BERLÍN / El ‘Don Giovanni’ entre la vida y la muerte de Kirill Serebrennikov

Berlín. Komische Oper. 27-IV-2025. Hubert Zapiór, Tommaso Barea, Adela Zaharia, Agustin Gómez, Bruno de Sá, Penny Sofroniadou, Philipp Meierhöfer, Tijl Faveyts. Dirección musical: James Gaffigan. Dirección escénica: Kirill Serebrennikov. Mozart: Don Giovanni / Réquiem
Con esta nueva producción de Don Giovanni, el director ruso Kirill Serebrennikov culmina su trilogía Mozart–Da Ponte en la Komische Oper de Berlín. Se había anunciado la inclusión de los números añadidos para el estreno vienés de 1788; aunque suelen interpretarse habitualmente Dalla sua pace de Ottavio y Mi tradì de Elvira, volvió a omitirse el dúo entre Zerlina y Leporello In queste tue manine. La intención de ofrecer una versión completa quedó en entredicho cuando también se suprimió el aria Il mio tesoro, supuestamente por “recortes presupuestarios en la cultura berlinesa”. Sin embargo, todo apunta a una razón más artística que económica: el tenor argentino Agustín Gómez no logró convencer ni siquiera en Dalla sua pace. Pese a disponer de un timbre sólido, su voz careció del lirismo y la sutileza necesarios en los pasajes más delicados.
Por lo demás, la Komische Oper volvió a reunir un reparto de alto nivel. La soprano rumana Adela Zaharia brilló como Donna Anna, desplegando una voz capaz de aunar dramatismo y nobleza. El papel protagonista lo asumió el joven barítono polaco Hubert Zapiór, cuya imagen juvenil podría hacer dudar de su fama de seductor. No obstante, su voz robusta y viril disipó cualquier recelo. Leporello —presentado en el programa como “la sombra de Giovanni”— fue el barítono veneciano Tommaso Barea, quien no solo se asemeja físicamente al protagonista, sino que posee también una voz voluminosa y de gran proyección, sorprendentemente similar a la de Zapiór.
Una grata sorpresa fue la soprano Penny Sofroniadou como una Zerlina embarazada a punto de dar a luz —convertida aquí en enfermera—, quien esquivó el habitual tono ligero de soubrette para ofrecer una voz fresca y con sustancia. A su lado, Philipp Meierhöfer encarnó a un Masetto vocalmente sólido, que cuida con ternura al bebé que nace durante el intermedio de la función.
Que Don Giovanni también se involucre con hombres es algo que otras producciones ya habían insinuado, pero nunca se había mostrado con tanta claridad. Gracias al insólito registro del sopranista brasileño Bruno de Sá, el personaje de Donna Elvira se transformó en Don Elviro. El cantante dominó la difícil tesitura con brillantez, destacando por sus agudos impecables, aunque las notas graves quedaron algo desdibujadas.

Impresionante fue también el bajo Tijl Faveyts como el Comendador. Serebrennikov hizo aparecer el alma del asesinado Giovanni en la figura del actor Norbert Stöß, que recitó durante toda la velada fragmentos del Libro tibetano de los muertos, describiendo la muerte como un tránsito entre mundos. La inclusión de texto hablado en la estructura musical sigue siendo un recurso controvertido entre algunos directores contemporáneos, ya que indudablemente interrumpe el flujo dramático. Igual de cuestionable es el uso recurrente de proyecciones en vídeo: en este caso, Ilya Shagalov mostró desde escenas eróticas hasta imágenes de un feto en el útero.
Fiel a su estilo, Serebrennikov —que también firma la escenografía— dispuso cuatro grandes cajas de madera enmarcadas con tubos de neón, que los figurantes vestidos de negro mueven sin cesar por el escenario. El negro domina también el vestuario, salvo en dos excepciones: Donna Anna, que lleva zapatos y guantes rojos —y más adelante incluso un vestido del mismo color—, y Zerlina, a quien se le permite lucir una falda roja tras dar a luz.
Durante la obertura, la acción arranca con la supuesta muerte de Giovanni, alrededor de cuyo féretro se congrega una comitiva fúnebre. Al revelarse que éste habita un estado intermedio entre la vida y la muerte, el ataúd se convierte en cama de hospital, en la que es atacado con furia por Donna Anna. Aún más desconcertante fue la coreografía de Evgeny Kulagin: durante el aria del champán, el coro baila al ritmo del rock; más tarde aparecen esqueletos danzando en una suerte de danza macabra, espectros alados con cráneos humanos que se agitan furiosos, y una mujer fuera de sí recorre el escenario como poseída. Un bailarín (Fernando Suels Mendoza) encarna el alma de Don Giovanni y danza sin descanso durante los tres primeros movimientos del Réquiem, con el que Serebrennikov decide cerrar la función en lugar del tradicional sexteto final.
Los solistas del coro de la Komische Oper brillaron vocalmente, aunque también les tocó “bailar en la disco” durante el Dies irae. En el Lacrimosa, el alma de Giovanni asciende hacia los cielos. Como era de esperar, el estreno del 27 de abril provocó reacciones divididas en lo que respecta a la puesta en escena. No ocurrió lo mismo con la parte musical: tanto los solistas como la Orquesta de la Komische Oper Berlin, dirigida con vigor y tempi enérgicos por James Gaffigan, fueron ovacionados sin reservas.
Bernd Hoppe


