BILBAO / Angela Hewitt y el viaje de las ‘Goldberg’

Bilbao. Yimby Ercilla. 22-IV-2026. Angela Hewitt, piano. Bach: Variaciones Goldberg.
En el centro de Bilbao, a escasos metros de la Plaza Moyúa, el espacio Yimby Ercilla y Bilbao House Concerts se unieron para ofrecer uno de esos conciertos que buscan una relación íntima con un público reducido: no más de ochenta asistentes rodeando un Steinway elevado sobre una tarima a la espera de escuchar a Angela Hewitt en las Variaciones Goldberg de Bach, una obra que lleva más de cincuenta años en sus dedos, ha grabado dos veces y ha tocado en salas de medio mundo. Un nuevo espacio es siempre una invitación a escuchar de una manera diferente y, en particular, esta vez la interpretación podía entenderse como una confidencia.
Al comienzo venían al recuerdo los recitales de Hewitt interpretando varias de las Partitas y El arte de la fuga de Bach en la Sociedad Filarmónica. Tiene repertorio de sobra, de Haendel a Debussy, Messiaen o incluso Albéniz, pero cuando toca Bach, más allá de consideraciones estéticas o de los gustos de cada cual, es como si nada se sobreexpusiese, como si todo lo viese natural, limitado a lo estrictamente necesario. Con el tiempo, igual que le sucede a Schiff, se ha vuelto incluso más ascética. Y en las Goldberg añade un componente casi ritual, de liturgia en torno a la música, pues el silencio se incorpora a la propia obra. Hewitt conoce ese poder del silencio como viaje hacia adentro, hacia el interior de uno mismo justamente cuando más ruido hay en el mundo.
Por eso sus Goldberg son austeras, transparentes, matizadísimas, más bien reposadas (80 minutos en conjunto) y, aunque de pronto se valiese del potencial del piano moderno para crecer y volverse majestuosa (nº 29), predominantemente dulces y elegantes. Muy leves toques de pedal, discretas ornamentaciones en las repeticiones, sutiles cambios de intensidad y textura, voces nítidamente diferenciadas, detalles en el fraseo que eludían cualquier monotonía y una ideal integración de las variaciones en modo menor (con la nº 25 como cima expresiva) describieron una interpretación en la que Hewitt apenas se dio licencias. Todo muy medido, pero con apariencia de espontaneidad, lejos de la precisión a toda costa de Gould. Y el silencio de casi un minuto que guardó el público al terminar confirmó lo que sabíamos de las Goldberg: que se degustan mejor en el recogimiento que entre la multitud.
Asier Vallejo Ugarte


