MADRID / Lise Davidsen, de menos a más en un recital schubertiano que creció en intensidad

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. 24-V-2026. Concierto extraordinario de la VII Temporada del Círculo de Cámara. Lise Davidsen, soprano. James Baillieu, piano. Lieder de Schubert.
La música de Schubert se mueve en un ámbito expresivo un tanto especial. A menudo demanda de intérpretes (y oyentes) la penetración en una atmósfera que apela a una introspección singular, que reclama para su apropiada traducción un acercamiento con la sutileza apropiada para transmitir la mezcla, no sencilla, de sentimientos y sensaciones. Mezcla en la que encontramos, muy a menudo, delicada melancolía y ternura, pero también, ocasionalmente, arrebatos temperamentales y encendido dramatismo. La de Schubert es, como pocas, una música que requiere una interiorización especial por parte del intérprete, antes de que pueda llegar a quien la escucha con la intensidad que contiene. Y esa interiorización viene de la mano de la sutileza en el discurso, del refinamiento en el manejo más fino de inflexiones y matices. Todo lo anterior es cierto en la generalidad de la música del genio vienés, pero lo es incluso más en el mundo en el que era el maestro de maestros: el lied.
Hemos tenido múltiples muestras de ello recientemente en este mismo ciclo, con veladas inolvidables como las que no hace mucho nos brindaban Krimmel con Bushakevitz o Schuen con Heide. Se aguardaba con el mayor interés el concierto extraordinario, también dedicado a Schubert, con el que se celebraba el centenario del Círculo de Bellas Artes, porque la protagonista, la noruega Lise Davidsen pasa, con todo merecimiento, por ser una de las cantantes más celebradas y solicitadas de la actualidad. Buena muestra del interés es que la sala estaba abarrotada y se había colgado tiempo antes el cartel de “entradas agotadas”. Había también cierto interrogante, porque Davidsen es una consumada y reconocida especialista en Strauss y Wagner, compositores en los que está dejando interpretaciones sensacionales (ahí está su reciente Isolda en el Metropolitan como buen botón de muestra, al que se podrían añadir unos cuantos más), pero más de uno se preguntaba si aquella voz de apabullante poderío se movería con comodidad en ese mundo tan especial del lied schubertiano.
Diecinueve canciones (nueve en la primera parte, diez en la segunda) de variado carácter componían el recital. Las canciones iniciales (Junto al arroyo, Ganímedes) permitieron apreciar lo que ya sabíamos de antemano: la voz se emite con una facilidad pasmosa y con un volumen apabullante incluso sin forzar lo más mínimo. Davidsen no tiene problema alguno en todo el registro, y posee la capacidad de modular y matizar desde el extremo más sutil hasta la potencia más rotunda. Pero en esas dos canciones, además de dejar al firmante la sensación de estar sujetando las riendas, pareció algo fría en la transmisión de emociones, como si no hubiera penetrado del todo en ese caleidoscopio expresivo del vienés, que parece engañosamente sencillo y es, en realidad, endiabladamente complicado.
Siguió un breve parlamento de la noruega, agradeciendo la invitación para ofrecer este concierto y al público su presencia. Explicó brevemente lo que escondían las dos canciones siguientes, El enano y la muy conocida Margarita en la rueca. En ambas, y especialmente en la segunda, pareció dar más con la tecla de unas canciones en las que la intensidad dramática era más patente. Aunque se mantenía la sensación de que controlaba su arrollador poderío, cuando este apenas asomaba lo hacía con estremecedora intensidad. Nuevo parlamento, esta vez con el pianista sudafricano Baillieu explicando las cuatro canciones siguientes, basadas en el personaje goethiano Wilhelm Meister, y la última, la estremecedora y bien conocida La muerte y la doncella, en la que más tarde basaría Schubert su imponente cuarteto del mismo título. Fue en ésta, con su singular diálogo entre la doncella y la muerte, donde Davidsen estremeció más. Las palabras de la muerte sonaron, sí, a una muerte serena, pero también sobrecogedora (los graves de esta mujer en piano estremecen al más pintado).
Se mantuvo la sensación de canto impecable, pero algo corto de esa punzada de emoción en las tres primeras de la segunda parte, aunque los reguladores, inflexiones y matices conseguidos en la tercera, Suleika I D.720, fueron realmente asombrosos. Hubo también parlamento explicativo de las tres siguientes (algo curioso es que las tres primeras de cada parte no tuvieron el privilegio de la glosa explicativa), y fue en ellas donde la temperatura empezó a elevarse. El trío de El muchacho ciego, Tú eres la paz y, sobre todo, Omnipotencia, nos trajo, de menos a más, a la Davidsen que más y mejor había penetrado en ese singular dramatismo schubertiano. “Cada canción encierra una pequeña ópera” decía la noruega. Y sí, de esa forma nos llegaron algunas de las del tramo final. El apasionamiento desplegado en Tú eres la paz, sobre las palabras que estos ojos míos solo tu resplandor ilumine con tu luz llegó con una carga emotiva hasta entonces desplegada con más contención, aquí ofrecida sin ella, y apianada de forma extraordinaria en la reiteración de la frase. Con todo, fue tal vez Omnipotencia, que quizá, era una de las más operísticas (y hasta “wagnerianas”) de la sesión, en la que Davidsen dio, con un canto sencillamente demoledor, la talla de lo que puede llegar a ser su Schubert cuando su recorrido en este ámbito haya tenido más tiempo para penetrar más hondamente en él.
Y ya metida en harina, la intensidad no hizo sino subir en el trepidante, urgente El rey de los Alisos y, especialmente, en la conmovedora, doliente Letanía en el día de difuntos, dibujada con hermosa media voz, transmitiendo una mezcla de dolor y devoción realmente emocionante, matizada con exquisitez.
Acompañó con general acierto y momentos de gran belleza el sudafricano James Baillieu, desde los paladeados en Junto al arroyo hasta la sensibilidad mostrada en No me hagas hablar o Tú eres la paz. Tal vez algún momento puntual (el precitado Rey de los Alisos) se hubiera beneficiado de algo más de claridad en la articulación, pero en todo caso, la suya fue una labor más que notable.
El éxito fue grandísimo, como cabía esperar, porque la deslumbrante voz de Davidsen es fácil que gane a cualquiera. Y se ofrecieron dos preciosas propinas, también schubertianas: A la música D 547 y A la Naturaleza D 372. Muy buen recital de esta gran soprano, que fue de menos a más en un mundo que no es el suyo habitual y permite adivinar unos resultados mejores a medida que la noruega penetre en el bellísimo pero intrincado mundo del genio vienés al que perdimos demasiado pronto.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Miguel Balbuena)


