Beethoven en la era del coronavirus

Beethoven en la era del coronavirus

Beethoven no cancela ante el maldito COVID-19. Simplemente se pospone. Y la celebración de su 250º aniversario se alargará hasta septiembre de 2021. Es lo que ha decretado el consejo de supervisión del Beethoven Jubiläums GmbH, en Bonn. Se mantiene la Novena sinfonía, con Daniel Barenboim al frente del West-Eastern Divan, el próximo 17 de diciembre –fecha del bautismo de Beethoven–, pero no como solemne clausura de BTNVN2020. Todos los conciertos, exposiciones, talleres, conferencias y demás actividades se volverán a programar en una nueva fecha. Y tendremos todo el Beethoven que nos merecemos tras la pandemia.

Lo que no volverá a Bonn, cuando pase la terrible crisis sanitaria, será la exposición “Beethoven: mundo, ciudadano y música” en la Bundeskunsthalle. Su apertura oficial, el pasado 17 de diciembre, marcó el simbólico arranque del año Beethoven. Pero no se ha podido clausurar. Estaba previsto hacerlo el pasado 26 de abril, aunque todo se congeló a mediados de marzo con las medidas gubernamentales para evitar la propagación del coronavirus. Es verdad que una parte de esa exposición viajará, en octubre, al BOZAR de Bruselas bajo el título “Hotel Beethoven”. Pero no será lo mismo.

Nunca se había realizado una muestra tan ambiciosa dedicada al compositor de Bonn. Y tardaremos en volver a ver bajo un mismo techo semejante plétora de documentos, autógrafos, objetos y obras de arte relacionadas con Beethoven. Dos brillantes mujeres la hicieron posible: la historiadora del arte Agnieszka Lulińska y la musicóloga Julia Ronge. Si la primera, que trabaja como conservadora en la Bundeskunsthalle, veló por la coherencia artística y variedad del itinerario, la segunda, que es Kustos en la Beethoven-Haus, aseguró el rigor musical y documental en relación con el compositor.

Dediqué un frío y lluvioso domingo de enero, el día 19, a visitar esa exposición. Había llegado a Bonn, tres días antes, para cubrir el arranque de la BTHVN-Woche, el festival de música de cámara de la Beethoven-Haus, que, en la edición del 250º aniversario del compositor, había programado toda su obra de cámara siguiendo nexos temáticos.

Para introducirme en la ciudad alemana tuve, en mi querido colega Luis Gago, al mejor cicerone posible. Luis ha pasado allí los últimos seis febreros diseñando la programación de ese festival camerístico, codo con codo con la violista Tabea Zimmermann. Una labor admirable por la que acaba de ser nombrado Ehrenmitglied o miembro honorífico de la Beethoven-Haus. Fuimos juntos al hotel, que estaba situado frente al Alter Friedhof, el antiguo cementerio de la ciudad. Y, tras dejar la maleta en la habitación, me propuso rendir pleitesía a Clara y Robert Schumann.

Nos encontramos la tumba protegida por una lona que reproducía su aspecto. Fue emotivo visitar a los Schumann en 2020. Y, por alguna razón, me asaltó la melodía del cuarto movimiento de las Bunte Blätter op. 99, de Robert, la bellísima hoja de álbum que Clara convirtió en tema de sus maravillosas Variaciones sobre un tema de R. Schumann op. 20. Una forma ideal de sentir el espíritu de ambos. En ese cementerio se pueden visitar, además, otras tumbas ilustres. Es el caso de la escritora Luise Adele Schopenhauer (hermana del filósofo) o de la poeta y musa de Wagner, Mathilde Wesendonck.

No obstante, antes de salir, nos acercamos al humilde enterramiento de Maria Magdalena van Beethoven, la madre del compositor. Su tumba es la más antigua de este camposanto y no fue identificada hasta 1932. Hoy luce un túmulo que donó, en 1970, la Beethoven-Haus con una cita extraída de una carta del compositor a modo de epitafio. Se trata de la famosa misiva a Joseph Wilhelm von Schaden que Beethoven, con 16 años, le envió cuando su progenitora falleció de tisis: “Ella fue una madre buena y cariñosa conmigo, mi mejor amiga”. Frente a esta sepultura, con velas gastadas y flores secas, me acordé de la afirmación de Wilhelm von Lenz, en Beethoven et ses trois styles (1852-55), donde recordaba haber leído la indicación “La tumba de la madre” en una copia del propio Beethoven del largo e mesto, de su Sonata para piano op. 10 nº 3. Quizá no haya una composición más teñida de melancolía en toda la literatura beethoveniana. Una doliente forma sonata en re menor que conduce, en su coda final, al paroxismo, la reflexión y el silencio.

