BERGEN / Cuando una ciudad se convierte en festival

No conozco muchas ciudades en Europa que vivan un festival con la intensidad, la naturalidad y el espíritu lúdico con que lo hace Bergen. La antigua capital noruega, una coqueta ciudad de unos 300.000 habitantes situada en un magnífico enclave natural, parece transformarse cada primavera en un inmenso escenario urbano donde la música, el teatro, la danza, las artes visuales y propuestas multidisciplinares de toda índole se derraman por calles, plazas, museos, iglesias, restaurantes, parques, auditorios y hasta en el funicular Fløibanen, que asciende hasta una de las colinas que rodean la ciudad y permiten contemplar la majestuosidad del escenario, surcado de fiordos, sobre el que se asienta la urbe. Durante dos semanas, el festival parece confundirse con la propia ciudad en una simbiosis que se antoja un paradigma ideal de lo que es -o debería ser- la relación vinculante y creativa entre el arte y la comunidad. Así sucede nuevamente en la edición número 74, inaugurada el pasado 27 de mayo y que se prolongará hasta el 10 de junio.
En lo estrictamente musical, el pistoletazo de salida lo dio, como es preceptivo, la orquesta local, la estupenda Filarmónica de Bergen, dirigida en esta ocasión por Esa-Pekka Salonen, artista residente de la actual edición y uno de los más eximios -y tempranos- exponentes de esa milagrosa escuela de directores de orquesta finlandeses que se renueva de generación en generación y asombra al mundo entero, nacida y desarrollada bajo el impulso magistral del gran Jorma Panula. El concierto inaugural, repetido en dos sesiones ante un abarrotado Grieghallen, juntaba en una intensa sesión sin intervalo el Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda de Wagner y la Sinfonía Turangalîla de Olivier Messiaen. Programa agotador y exigente donde los haya, tanto en lo emocional como en lo musical, pero bien hilvanado a partir de la reconocida influencia que el Tristán wagneriano ejerció en la concepción de Messiaen de este canto multifacético al amor que mezcla la mística y la erótica, la alegría con la muerte, la India y Occidente. Sin embargo, lo interesante de escuchar seguidas -y casi sin solución de continuidad- ambas composiciones estribó no en las afinidades, sino precisamente en las enormes divergencias que sitúan la concepción y el estilo musical de Messiaen casi en las antípodas de los de Wagner. Frente a la linealidad dialéctica del alemán, la circularidad cíclica del francés, cuyo gigantesco constructo sinfónico se antoja más cercano al maximalismo trascendental de Scriabin que al romanticismo dramático de Wagner. (No podía quitarme de la cabeza cómo hubiera sonado El poema del éxtasis, del compositor ruso, en lugar del Preludio wagneriano, como ‘introducción’ al universo panerótico y trascendental de Messiaen.

Salonen dirigió un Preludio y muerte de amor centrado en la belleza del sonido y el colorido orquestal, magníficamente secundado por una Filarmónica de Bergen a la que hacía décadas que no dirigía, pero que parecía mesmerizada ante el férreo control técnico y expresivo del finlandés. Tal vez consciente de que servía de aperitivo a una de las obras magnas de la música orquestal francesa del siglo XX, Salonen brindó un Wagner sensual y perfumado, de un gran refinamiento sonoro (‘un Wagner filtrado por Chausson’, oí decir a un crítico alemán, comentario que hallé pertinente), si bien tal vez un tanto ayuno de drama. Otra cosa muy distinta fue la lectura de la Turangalila, para la que Salonen contó con dos solistas de excepción, ambos franceses: el pianista Bertrand Chamayou y Cécile Lartigau, una de las grandes especialistas mundiales en las ondas martenot, ese peculiar instrumento que define en buena medida la sonoridad tan especial que exhibe la Turangalila en su secuencia de diez movimientos y su hora y cuarto de duración.
En líneas generales, la interpretación de Salonen confirmó una vez más su extraordinaria afinidad con el repertorio del siglo XX, y muy en concreto con esta gigantesca partitura, que grabó al frente de la Philharmonia Orchestra para CBS en 1981 (es decir, a comienzos de su carrera, sin haber cumplido los treinta) grabación que sigue contándose entre las mejores versiones discográficas de la obra. Salonen optó por tempi generalmente vivos y supo en todo momento clarificar las texturas y exponer diáfanamente la exuberante y compleja arquitectura sonora de la obra sin sacrificar su misterio. La Filarmónica de Bergen -que se halla en un óptimo estado de forma tras la fructífera titularidad del británico Edward Gardner- respondió de manera verdaderamente colosal, tanto en su conjunto (sonido compacto, sin fisuras pese al abigarramento tímbrco de sus casi 110 pupitres) como en cada familia instrumental, con especial mención para la impresionante sección de percusión, cuyas intervenciones rozaron a veces hasta lo orgiástico los límites del sonido ‘aceptable’ sin menoscabar en ningún momento la transparencia sonora.
Por su parte, Bertrand Chamayou confirmó una vez más su condición de gran especialista en el repertorio francés, desplegando una portentosa, incansable y virtuosa labor en ese piano que cumple una función extraña (un solista que no lo es, o una individualidad que casi nunca se despega del conjunto), mientras que Lartigau aportó a las ondas Martenot esa mezcla única de fascinación tecnológica y lirismo fantasmal que constituye una de las señas de identidad de la partitura. La enorme complejidad de la Turangalila, desarrollada a lo largo de una extenuante y a veces desconcertante sucesión de episodios y bloques temáticos que mantienen entre ellos un fascinante juego de espejos que acaba aniquilando cualquier vestigio de linealidad temporal identificable, convierten cada interpretación de esta mastodóntica partitura en una auténtica aventura y un tour de force, no sólo para los intérpretes, sino también para el público. Que el inmenso auditorio registrara un lleno absoluto en los dos conciertos que tuvieron lugar en días consecutivos, y que el público siguiera la obra con atención y silencio ejemplares para estallar a su término en una atronadora ovación, se antoja tal vez la mejor demostración de la extraordinaria cultura musical que sigue caracterizando a los países nórdicos. Salonen se apuntó un gran triunfo, que a buen seguro será refrendado en el segundo de los programas que acometerá en el festival al frente de la Filarmónica de Bergen (miércoles 3 y jueves 4 de junio) con otro gran monumento sinfónico en atriles: la Sinfonía n. 2 en Do menor, Resurrección, de Gustav Mahler, para la que se contará con la participación adicional de músicos de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Bergen, la soprano Mari Eriksmoen, la contralto Karen Cargill y los coros Edvard Grieg, Filarmónico de Bergen, Collegium Musicum y el del Royal Northern College of Music.

