica que le pertenece solo a él. De Lars Vogt, algo duro y unilateral, se esperaba más al piano, pero obtuvo una magnífica respuesta de la BOS, que estos últimos tiempos ha estrechado admirablemente su relación con el estilo clásico. De ello dio prueba después la Pastoral de Beethoven, que demanda tiempo para ser contemplada en toda su magnitud y perspectiva para comprender que su carácter es tan genuinamente beethoveniano como el de la oscura y violenta Quinta. Lo orquesta halló un sonido cálido y espacioso que permitió a Vogt transmitir, especialmente en el movimiento final, una atmósfera potente a la vez que una apacible serenidad.

La velada de la Euskadiko Orkestra [en la foto] se inició con el Concierto para violonchelo n° 2 de Shostakovich, compuesto hacia el final de su vida. Como todas sus obras de madurez, no admite medias tintas: o entras en ella o te quedas fuera. Pablo Ferrández vive intensamente su relación con la música y esa entrega salió a flote desde los primeros compases de la pieza. En ella la sombra de Rostropovich es persistente, pero siempre caben nuevas visiones, y el joven chelista impuso la suya aunando belleza, inteligencia y profundidad a partes iguales. Treviño, buen acompañante en el concierto, poseedor de una personalidad dominante que casa bien con las grandes obras sinfónicas, se liberó en la Cuarta de Schumann y no tardó en llevarla a su terreno, desplegando un sonido denso, unos acentos muy marcados y un discurso extrovertido que hizo que primaran los momentos expansivos sobre los secretamente poéticos.