BERLÍN / ‘Zar y carpintero’ en la Deutsche Oper: fallido homenaje a Lortzing

Berlín. Deutsche Oper. 20-VI-2026. Daniel Schmutzhard, Philipp Kapeller, Patrick Zielke, Nadja Mchantaf, Kieran Carrel, Nicole Piccolomini. Dirección musical: Antonello Manacorda. Dirección de escena: Martin G. Berger. Albert Lotzing: Zar und Zimmermann.
La Ópera de Leipzig ya había rendido homenaje a Lortzing en abril con un festival dedicado al compositor con motivo del 225 aniversario de su nacimiento y del 175 de su muerte. Le ha tocado el turno en estos días a la Deutsche Oper de Berlín con una nueva producción de su ópera más conocida, El zar y el carpintero. Por desgracia, el montaje de Martin G. Berger ha marcado el punto más bajo de la temporada de la ópera berlinesa que termina estos días. Berger ha decidido reescribir el libreto del propio Lortzing, trasladando la trama a un país de opereta llamado Tschirkistán, en la frontera entre Rusia y Lituania, alargando la historia de forma agotadora con interminables diálogos adicionales. En especial, se saca de la chistera tres personajes totalmente inventados que además están en escena todo el tiempo: el tío del zar, Raul (Fabian Gerhardt), una agente del servicio secreto (Katharina Brehl) y el primer ministro de Holanda, quienes se encargan, como si pertenecieran a la Stasi, de vigilar constantemente al zar Peter Michaelov, que quiere llevar a cabo personalmente -y de incógnito- una misión de espionaje industrial en un astillero de Saardam, en Holanda. Dado que en ese mismo astillero trabaja también un joven obrero -y desertor- llamado Peter Ivanov, se producen las típicas confusiones propias del género del singspiel cómico.

El ‘nuevo libreto’ está lleno de alusiones políticas a la actualidad (el G7 en una supuesta ‘Cumbre de la Paz de Saardam’, la problemática de los refugiados, etc.) con las que el equipo escénico sobrecarga la trama, sirviéndose además de una espantosa escenografía de Sarah-Katharina Karl, que sitúa en el sempiterno escenario giratorio un horrible andamio metálico de dos alturas con tubos de neón. Se trata de un decorado sin colorido local ni encanto poético, en el que se puede representar todo y nada. Frente a la estética sobria y austera de la estructura metálica, una tarta de boda rosa de tamaño enorme, sobre la que flota un corazón adornado con lucecitas de colores, ofrecía un patético contraste. El rosa es, de hecho, el color predominante en el vestuario diseñado por Esther Bialas, ya que incluso los monos de trabajo de los coristas son rosas, afeados aún más con un aspecto anticuado de poliéster. Por su parte, los trajes de los invitados a la boda del hijo de la viuda Browe -la propietaria del astillero- son extravagantes a más no poder, tanto como ella misma, quien con su aspecto sofisticado se antoja una burda caricatura de la empresaria multimillonaria. Como guinda del pastel (nunca mejor dicho), ocho bailarines están presentes casi todo el tiempo, ‘adornando’ muchos números musicales con sus bailes. Se les exigió especialmente en el famoso baile de los zapatos de madera, que la producción presenta como un número de claqué, en una suerte de homenaje (no se sabe si voluntario o no) a Fred Astaire y Ginger Rogers.

Con la «escuela de canto», el coro también tiene un tema conocido: una cantata a modo de ensayo que el coro de la Ópera Alemana de Berlín interpretó con energía y buen sentido del ritmo. Lo ‘dirigía’ el alcalde van Bett, a quien el bajo Patrick Zielke interpretó con voz cavernosa y retumbante. Por lo demás, el nivel vocal tampoco fue nada del otro mundo. El barítono Daniel Schmutzhard realizó un trabajo digno en el rol de Peter Michaelow, sustituyendo vocalmente a un colega enfermo, mientras que el propio director de escena actuaba en el escenario. Solo en la gran escena Einst spielt´ ich mit Zepter se habría deseado una mayor cantabilità por parte del barítono. El papel de Peter Iwanow, el falso zar, queda a la sombra del auténtico, pero estuvo interpretado con solidez por el tenor Philipp Kapeller, de voz muy agradable. A él le corresponde la última escena de la ópera, cuando, tras el arresto del zar auténtico, es nombrado nuevo gobernante, si bien decide meter con determinación la corona imperial en una bolsa de basura azul. Decepcionante el tenor Kieran Carrel como Chateauneuf, a quien le faltó el brillo lírico necesario para sacar adelante el número más popular de la ópera, el aria Lebe wohl, mein flandrisch Mädchen. La soprano Nadja Mchantaf interpretó el principal papel femenino, Marie, con agilidad física, pero con una voz poco atractiva y algo ajada. Fue una lástima que la viuda Browe tuviera tan poca música que cantar, teniendo en cuenta la potencia vocal de la mezzo Nicole Piccolomini.
Lo que sin duda resultó una auténtica gozada fue la prestación instrumental, llena de energía, de la orquesta de la Deutsche Oper, dirigida por un Antonello Manacorda que supo animarla para que mostrase toda la ligereza y el ingenio que encierra la partitura, acelerando los tempi en los finales de acto al estilo de Rossini y manteniendo la cohesión de los conjuntos con seguridad.
Bernd Hoppe


