BETANZOS / De Roma a Roma con parada en Bach

Betanzos. Iglesia de San Francisco. 1-V-2025. Musica Ficta. Director: Raúl Mallavibarrena. Obras de Palestrina, Victoria y Morales. Iglesia de Santiago. 2-V-2025. Amandine Beyer, violín. Obras de J. S. Bach. Iglesia de Santiago. 3-V-2025. Los Elementos. Alto y director: Alberto Miguélez Rouco. Obras de Haendel y Veracini.
Cumplía estos días su sexta edición el ciclo Música Antigua en Betanzos, organizado por el Centro Nacional de Difusión Musical con la colaboración del Ayuntamiento y la Unidad Pastoral de la ciudad brigantina. Tres conciertos en dos de sus más bellas iglesias —San Francisco y Santiago, cerrada por obras el igualmente habitual marco de Santa María do Azogue— a cargo de lo que bien podríamos llamar primeras figuras en la interpretación del repertorio a que hace alusión el título de la convocatoria.
El jueves 1 de mayo Musica Ficta, bajo la dirección de su fundador, Raúl Mallavibarrena, planteaba un programa con ocasión del quinto centenario del nacimiento de Palestrina con el título de Roma, capital de príncipes de la música. El propio director explicó de forma a la vez pedagógica y rigurosa las diferencias de planteamiento y de estilo tanto como la importancia de la adecuación de la música al texto en los casos que ocupaban el muy bello programa: Palestrina, Victoria y Morales. Música Ficta demostró hallarse en un espléndido momento, con un equilibrio admirable entre las voces —permítanme que destaque la del tenor Ariel Hernández, suma de presencia y buen gusto canoros— y la sensación de estar en ese punto en el que su director sabe perfectamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Hay en ellos, a la vez, técnica y expresión de primera clase y un enorme cuidado en el desarrollo de esta suerte de monumentos sonoros que son cada una de las piezas que abordaron, con una especial mención para su forma de tratar los finales. Habló Mallavibarrena de cómo para tales autores no era lo mismo escribir para un oficio de Semana Santa que para poner música al Cantar de los Cantares, y quedó clara la diferencia en la retórica. Pero, afortunadamente, también apareció la enorme sensualidad de esta música más allá de sus pretextos. Hubo muchos momentos destacados, pero uno se quedaría, tal vez, con Nigra sum del Canticum Canticorum de Palestrina y el modo como se contó —y cantó, claro— Lamentabatur Jacob de Cristóbal de Morales como muestra de lo que fue un concierto ejemplar. Como encore, Con amores la mi madre de Juan de Anchieta, del Cancionero de Palacio, delicadamente introducida y concluida por la alto Victoria Cassano.
Amandine Beyer es, sin duda, uno de los referentes de la interpretación históricamente informada y entre sus logros mayores ha figurado siempre su grabación de las sonatas y partitas para violín solo de Johann Sebastian Bach. Uno diría que en su recital betanceiro la francesa afincada en Vigo ha extremado aquellos presupuestos iniciales hacia una lectura por momentos más abstracta y otras veces, paradójicamente, tendente a una expresividad basada en una suerte de ejercicio virtuosístico, algo brusco quizá, que nos condujera per aspera ad astra. Ya sabemos que la paleta de Beyer no es la de Khachatryan o la de Hahn —ni siquiera la de Fabio Biondi, ejemplar en su equilibrio historicista— y que surge de otros presupuestos, y de ahí hay que partir para tratar de entender cabalmente lo que se nos ofrece. Ni la belleza del sonido ni la sentimentalidad —que no el sentimentalismo— son aquí aspectos principales. Es mucho más un rigor de escuela —a estas alturas bien se puede decir— lo que se nos da, en el que pareciera preferirse lo adusto a lo luminoso, lo veloz a lo demorado, o al menos esa sensación tuvo este crítico que en esta cuestión siempre ha tenido un criterio tan abierto como la puerta de la Posada del Peine. Quizá ese rigor, o esa libertad —magnífico su equilibrio en la enorme Chacona de la Segunda Partita— que también caracteriza el tratamiento de Beyer, llevara las danzas de esa misma Segunda y de la Tercera Partita más por el lado de la rusticidad que por el de la cortesanía. Para el oyente-espectador la sesión fue enormemente interesante por mor también de la gestualidad de la violinista —que estrenaba instrumento construido por el lutier vigués Anxo Cabreira—, que parecía no disimular nada de lo que le pasaba por el corazón o por la cabeza. Quizá, creo, debiera haber contenido alguna exclamación que la traicionaba un poco, así cuando tras la Fuga de la Sonata nº 3, de cuya dificultad nos había prevenido en palabras previas, exclamó un “¡es horrible!” o su conclusión de la Bourrée de la Partita nº 3 con un “¡jolín!”. El éxito, bien grande, tuvo como encore un agradecido Preludio de Nicola Matteis.

El cierre de la serie lo protagonizaron Los Elementos en formato reducido, coronando así en Betanzos su residencia de esta temporada en el CNDM. Haendel fue el protagonista de sus últimos conciertos y lo ha sido igualmente en esta ocasión con un programa titulado precisamente Haendel en Roma en una abarrotada iglesia de Santiago. Formato reducido, decíamos, pero de una extraordinaria intensidad. Empezando, naturalmente, por el propio Miguélez Rouco, que ha ido ganando personalidad en su voz, flexibilidad para moverse sin apuros arriba y abajo —los graves son especialmente elegantes—, sin afectación alguna y abordando Vedendo amor, Crede l’uom ch’egli riposi, No se emendará jamás y Lascia la spina con una musicalidad sin tacha. Todo fue magnífico, pero quizá el momento álgido llegó en el “Dicente mis ojos” de la citada cantata spagnuola. Sostenido en un virtuosismo impecable y arropado formidablemente por el se diría que insuperable continuo de Giulio Padoin al violonchelo y Jeremy Nastasi al archilaúd, Claudio Rado, habitual concertino de la orquesta “grande”, dictó lección soberana en las dos sonatas de Haendel. Verdaderamente affettuoso el primer tiempo de la HWV371, fogosos pero siempre controlados en afinación y en ornamentos los allegros de esta y de la HWV361. Rutilante y arrebatador en el Capriccio de Veracini, estricto contemporáneo del protagonista del concierto, y conmovedor el acompañamiento al alto en Lascia la spina. El encore respondió a las mil maravillas a la complicidad de una audiencia entregada y con razón: la primera de las dos arias de No se emendará jamás en la que Miguélez Rouco se acompañó muy graciosamente de unas mínimas castañuelas de marfil “de finales del XVII o principios del XVIII” —quiere decirse que de la época de las músicas escuchadas antes— que estuvieron en el convento de las Capuchinas de A Coruña.
Luis Suñén
(Fotos: Santiago Pérez)


