BERLÍN / Saioa Hernández, Butterfly de éxito en la Staatsoper

BERLÍN / Saioa Hernández, Butterfly de éxito en la Staatsoper

Berlín. Staatsoper. 10-X-21. Puccini, Madama Butterfly. Saioa Hernández, Stefan Pop, Lauri Vasar,  Natalia Skrycka, Andrés Moreno García. Coro y orquesta titulares de la Staatsoper. Director musical:  Massimo Zanetti. Director de escena: Eike Gramss.

Función de tercera, impropia de un teatro de la tradición y los medios de la Staatsoper de Berlín. Sí, la de Barenboim y su sonada Staatskapelle. Ni siquiera la protagonista vocal de la noche, la madrileña Saioa Hernández, salió indemne de esta fallida Madama Butterfly en la que nada bueno hubo.

Foto: Gianmarco Bresadola / Staatsoper Berlin

La vieja producción del ya desaparecido Eike Gramss sigue tan rancia, tópica y pobretona como cuando se estrenó en 1991. Bandera yanqui, paipáis a mansalva, kimonos, pasitos rápidos y estrechos, sake, luna llena, estrellas…

El reparto, salvo la equivocada Butterfly de Hernández (su ancha voz va ya por otros derroteros, más dramáticos y menos líricos), cumplió sin más ambición que llegar sin sobresaltos al final, como también el coro (penoso el boca cerrada del segundo acto), y una orquesta que, dirigida rutinariamente por Massimo Zanetti, sonó desajustada, ruda y claramente descompensada. Era evidente que hubo poquísimos ensayos. Incluso, a tenor de cómo sonó, quizá ninguno.

A pesar de tan adverso entorno; de una vocalidad que hoy no es precisamente la ideal para la cándida japonesita —quince añitos cuando se casa con el gringo—; de la poca o nula ayuda de una dirección de escena ramplona, ingenua y más reiterada que el tebeo, y de un vestuario que confundía a Suzuki con ella, Saioa Hernández cosechó un éxito inapelable. Tras romper el aburrimiento de la noche con un discretamente aplaudido Un bel dì vedremo, la frialdad se tornó entusiasmo y aluvión de bravos al final, en sus reiteradas salidas a saludar ante un público que en Berlín, desde ayer, ya anda durante las representaciones operísticas liberado de las dichosas mascarillas.

El rumano Stefan Pop es un tenor lírico-ligero cuya voz, hermosa y de tintes claramente belcantistas, chirría con la vocalidad pucciniana en general y en particular con la de Pinkerton. Escénicamente, fue todo un Pavarotti: se plantó en el escenario y se concentró en mover los brazos al son de la voz. Ni Strauss en su Cantante italiano de El caballero de la Rosa lo hizo mejor (acaso por ello el triunfo que cosechó Pop con este papel caricaturesco en el Festival de Salzburgo de 2014).

Víctima de la nada favorecedora puesta en escena y de una batuta poco dispuesta al detalle, el Sharpless del barítono estonio Lauri Vasar quedó casi tan inadvertido como la Suzuki de Natalia Shkrycka, sobre la que, asombrosamente, se impuso la Kate Pinkerton de la contralto húngara Anna Kissjudit. Teatro a rebosar por un público dominguero y bastante escandaloso, que incluso entraba y salía en mitad de la función. Mediocridad a ambos lados del foso. ¿Era realmente la Staatsoper de Berlín de Meyerbeer, Erick Kleiber y Daniel Barenboim?