BERLÍN / ‘Norma’, una sacerdotisa en la fábrica

Berlín. Staatsoper Unter den Linden. 13-IV-2025. Rachel Willis Sørensen, Elmina Hasan, Dmitry Korchak, Riccardo Fassi, Junho Hwang, Maria Kokareva. Director de orquesta: Francesco Lanzillotta. Director de escena: Vasily Barkhatov. Bellini: Norma
Recientemente, la Ópera de Leipzig presentó una Norma de Bellini ambientada en un hospital de campaña, donde la protagonista aparecía como enfermera atendiendo a heridos de guerra. En esta ocasión, la Staatsoper de Berlín ha elegido una producción firmada por Vasily Barkhatov, procedente del Theater an der Wien. En su propuesta, Norma, vestida con un mono negro, trabaja en un taller de cerámica moldeando bustos que evocan al dictador cuya fotografía preside la escena. Ambas lecturas resultan igualmente absurdas y vulgares al ignorar por completo la esencia del libreto de Felice Romani, donde Norma es una sacerdotisa consagrada a la luna, obligada por voto a la castidad. Su transgresión —sus dos hijos secretos con Pollione— la aboca a un trágico destino: la redención a través del sacrificio.
Durante la obertura, se sugiere que esa misma fábrica producía antiguamente figuras de ángeles, destruidas sin piedad por una tropa invasora. Es hacia estos destrozados restos que Norma dirige su célebre “Casta Diva”, encarnada por la soprano estadounidense Rachel Willis-Sørensen, quien debutó tanto en el papel como en el teatro con un timbre purísimo y una técnica impecable. Su voz, clara y luminosa —ideal para Mozart o Strauss, de la Condesa a Arabella— reveló desde el recitativo inicial un sorprendente matiz oscuro y maduro. Su interpretación irradió fuerza, nobleza y autoridad, con un fraseo pleno y una gran seguridad en el registro agudo.
Una grata revelación fue la mezzosoprano azerbaiyana Elmina Hasan como Adalgisa, con una voz joven, cálida y homogénea. Los dos dúos entre ambas cantantes se contaron entre los momentos más bellos de la representación. Sus voces, entrelazadas con milagrosa armonía y ágil destreza, lograron una fusión extraordinaria. Lamentablemente, la dirección escénica no estuvo a la altura: sentadas en torno a una mesa tomando café, la carga dramática del momento quedó diluida.

El tenor ruso Dmitry Korchak, en el rol de Pollione, apareció con un anodino traje de oficina y escasa presencia escénica. Aunque proveniente del repertorio rossiniano, su generoso registro agudo, sonó por momentos forzado. Aun así, tanto la cavatina como la cabaletta desbordaron energía y virilidad, y en el segundo acto alcanzó matices más refinados, incluso con delicados pasajes en falsete.
El bajo italiano Riccardo Fassi interpretó un Oroveso sorprendentemente joven, aunque con una voz profunda y bien asentada. Las partes secundarias estuvieron correctamente cubiertas por el joven tenor Junho Hwang como Flavio y por la soprano Maria Kokareva, convincente en lo actoral como Clotilde.
El coro de la Staatsoper apareció como un colectivo de obreros en monos grises, logrando un momento especialmente impactante en el belicoso “Guerra!”. La Staatskapelle Berlin, bajo la enérgica batuta de Francesco Lanzillotta, ofreció una interpretación vibrante. El director supo contrastar esta intensidad con pasajes de contenida serenidad, generando interesantes sorpresas dinámicas. Su acompañamiento a los solistas fue firme y atento.
El cambio más radical llegó en el desenlace: Norma ya no muere en la hoguera, sino que intenta inmolarse en un horno industrial. La escena, de poderosa carga visual, evoca de forma inquietante imágenes de los campos de exterminio. Pero Pollione —salvado antes por Norma— interviene a tiempo y la rescata de las llamas. ¿Es este final una verdadera promesa de redención y esperanza? La pregunta queda abierta. El público ovacionó a los intérpretes con entusiasmo, pero la propuesta escénica dividió opiniones.
Bernd Hoppe
(fotos: Bernd Uhlig)


