BERLÍN / Lamentable montaje de ‘La Italiana en Argel’ por Rolando Villazón

Berlín. Deutsche Oper. 8.III. 2026. Nadezhda Karyazina, Tommaso Barea, Jonah Hoskins, Misha Kiria, Artur Garbas, Hye-Young Moon, Arianna Manganello. Director de orquesta: Alessandro De Marchi. Director de escena: Rolando Villazón. Rossini: La italiana en Argel
La Deutsche Oper ha alcanzado su momento más bajo de la temporada en cuanto a puesta en escena con la nueva producción de Rolando Villazón de L´Italiana in Algeri de Rossini. El cantante reconvertido en director teatral traslada la acción a México, donde compiten dos equipos de lucha libre rivales: el todopoderoso «El Serrallo», con el jefe mafioso Mustafa, y el pequeño «La Patria», con la decidida y enérgica Isabella al frente. El escenógrafo Harald Thor sitúa en el escenario giratorio un ring de competición, una cantina («Tacos y Tortas») y la oficina con escritorio y archivadores. El ring es el elemento dominante, también por la horrísona imagen que ilustra la pared del fondo y que muestra a un luchador con su monstruoso atuendo y su espeluznante máscara. Estos atributos también se reflejan en el vestuario de Brigitte Reiffenstuel, y sobre todo, por supuesto, en los dos luchadores contratados expresamente para esta puesta en escena: El Comandante Rambo y Pascal Spalter, dos montones de músculos que se abalanzan uno sobre otro y caen al suelo una y otra vez con estrépito, todo ello mientras suena la música y los intérpretes exhiben en el proscenio un canto de gran virtuosismo, impidiendo por supuesto que el público les preste la debida atención. Y es que, lamentablemente, muchos parecían disfrutar más con el alboroto en el ring que con la bravura de los cantantes. Es triste que un antiguo tenor trate de forma tan vergonzosa a los actuales representantes de su gremio.

Pero no solo perturba la incorporación forzada de los deportes de combate, sino también los chistes baratos, las ideas absurdas y los elementos sin sentido. Por el escenario deambulan figurantes sin función ni propósito, los actores juegan con muñecas Barbie, y el coro grita y vocifera, animando el duelo de los colosos: «¡A la cara!». La puesta en escena carece de encanto y espíritu, es tosca y vulgar, y además recurre a modificaciones arbitrarias del libreto. En una sola escena, el trío «Pappataci! Che mai sento» entre Mustafà, Lindoro y Taddeo en el segundo acto, el sinsentido del texto y la música queda perfectamente reflejado en la coreografía y el lenguaje corporal de los intérpretes.
Afortunadamente, el aspecto musical de la producción ofreció una imagen positiva. Ya en la obertura, Alessandro De Marchi, al frente de la orquesta de la Deutsche Oper, nos hizo disfrutar del Rossini más refinado, haciendo justicia a la vibrante y chispeante partitura, siempre vivaz y temperamental, aunque cincelada en todo momento con delicadeza. Los tempi a menudo vertiginosos resultaban a veces abrumadores, exigiendo de los cantantes un alto grado de virtuosismo. Tras sus éxitos en el terreno de la música antigua, el director italiano ha demostrado también su maestría en lo que a Rossini se refiere.

El elenco de primer nivel estuvo encabezado por Nadezhda Karyazina en el papel de la emancipada protagonista. Con un colorido traje de verano a flores estilo años cuarenta, y más tarde con un vestido de noche negro y dorado como sacado de Las mil y una noches, resultaba un atractivo centro de atención visual. La mezzo rusa dominó la escena gracias a su porte seguro y a una actuación llena de temperamento. También vocalmente supo encandilar al público con su timbre oscuro y exuberante, de rica profundidad, con un potente registro medio y metálicos agudos . Así, su interpretación de «Cruda sorte» y el rondó del final («Pensa alla patria») se convirtieron en los momentos culminantes de la representación. Estuvo a su altura el barítono Tommaso Barea en el papel de Mustafá, un hombre de aspecto imponente que, con su traje blanco como la nieve, destacó también visualmente por su atractiva elegancia. Su voluminosa y oscura voz dominó con brillantez las vertiginosas ornamentaciones de Rossini y entusiasmó asimismo en el aspecto actoral, si bien la dirección escénica tendiese a caricaturizarlo como un personaje estúpido. También resultó más que peculiar la caracterización de Lindoro: primero como miembro del personal de limpieza, bien pertrechado con una fregona; y después como camarero en la cantina fast food de tacos y tortas. Jonah Hoskins es un joven y prometedor tenor rossiniano que aborda sin miedo los delicados agudos del papel, dominándolos de forma brillante y entregada. Su voz suena melódica y suave, y solo en contadas ocasiones presenta ligeras pérdidas de timbre. Con Misha Kiria en el papel de Taddeo contamos con un auténtico bajo bufo que impresionó no solo por su imponente corpulencia, sino también por su canto onomatopéyico. Artur Garbas, en el papel de Haly, completó el elenco de voces graves, destacando especialmente en su aria «Le femmine d’Italia». También ofrecieron sólidas interpretaciones la soprano Hye-Young Moon, en el papel de Elvira, y la mezzo profunda Arianna Manganello, en el de Zulma.

Al término de esta triste representación, quien esto suscribe recordaba con nostalgia la elegante producción anterior de este título en la Deutsche Oper, firmada por Jérome Savary, en la que actuaron muchos intérpretes rossinianos que hoy son leyenda. La reacción del público tras el estreno, el 8 de marzo de 2026, fue mixta.
Bernd Hoppe


