BERLÍN / Runnicles y un soberbio reparto salvan un ‘Tristán’ escénicamente fallido

Berlín. Deutsche Oper. 1-XI-2025. Clay Hilley, Elisabeth Teige, Georg Zeppenfeld, Irene Roberts, Thomas Lehman, Dean Murphy. Director de orquesta: Donald Runnicles. Director de escena: Michael Thalheimer. Wagner: Tristan und Isolde.
Ningún wagneriano echa de menos el anterior montaje de Tristán e Isolda en la Deutsche Oper, en el cual el director de escena Graham Vick ambientaba el tercer acto en una residencia de ancianos con un Tristán senil. Donald Runnicles había dirigido musicalmente esa producción, y esta semana ha vuelto a ponerse al frente de la orquesta de la Deutsche Oper en el estreno de la puesta en escena de Michael Thalheimer, que llegaba a Berlín procedente del Grand Théâtre de Ginebra. Runnicles convenció con una interpretación madura, que brindaba al mismo tiempo atmósferas mágicas con sutiles matices y crescendi grandiosos de exuberante embriaguez. En todo caso, el éxito del estreno fue mérito suyo, ya que la puesta en escena decepcionó por su desconcertante pobreza de ideas, su monotonía escénica y su parquedad visual.
El escenógrafo Henrik Ahr sitúa en la parte trasera del escenario una pared con una rejilla de 260 bombillas que alternan su luminosidad entre tonos amarillos cálidos y blancos fríos, en un decorado abstracto sin ninguna referencia temporal o espacial. No hay diferencia entre el primer y el segundo acto, entre el barco y el castillo, e incluso la plataforma que se desliza hacia dentro se utiliza como elemento escénico tanto en el primer como en el segundo acto. El más logrado es el último, en el que la pared de frías luces flota como un techo inclinado sobre la acción. Lamentablemente, Thalheimer echó a perder esta poderosa impresión al hacer que Isolda se cortara la yugular en su muerte de amor. El trozo de cristal de la copa rota del filtro de amor ya había servido en el segundo acto para que la pareja se abriera las venas durante el dúo. Nunca se ha visto una puesta en escena de la obra de Wagner con escenas tan sangrientas.

Muy cuestionable también el vestuario de Michaela Barth, ya que el vestido blanco con volantes de bailaora flamenca que Isolda luce en el primer acto la hace parecer una Carmen rubia, modelo que se repite al final, pero en negro. Solo el austero vestido gris de internado con cuello blanco del segundo acto parecía representar adecuadamente la infeliz situación de Isolda como esposa del rey Marke. Los demás personajes visten trajes oscuros y sobrios, destacando únicamente Melot, con un atuendo moderno y claro, y el rey Marke, con un largo abrigo blanco. Brangäne también lleva ropa de hombre, lo que podría insinuar su ambigüedad erótica.
La altísima calidad del estreno quedó garantizada gracias a un reparto de primer nivel, en el que no hubo ningún punto débil. Las voces graves resultaron convincentes en todo momento, encabezadas por Georg Zeppenfeld en el papel de Marke, cuyo monólogo, cantado con una voz voluminosa y sonora y una dicción excelente, constituyó uno de los momentos álgidos de la noche. También resultó conmovedora su actuación en el último acto, cuando es consciente de toda la tragedia de los acontecimientos. No menos impresionante fue la actuación de Thomas Lehman como Kurwenal, barítono de voz potente y sonora, y sensacional Dean Murphy, cuya voz amplia, autoritaria y de gran belleza tímbrica fue un lujo para el pequeño papel de Melot.
El tenor estadounidense Clay Hilley, con su registro medio baritonal y sus agudos metálicos, es un intérprete ideal para los exigentes papeles heroicos. En la noche del estreno, dosificó inteligentemente sus energías, de modo que superó sin aparentes signos de fatiga las agotadoras visiones febriles del último acto.

Tras su magnífica Turandot en la Semperoper, todos esperábamos con impaciencia el debut de Elisabeth Teige en el papel de Isolda. Con su frágil apariencia, la soprano no solo se diferenciaba visualmente de sus predecesoras, sino que también vocalmente pudimos descubrir a una intérprete que acomete el papel de una forma completamente novedosa. Su voz es clara y a menudo suena juvenil, ligera y delicada. Cantó algunas partes con una dulzura y un brillo cautivadores, y su Liebestod destacó por una gran intensidad lírica. Si el registro medio ganara en plenitud y mejorara su dicción, podría convertirse en la Isolda del futuro. Por su parte Irene Roberts, mezzo de musculosa voz y exuberante vibrato que se corresponden muy bien con su aspecto físico, interpretó una incomparable Brangäne que finalizó su gran canto de vigilia desde la galería. La larga velada terminó con merecidas ovaciones para los cantantes, el director y la orquesta, mientras que el equipo escénico tuvo que encajar sonoras muestras de desaprobación.
Bernd Hoppe


