BERLÍN / ‘Hansel y Gretel’, un cuento de hadas encantador

Berlín. Komische Oper. 25-I-2025. Susan Zarrabi, Alma Sadé, Günther Papendell, Ulrike Helzel, Daniel Kirch, Julia Schaffenrath. Dirección musical: Yi-Chen Lin. Dirección de escena: Dagmar Manzel. Humperdinck: Hänsel und Gretel
La Komische Oper abrió las puertas del Schillertheater para presentar Hänsel y Gretel, la inmortal ópera de Engelbert Humperdinck, en una puesta en escena de imaginación desbordante firmada por Dagmar Manzel. El estreno, el pasado 25 de enero, culminó con una ovación atronadora para todo el equipo. Hacía mucho tiempo que no se vivía en el teatro berlinés una producción tan vibrante e ingeniosa. Acompañada por el escenógrafo Korbinian Schmidt y la diseñadora de vestuario Victoria Behr, Manzel construye un universo de ensueño. En el primer acto, un telón oscuro y plisado insinúa la presencia del bosque, que más adelante se transforma en una exuberante maraña de gigantescas hojas verde lima, llenando la escena de luz y color.
En el centro del escenario, sobre un pequeño círculo de césped, los hermanos descansan, sueñan y se entregan a su mundo infantil. La mezzosoprano Susan Zarrab compuso un Hansel convincente, de voz rica, mientras que Alma Sadé dio vida a Gretel con su delicada y lírica voz de soprano. Sin embargo, el gran momento vocal de la noche llegó con el barítono Günter Papendell en el papel del carismático Peter, fabricante de escobas, que deslumbró con una voz poderosa y llena de carácter. A su lado, Ulrike Helzel encarnó a una madre Gertrud enérgica y resuelta, aunque su registro agudo rozó lo estridente. Julia Schaffenrath, de la academia de ópera de la casa, deslumbró como un encantador Hombre de Arena, de timbre plateado. Schaffenrath reaparece más adelante convertida en el Hombre del Rocío, envuelta en un traje de hilos centelleantes, aunque con un color vocal más áspero.

La producción se enriquece con la presencia de niños y bailarines profesionales que, bajo la creativa coreografía de Christoph Jones, contribuyen a recrear la mágica atmósfera de un auténtico sueño de una noche de verano. En la escena de la oración nocturna, se transforman en ángeles y criaturas del bosque, danzando con trajes de hojas y flores, deslizándose en puntas de ballet, sobre patines, e incluso suspendidos en el aire sobre trapecios. Más tarde, emergen como inquietantes tocones de árbol, con los rostros y las manos ocultos en la penumbra. Una de las sorpresas más singulares de esta producción es la casa de la bruja: en lugar de la clásica casita de dulces, encontramos un pequeño cubo dorado sostenido sobre patas de gallina, un guiño inequívoco a la legendaria Baba Yaga del folclore ruso.
El tenor Daniel Kirch asumió el papel de la bruja en una elección poco convencional, que trasciende el mero travestismo, habitual en esta ópera. Ataviado con un atuendo floral, chaqueta de punto verde y un moño de abuela, su interpretación resultó más afable que terrorífica. Su voz, de gran proyección y con tintes casi heroicos, despojó al personaje de su tradicional halo maléfico, otorgándole un nuevo matiz. Escuchar este papel con semejante solidez vocal es, sin duda, una experiencia inusual.
En el desenlace, cuando la bruja emerge del horno convertida en una figura de pan de jengibre, Hansel y Gretel celebran su victoria con una alegría desbordante, mientras el coro infantil de la Komische Oper Berlin festeja la liberación con una energía algo rústica. Al frente de la orquesta, la directora taiwanesa Yi-Chen Lin imprimió firmeza y precisión, sin renunciar a la riqueza cromática de la partitura, plena de pasajes de una ligereza casi etérea.
Bernd Hoppe


