BERLÍN / ‘La mujer sin sombra’ cruda y despojada de magia

Berlín. Deutsche Oper. 26-I-2025. Clay Hilley, Daniela Köhler, Marina Prudenskaya, Jordan Shanahan, Catherine Foster, Patrick Guetti, Hye-young Moon, Nina Solodovnikova. Director musical: Donald Runnicles. Director de escena: Tobias Kratzer. Richard Strauss: Die Frau ohne Schatten
Las complejidades de las relaciones de pareja constituyen el eje vertebrador de las tres óperas de Richard Strauss que Tobias Kratzer ha concebido como una trilogía para la Deutsche Oper Berlin. Tras Arabella e Intermezzo, ha llegado el turno de Die Frau ohne Schatten, cuya función inaugural, el pasado 26 de enero, concluyó entre una vorágine de abucheos y ovaciones desbordadas.
El director de escena, junto con su escenógrafo, Rainer Sellmaier, prescinde por completo de cualquier elemento onírico o sobrenatural, trasladando la acción a un presente crudo y despojado de magia. La pareja imperial vive en un aséptico apartamento impersonal, con una cama doble, un juego de sofás y una pequeña cocina, todo sumido en la iluminación mortecina diseñada por Olaf Winter. Su matrimonio se desmorona: él busca un escape autocomplaciente en clubes degradados, mientras ella se refugia en un consumismo desenfrenado, acumulando paquetes de compras online. En este contexto, el espíritu mensajero de la obra original se aparece como un repartidor de paquetería. El bajo Patrick Guetti, quien también encarna más adelante al asistente de parto, interpretó ambos roles con una potencia innegable, aunque de textura algo opaca. Por su parte, el tenor Clay Hilley dio vida al Emperador con un timbre robusto y acerado, pero falto de refinamiento y musicalidad. El Halcón, cuya voz corresponde a Nina Solodovnikova, no es más que un peluche…
La escenografía giratoria permite transiciones fluidas entre escenas, mientras figurantes y técnicos realizan los cambios a la vista del público. La pareja de tintoreros trabaja en una lavandería de aspecto miserable, reflejo inequívoco del estado de su matrimonio. Sin embargo, Barak se presenta aquí como un hombre entrañable y generoso, retratado con la voz cálida y cultivada del barítono hawaiano Jordan Shanahan, quien infunde humanidad al personaje. Su esposa, en cambio, hastiada de la monotonía, anhela riqueza y pasión. Encarnada por Catherine Foster, la figura de la tintorera resulta tosca y deslucida en escena por su vestimenta, contrastando con el esplendor de su voz, que desplegó arcos sonoros amplios y agudos plenos, nunca estridentes. Su rechazo a la maternidad choca con el anhelo de Barak de formar una familia; antes que ceder, ella accede a un pacto para ser madre subrogada, una transacción orquestada por la Nodriza. Este personaje, interpretado por Marina Prudenskaya, adquiere un aire de severidad. Su voz de mezzosoprano se proyectó sin fisuras, con agudos firmes, aunque el concepto escénico le despojó de la habitual aura demoníaca del personaje. Es también la Nodriza quien introduce la figura de un joven de traje blanco, con porte de gigoló dandi, cuya parte, a cargo del tenor Chance Jonas-O’Toole, resultó insuficiente.

El apartado visual recurre a la videocreación de Manuel Braun, Jonas Dahl y Janic Bebi, quienes incorporan elementos televisivos a la escena de los tintoreros, representando el canto de los guardianes de la ciudad como la actuación de un cantante pop y proyectando imágenes alusivas a la fecundación in vitro. En el segundo acto, la intervención de “fuerzas superiores” condena al fracaso la inseminación, un desenlace representado a través de un sangrado vaginal. Tampoco prospera el intento de terapia de pareja con una consejera matrimonial de talante cortante (en la voz de Stephanie Wake-Edwards), en cuya consulta los protagonistas interpretan el dúo “Mir anvertraut”. El siguiente paso es la visita a un abogado de divorcio…
La Emperatriz se despide de la Nodriza en una clínica de maternidad rodeada de cunas inmaculadas. Sus monólogos transcurren en medio de una fiesta prenatal, con globos, un osito de peluche gigante y un buffet desbordante, donde la futura madre recibe regalos. Daniela Köhler (La Emperatriz), inicialmente de timbre pálido, encontró en “Vater, bist du’s?” un sonido más íntimo y radiante. En un arrebato de frustración, destruye la decoración y los obsequios, provocando la ira de Keikobad, aquí transformado en un anciano al piano, con la partitura de la ópera en sus manos. Así, la apoteosis final adquiere así la forma de concierto, mientras las voces de los niños no-nacidos (el coro infantil del teatro, excelentemente preparado por Christian Lindhorst) emergen de una caótica guardería, donde Barak recoge a su pequeña hija. En el foso, Donald Runnicles optó por un sonido afilado y tempi flexibles en los interludios orquestales, sin descuidar los detalles.
Bernd Hoppe


