BERLÍN / ‘Lear’ en el Hangar 4: huracán en el aeropuerto

Berlín. Komische Oper. 16.9.2026. Scott Hendrix, Günter Papendell, Brenton Ryan, Aryeh Nussbaum Cohen, Rosie Aldridge, Nicole Chevalier, Penny Sofroniadou, Dagmar Manzel. Dirección musical: Nicholas Carter. Dirección escénica: Barrie Kosky. Aribert Reimann: Lear
Permanece en el recuerdo la producción de Lear, de Aribert Reimann, que Harry Kupfer dirigió en 1983 en la Komische Oper de Berlín. En 2009, el mismo teatro presentó la versión de Hans Neuenfels. Ahora, un nuevo montaje de Barrie Kosky se suma a ambos y convierte a la Komische Oper en el único teatro del mundo que ha llevado a escena tres producciones diferentes de esta imponente ópera, estrenada en Múnich en 1978. El escenario ha sido de nuevo el Hangar 4 del aeropuerto de Tempelhof, que, después de La balsa de la Medusa, de Henze, el Mesías de Haendel y Jesucristo Superstar, de Webber, alberga ya su cuarta producción.
El espacio escénico lo ocupa una enorme plataforma cuadrada sobre la que se desplaza ocasionalmente una pasarela negra, utilizada también como una larga mesa, alrededor de la cual varios hombres de traje oscuro gesticulan y discuten, en una imagen que recuerda al ballet antibelicista La mesa verde, de Kurt Jooss. Las gradas del público flanquean dos de los lados de la plataforma. En las cuatro esquinas se alzan altas estructuras destinadas a la percusión y los focos, desde las que intervienen también algunos cantantes. La iluminación de Olaf Freese desempeña un papel fundamental, alternando la oscuridad casi absoluta con una claridad cegadora y focos aislados para las intervenciones de los solistas. Tanto las voces como la orquesta estuvieron amplificadas, acentuando aún más la potencia de una música ya de por sí imponente y a menudo disonante, hasta alcanzar por momentos una intensidad casi insoportable. Nicholas Carter, al frente de la Orquesta de la Komische Oper de Berlín, consiguió, sin embargo, hacer aflorar también los momentos líricos de la partitura y sus atmósferas más etéreas.

El excelente reparto lo encabezaba Scott Hendricks, barítono texano de voz voluminosa, resonante y de gran proyección, cuyos medios se adaptan perfectamente a la concepción de Kosky, que no presenta a Lear como un anciano frágil y agotado, sino como un hombre de negocios todavía en plenitud, dispuesto a repartir sus bienes entre sus tres hijas para retirarse a una vida más cómoda. Hendricks recorre con una intensidad sobrecogedora el camino hacia su destrucción física y mental. Lo vemos correr por el escenario, tambalearse, caer y desprenderse de la ropa hasta quedar en ropa interior, completamente desvalido. Más desoladora aún es su aparición, ya enajenado, con un vestido blanco y una corona de flores. La escena final junto al cadáver de Cordelia resulta estremecedora. La soprano Penny Sofroniadou encarnó a la hija menor con una voz clara y poderosa, mientras Lear, incapaz al principio de poner palabras a su dolor, solo consigue expresarse mediante vocalizaciones, hasta que finalmente estalla: «Sois hombres de piedra». Poco después llega una de las imágenes más conmovedoras de la representación, cuando el Bufón se quita el sombrero negro y cubre con él el rostro del muerto.
Como ya sucedía en la producción de Neuenfels, el Bufón estuvo interpretado por una actriz. Dagmar Manzel, una figura muy querida en la Komische Oper, lo convierte en un anciano encorvado y apergaminado, de movimientos nerviosos y andar saltarín, que parece salido de un cuadro de El Bosco. Sigue a Lear como una sombra, lo cuida y lo consuela. Entre las dos partes de la ópera recita además el Soneto 66 de Shakespeare, en uno de los pocos momentos de quietud de la representación.
También brillaron las otras dos hijas, Goneril (Rosie Aldridge) y Regan (Nicole Chevalier), que parecían rivalizar en odio, histeria y afán de poder, con una vehemencia que llegaba hasta el grito. Ambas pasaban de los elegantes vestidos de noche a severos abrigos de uniforme que acentuaban su carácter agresivo. Más discutible resulta la escena del cegamiento de Gloucester: Regan no solo le arranca un ojo, sino que se lo come con evidente fruición, en uno de esos momentos en los que el gusto de Kosky por lo grotesco bordea el ridículo.

Tampoco se antoja del todo convincente la caracterización de Edgar, con falda corta, sujetador y una gorra cubierta de lentejuelas, convertido en una figura de estética queer, un elemento que parece ya casi obligado en los espectáculos de Kosky. Mucho más eficaz resultó en el enfrentamiento final con su hermanastro, al que mata de un simple disparo. En el terreno vocal, ambos estuvieron entre lo mejor de la función. El tenor estadounidense Brenton Ryan compuso un Edmund de gran presencia física y desplegó una voz de extraordinaria potencia, si bien los momentos de mayor belleza correspondieron al Edgar del contratenor Aryeh Nussbaum Cohen, de emisión suave y canto delicadamente suspendido.
La escena de la tormenta, en la que la música alcanza su mayor violencia sonora, quedó demasiado envuelta en niebla. Más convencional resultó el desfile del ejército británico, con uniformes de camuflaje que recordaban a los de la actual Bundeswehr.
Por encima de estos reparos se impuso la excelencia del reparto. A los protagonistas se sumaron el siempre rotundo Günter Papendell como Gloucester, Dimitry Ivashenko como rey de Francia, Philipp Meierhöfer como Albany, Johannes Dunz como duque de Cornwall e Ivan Tursic como conde de Kent. Kosky supo sacar partido de todos ellos con una dirección de actores muy precisa, disponiéndolos por momentos sobre el escenario como piezas de un tablero de ajedrez.
Todavía quedaba una última sorpresa. Kosky y Rebecca Ringst hacen caer al final las grandes telas oscuras que cubrían las paredes del hangar, creando una poderosa imagen de resonancias apocalípticas. Fue el último golpe de efecto de una función que el público acogió con prolongadas ovaciones y que abrió con éxito la nueva temporada de la Komische Oper.
Bernd Hoppe


