BILBAO / BOS: el valor del presente

BILBAO / BOS: el valor del presente

Bilbao. Palacio Euskalduna. 13-I-2022. Alexandra Dovgan, piano. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Director: Erik Nielsen. Obras de Bertelsmeier, Chopin y Mahler.

Haciendo frente a nuevas restricciones que reducen el aforo del Euskalduna a 800 localidades, poco más de un tercio de su capacidad, la Sinfónica de Bilbao comenzaba el año de su centenario con un programa que miraba al futuro al tiempo que marcaba el valor del presente por obra de su titular, Erik Nielsen, que consigue que cada concierto sea un evento completo en sí mismo y una oportunidad para aprender cosas nuevas.

En Frischzellenkur, estrenada por la WDR de Colonia en abril de 2021, la alemana Birke J. Bertelsmeier enlaza su visión de la búsqueda humana de la eterna juventud con el esquema de las fatrasies francesas, y lo hace a través de una escritura desprovista de efectismos, compuesta de diversas capas expresivas que armonizan completamente, como si la pieza entera fuera un gran mosaico. Nielsen la describió con una precisión y una limpieza que presidieron también su mirada del Concierto n° 2 de Chopin, en el que se lució una Alexandra Dovgan atenta a sus sutilísimos pliegues, dueña de un pianismo con buena base y una gran intuición musical. Que no todas las frases tuviesen la misma personalidad o que no todos los detalles estuviesen minuciosamente dibujados (tiene 14 años y la música es una carrera de fondo) no impedía advertir el talento que afloraba en su manera de tocar, así como su identificación con el estilo de Chopin, también patente en la preciosa mazurca que ofreció fuera de programa.

Como Beethoven, Mahler necesita músicos que lo hagan regresar al orden y al sosiego. Nielsen puede ser uno de ellos. De la Primera escribió Bruno Walter que tiene “por su exuberancia emocional, por la audacia incondicional e inconsciente de su novedad en la expresión y por su riqueza imaginativa, la fuerza única de una obra maestra de juventud”. Nielsen vino a añadir que, por inmensa que sea la energía de la obra, existe también un vértigo dulce, un latido íntimo y terrenal. Incluso cuando Mahler se exalta, el estadounidense guarda una mesura incompatible con la fuerza bruta. Y la orquesta lo sigue incondicionalmente. De ahí que el movimiento más alejado de lo que estamos acostumbrados a escuchar fuera el cuarto, en el que exploró sonoridades depuradísimas, ciertos detalles de cámara y, viendo lo que no todos ven, una respiración natural para la música.