Un momento especialmente emotivo en el primer tramo del festival fue el concierto que ofreció el Cuarteto Hagen en la impresionante Håkonshallen, el gran salón real construido en el siglo XIII que fue durante siglos el epicentro del poder político en Noruega. El concierto formaba parte de la gira de despedida con la que la formación austríaca, auténtica leyenda de la música de cámara, pondrá fin a más de cuatro décadas de actividad al término de la temporada 2025/26. Es indudable que pocas agrupaciones han ejercido una influencia sobre la interpretación camerística en las últimas décadas comparable a la del conjunto integrado por los hermanos Clemens, Lukas y Veronika Hagen, más el violinista Rainer Schmidt, legítimos herederos de una tradición vienesa que me atrevería a calificar de troncal, y cuya ejemplar trayectoria se ha basado en una combinación poco frecuente de rigor estilístico, profundidad expresiva y modernidad interpretativa. El programa reunía tres pilares del repertorio austroalemán, verdaderos caballos de batalla del Hagen: el Cuarteto op. 135, último de los compuestos por Beethoven (el de la famosa cuestión, Muss es sein?); el primero de los opus 54 de Haydn, y el número 14 de Schubert, el conocido célebremente como La muerte y la doncella. Otro programa intenso y exigente, que el público que llenaba el medieval auditorio pareció escuchar con la devoción del que recibe o asiste a un testamento artístico. Concentrados en destilar la esencia de unas obras que les han acompañado durante toda su trayectoria, los Hagen brindaron un Beethoven que mantuvo intacta la mezcla de humanidad y trascendencia que convierte el opus 135 en una de las despedidas más conmovedoras de la historia de la música; un Haydn que se presentó lleno de elegancia y refinamiento; y, por fin, un Schubert diáfano y reflexivo, con momentos de extraordinaria intensidad dramática. La excepcional acústica de la Håkonshallen contribuyó decisivamente a convertir la velada en una experiencia memorable.

Apenas una hora después del concierto de los Hagen desembarcaba en el Grieghallen la gran dama de la música noruega, la soprano Lise Davidsen, auténtico ídolo nacional y digna heredera por derecho propio del insigne -y cuasi mitológico- linaje de sopranos dramáticas escandinavas que incluye nombres que hacen temblar de emoción a cualquier amante del canto wagneriano (y no sólo) como los de Kirsten Flagstad, Astrid Varnay o Birgit Nilsson. La devoción que el público noruego siente por la que ya es considerada como un emblema artístico y musical del país quedó plasmada desde antes de que comenzara el recital, en la especial atmósfera que parecía haberse apoderado del Grieghallen. Acompañada por el soberbio pianista surafricano James Baillieu, Davidsen ofreció el mismo monográfico Schubert que pudo escucharse hace pocos días en el madrileño Círculo de Bellas Artes , dentro del ciclo Círculo de Cámara. De hecho, la velada fue un calco de la celebrada en Madrid, hasta en los dos atuendos que lució la cantante (uno para cada parte) y en las dos propinas con las que puso el broche de oro al programa. Para su comentario, me remito a la excelente reseña crítica, minuciosa, experta y documentada como todas las suyas, que realizó en estas mismas páginas nuestro compañero Rafael Ortega Basagoiti, con la que coincido punto por punto y que puede leerse en este enlace. La única diferencia, mínima pero importante, teniendo en cuenta el lugar y el contexto, fue que los comentarios que Davisen realizó antes de cada grupo de canciones fueron, como no podía ser de otra manera, en noruego, estableciendo con ello una intimidad y una complicidad aún mayor con ‘su’ público, que la venera, como pudo comprobarse por las reacciones a cada frase o a cada comentario de la soprano. El éxito fue, como cabía esperar, clamoroso.

