BERLÍN / Thielemann lleva por primera vez a la Staatsoper ‘La mujer silenciosa’ de Richard Strauss

Berlín. Staatsoper. 10.7.2025. Peter Rose, Brenda Rae, Iris Vermillion, Samuel Hasselhorn, Siyabonga Maqungo. Dirección musical: Christian Thielemann. Dirección escénica: Jan Philipp Gloger. Richard Strauss: Die schweigsame Frau
Jan Philipp Gloger concibe un espacio más bien ralo para la comedia musical de Richard Strauss Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa), un título que nunca se había representado en Unter den Linden y que Christian Thielemann ha elegido para su primera nueva producción como director musical de la Ópera Estatal de Berlín. La escenografía de Ben Baur representa la vivienda de Sir Morosus como una suite de varias habitaciones, un espacio tal vez demasiado grande para una persona mayor y solitaria. De hecho, el problema de la vivienda es uno de los dos temas sociales que el equipo escénico ha querido abordar en este montaje; el otro es la soledad de las personas mayores.
Desde el principio queda claro que la puesta sitúa la acción en el aquí y ahora. Durante el preludio se muestran anuncios de venta por Internet de pisos y casas de diferentes precios, mientras que, en el fondo, un letrero luminoso de Berliner Pilsner hace referencia a la capital alemana como lugar de la acción. Antes de cada acto se proyectan sobre un telón titulares de diversos medios de comunicación sobre la soledad de las personas mayores, lo que a todas luces se antoja una idea superflua. Es lamentable, además, que la suite carezca de cualquier tipo de ambientación y que, salvo por un cuadro con una escena marítima, no haya ningún recuerdo del pasado de Sir Morosus como almirante de la marina.

El evidente gusto de Jan Philipp Gloger por la agitación se refleja sobre todo en las apariciones de la compañía teatral del sobrino de Morosus, Henry, en las que los trajes multicolores y estrafalarios de Justina Klimczyk, como es habitual, son de una fealdad difícilmente superable y acentúan el ambiente extravagantemente queer de la escena. La falsa boda en el segundo acto entre Morosus y Aminta, la mujer de Henry, con bombillas de colores a modo de guirnaldas, un ridículo número de baile y figurantes vestidos con trajes rojos en forma de corazón («Just Married»), es el momento más deprimente de un montaje que, por lo demás, no deja de plantear ideas a cada cual más artificiosa, como el uso indiscriminado de pancartas y carteles o el estrambote final, cuando Morosus, tras su monólogo, se sienta a la mesa con toda la compañía, a la que ha acogido en su casa como si fueran refugiados.
Una vez más, la calidad musical de la representación lo compensó todo. Y eso que el comienzo fue inquietante, ya que Iris Vermillion, en el papel de ama de llaves, dejó entrever una voz ruinosa que tuvo que refugiarse en un estridente Sprechgesang. Pero inmediatamente se hizo la luz con Samuel Hasselhorn en el papel de barbero con chaqueta y vaqueros blancos (aquí un fisioterapeuta), ya que el barítono impresionó con una voz vigorosa y juvenil, de gran riqueza y hermoso timbre, además de con una interpretación ágil y una fuerte presencia escénica. Por su parte, Siyabonga Maqungo interpretó a Henry con un estilo de tenor casi heroico. Los metálicos agudos fueron sin duda impresionantes, pero en algunos momentos se habría deseado un poco más de lirismo.

La parte más exigente de la obra es la de Aminta, un papel para soprano coloratura, parecido al de Zerbinetta. La estadounidense Brenda Rae demostró en su debut en Berlín una gran destreza técnica y una soberanía absoluta hasta en las zonas más extremas de su registro. Su voz, rica en armónicos, dominó los conjuntos y se mostró tan delicada en los pasajes líricos como dramática en el estallido al final del segundo acto, cuando exige «¡Silencio!» y se lanza a una brillante pirotecnia vocal.
El bajo Peter Rose fue un conmovedor Sir Morosus, de voz suave a la que tal vez en ocasiones se le habría podido pedir algo más de volumen. Sin embargo, la humanidad que supo conferir al personaje, al que llenó de matices y sutilezas, resultó muy emotiva. Bajo su monólogo final «Wie schön ist doch die Musik» (Qué hermosa es la música), Thielemann y la Staatskapelle de Berlín crearon un sublime tapiz sonoro con las cuerdas. De hecho, durante toda la velada la orquesta brilló, centelleó y resplandeció bajo su batuta, pero también supo mostrarse ruidosa, y el director no se contuvo en esos pasajes, aunque sabiendo siempre encontrar el equilibrio justo entre la escena y el foso.
El público que asistió al estreno el 19 de julio en la Staatsoper, con todas las entradas agotadas, ovacionó con entusiasmo a los cantantes, la orquesta y el director, pero también dejó patente su descontento con el equipo escénico.
Bernd Hoppe
Foto: Bernd Uhlig


