BERLÍN / Anna Netrebko triunfa como Abigaille

Berlín. Staatsoper. 2.10.2024. Verdi: Nabucco. Anna Netrebko, Luca Salsi, Mika Kares, Marina Prudenskaya, Ivan Magri. Coro y orquesta de la Staatsoper. Dirección musical: Bertrand de Billy. Dirección escénica: Emma Dante.
Los aficionados a la ópera respiran aliviados cuando no tienen que soportar la obra maestra temprana de Verdi Nabucco con alambradas de espino, muros de prisión y barracones de campos de concentración; así y todo, lo que la directora de escena Emma Dante y el escenógrafo Carmine Maringola han ideado para su nueva producción en la Ópera Estatal de Berlín ha dejado atónitos a muchos espectadores.
Se trata de un decorado rico en imágenes que se acerca al de una revista teatral, en el cual dominan los colores brillantes, los relucientes dorados y un fastuoso esplendor floral, nada de lo cual transmite el sufrimiento y las penurias del pueblo hebreo. Un cortinaje gris desciende varias veces en mitad del escenario, cuyos ornamentos blancos parecen estar hechos de encaje de Bruselas.
El coro, alineado estatuariamente en una estructura dorada en forma de panal de tres pisos, canta el estribillo inicial, «Gli arredi festivi», que debería transmitir una expresión de amenaza existencial, como si fuera una canción de cuna. Inmediatamente después, se introduce un marco dorado giratorio con una corona -mitad jaula de pájaros, mitad pedestal de trono- que alberga inicialmente una Madonna dorada, pero que más tarde se convierte en el escenario de la lucha de poder entre Nabucco y Abigaille. A continuación, se extienden alfombras de oración y se suceden los rituales. Incluso se echa mano de una coreografía para formar pirámides humanas con vírgenes vestidas de blanco. Las mujeres hebreas se transforman rápidamente en guerreras babilónicas, incluida Abigaille, que agita amenazadoramente sus pistolas.
Anna Netrebko, que ha debutado en escena este papel híbrido, sigue asombrando por el volumen y la potencia de su voz, que parece salir de su garganta sin aparente esfuerzo. Es cierto que su entonación sonó algo libre en el recitativo «Ben io t’invenni» y que el registro grave resulta algo vulgar. Al principio del aria «Anch’io dischiuso un giorno» se mostró muy contenida, pero luego fue aumentando hasta alcanzar una enorme plenitud e intensidad. Es posible que esto fuera la causa del escaso brío de la cabaletta conclusiva. La figurinista Vanessa Sannino atavió a la soprano con mucha sofisticación: desde un horrendo vestido color turquesa bajo un abrigo negro forrado de rojo y un traje oscuro inspirado en la Belle Époque, hasta un espectacular vestido plisado de color dorado que se abre como la cola de un pavo real para formar una corona circular completa. No obstante, el traje recordaba más a Turandot y parecía fuera de lugar, sobre todo porque estaba rodeado por una pared de suntuosos arreglos florales.

Este decorado, que parece tomado en préstamo del Baile de la Ópera de Viena, sirvió también de (absurdo) telón de fondo para el famoso coro, que fue acompañado en el proscenio por un grupo de la Piedad con un niño muerto, mientras los abrigos negros de los hebreos asesinados flotan hacia el cielo como sus almas. Así y todo, el coro titular del teatro lo cantó con gran refinamiento y diferenciadas dinámicas.
Para el papel titular se contó con el barítono Luca Salsi, quien actualmente interpreta el gran repertorio verdiano en todo el mundo, sin por ello acercarse a sus legendarios predecesores en este repertorio. Su voz sonaba a menudo desequilibrada y la entonación ocasionalmente turbia. Aun así, logró impresionar con la tormentosa vehemencia que imprimió a la cabaletta «O prodi miei». La idea de la directora de aderezar su ataque de locura con lucecitas que parpadean en la jaula y un fantasma de castillo con una capa dorada que da vueltas y baila a su alrededor bordeó el ridículo.
El bajo Mika Kares destacó visualmente como un calvo Zaccaria embutido en un largo abrigo rojo, y también causó sensación por la potencia de su voz, a pesar del tono algo engolado y, más tarde, ronco. De la joven pareja, la soprano Marina Prudenskaya resultó particularmente convincente como Fenena, cuya aria “Oh, dischiuso è il firmamento!» fue servida con hermosa uniformidad. Por el contrario, la voz del tenor Ivan Magri carece del sonido juvenil y los valores líricos que demanda el papel de su enamorado Ismaele.
Al frente de la Staatskapelle Berlin, Bertrand de Billy abordó la partitura, ya desde la obertura, con energía y aliento rítmico, pero también supo dotarla de elástica ligereza y de una elegancia a la francesa.
El público del estreno ovacionó calurosamente a los cantantes, el director, el coro y la orquesta, reservando su desaprobación para el equipo escénico.
Bernd Hoppe