El resto de la programación del BIF 26 incluye, dentro del ámbito de la música clásica, nombres de primer nivel y programas que a veces sorprenden por lo atractivamente novedoso de sus propuestas. La gran violinista barroca Amandine Beyer, al frente de su propio conjunto Gli Incogniti, se alía con la aclamada coreógrafa Anne Teresa de Keersmaeker para revisitar la versión coreográfica de Radouan Mriziga de Las cuatro estaciones de Vivaldi. El veterano barítono Thomas Hampson cantará una versión para barítono y acordeón del ciclo de canciones Winterreise de Schubert, acompañado por la acordeonista Ksenija Sidorova. El Coro Monteverdi y los English Baroque Soloists, dirigidos por Jonathan Sells, ofrecerán una lectura de la ópera de Purcell Dido y Eneas, mientras que el Concerto Italiano de Rinaldo Alessandrini ofrecerá un programa dedicado exclusivamente a madrigales de Monteverdi. Son solo algunos apuntes de una programación que, como ya se indicó al comienzo de este reportaje, es multidisciplinar e incluye una miríada de actividades dirigidas o protagonizadas por representantes de todas las generaciones y estilos de música, desde la solemne y culta tradición clásica al hip hop. Buena prueba de ello será el concierto con el que se cierra el festival, protagonizado de nuevo por la Filarmónica de Bergen, en cuya segunda parte el joven director Bjarni Frímann Bjarnason (colaborador entre otros de la cantante Björk y el compositor Ólafur Arnalds) acometerá una secuencia de canciones del célebre rapero Lars Vaular, en arreglos para orquesta. En la primera, como es preceptivo y norma del festival desde sus inicios, se escuchará el Concierto para piano de Grieg, que contará en esta ocasión con la pianista rusa Yulianna Avdeeva.
Y es que el nombre de Grieg es a Bergen lo que el de Mozart a Salzburgo. La figura y el legado del gran compositor son omnipresentes en una ciudad que sigue identificándose profundamente con su artista más universal. Troldhaugen, la coqueta residencia final del músico, construida sobre un bello promontorio con privilegiadas vistas sobre el fiordo, continúa inmersa en un ambicioso proceso de restauración integral. Tras la finalización de los trabajos exteriores, está previsto que el interior recupere plenamente su aspecto museístico de cara a la edición de 2027. Mientras tanto, un moderno auditorio construido junto a la vivienda y discretamente integrado en el paisaje sigue acogiendo conciertos diarios dedicados al compositor noruego. En la presente edición, la música para piano de Grieg ha podido y puede escucharse en las inspiradas interpretaciones de Alexander Gadjiev, Jeneba Kanneh-Mason y Christian Grøvlen.
Precisamente en el salón principal de Troldhaugen, donde Grieg y su esposa Nina recibían visitas y ofrecían soirées musicales, el director del festival, Lars Petter Hagen, adelantó algunas de las líneas maestras de la edición 2027, la del 75 aniversario. El festival se ampliará a tres semanas, en lugar de las dos habituales, y tendrá como artista residente al otro gran emblema musical de Noruega, el pianista Leif Ove Andsnes, quien se convertirá de este modo en el primer músico en haber sido artista residente en Bergen en más de una ocasión, treinta años después de que ostentara el título en 1997. Profundamente interesado en los últimos años por los pianos históricos, Andsnes tocará en teclados de época, concretamente en un piano Steinway de 1880 traído especialmente para la ocasión desde Bélgica con el que interpretará, en el concierto de clausura, el Concierto de Grieg junto a la Orchestra Révolutionnaire et Romantique; y también se atreverá con un fortepiano, para un programa de quintetos de Boccherini que acometerá junto a Cuarteto Chiarocuro de Alina Ibragimova. Esta será de hecho la primera actuación pública de Andsnes al fortepiano, instrumento al que se refiere como su ‘placer culpable’ (el artista confiesa poseer uno en su propia casa). La residencia de Andsnes reflejará asimismo el profundo vínculo, personal y profesional, del pianista con la ciudad en la que habita, realizando diversas masterclasses y participando como un pianista más en un proyecto con jóvenes pianistas y estudiantes de piano noruegos, en el que se interpretará colectivamente esa insólita odisea pianística que es la pieza de Eric Satie Vexations. Al parecer, la edición 2027 incluirá también el estreno absoluto de una ópera escenificada, si bien los detalles concretos acerca de este evento no se conocerán hasta finales de junio, cuando se haga pública la programación completa de la edición de lo 75 años.
A juzgar por el extraordinario nivel de estos primeros días, Bergen parece perfectamente preparado para afrontar esa celebración. Setenta y cuatro años después de su fundación, el festival continúa siendo mucho más que una sucesión de conciertos y espectáculos: sigue constituyendo un modelo ejemplar de integración entre arte, ciudad y ciudadanía.
Juan Lucas