En Bonn se respira Beethoven. Y todo se mezcla allí con su imponente imagen. Lo comprobé en los escaparates de muchos comercios, donde el compositor se combina con el principal atractivo de la ciudad alemana en los primeros meses del año: el carnaval. Proliferaban bustos de un Beethoven enmascarado tras los cristales. Mi primer paseo por Bonn continuó hacia la Münsterplatz, para contemplar la famosa estatua memorial diseñada por Ernst Julius Hähnel. Representa al compositor en el trance de la inspiración sobre un zócalo de figuras alegóricas. Y fue erigida, en 1845, para conmemorar su 75° aniversario. Se trata no sólo del primer monumento dedicado a Beethoven en su ciudad, sino también de la primera estatua erigida a un ciudadano de a pie en toda Prusia (la segunda en toda Alemania, tras la de Lutero en Wittenberg). Fue promovida por Robert Schumann, desde 1836, y financiada en buena parte por Franz Liszt. Para ello, el primero dedicó al segundo la famosa Fantasía en do mayor op. 17, una obra que combina su amor por Clara y su admiración por Beethoven. Y una de las cumbres de toda la literatura pianística.

El monumento fue inaugurado por el rey de Prusia, Federico Guillermo IV, el 12 de agosto de 1845. La fecha forma parte de la historia de la ciudad. No sólo marcó el inicio de los festivales musicales dedicados a Beethoven en Bonn, sino que hizo coincidir a varias personalidades en la ciudad alemana, además del rey prusiano o Liszt, como la reina Victoria de Inglaterra, Alexander von Humboldt, Héctor Berlioz y Louis Spohr. Schumann no pudo asistir a la ceremonia por motivos de salud. Pero, lo primero que hizo cuando visitó Bonn, en 1851, fue encaminar sus pasos a esta plaza y contemplar el monumento a Beethoven. Lo volvió a hacer muchas más veces, incluso en compañía del joven Brahms. Y no es difícil imaginar hoy esa estampa de mediados del siglo XIX, si no fuera por el pintoresco telón de fondo de la oficina de correos en que se ha transformado el antiguo Fürstenberg-Palais.

De regreso al hotel, descubrí la maravillosa repostería de la boulangerie Fassbender, en Sternstraße. Ahora bien, si tuviera que recomendar un restaurante en Bonn, no dudaría en hablar de VarieeTee, un lugar ideal para degustar especialidades árabes, como la sopa de lentejas sirias, pero también para leer, escribir y conversar frente a una taza de café. Está situado junto al antiguo ayuntamiento de estilo Rococó, en el número 6 de Marktplatz, y al lado del Sternhotel. En el vestíbulo de ese hotel, hoy completamente reformado, Clara Schumann estrenó, el 12 de noviembre de 1853, una de mis composiciones favoritas de la producción final de su marido: las Marchenbildern para viola y piano op. 113. Lo hizo junto al primer biógrafo de Robert, Wilhelm Joseph von Wasielewski, que además de musicólogo era un hábil intérprete de violín y viola.

Obviamente, esta plaza del mercado también tiene algo que ver con Beethoven. Y, frente al Sternhotel, se ubicaba la famosa posada Im Zehrgarten. Una mezcla de albergue, vinoteca y librería, que se convirtió, a finales del siglo XVIII, en el centro intelectual de Bonn. Su espacio lo ocupa hoy una tienda de fotografía llamada Foto Brell, en el nº 11 de la plaza. Beethoven discutió en este lugar sobre música, literatura y filosofía con su círculo de amistades. Aquí se preparó el famoso liber amicorum que le entregaron antes de partir para Viena, en 1792, donde podemos leer el famoso vaticinio del conde Waldstein de que recibirá “el espíritu de Mozart de manos de Haydn”. Y tuvo, al parecer, sus primeras intenciones amorosas con la hija de la dueña, Babette Koch, la chica más interesante y admirada de Bonn. El joven Beethoven ya apuntaba alto en aspiraciones sentimentales.

Aunque del Zehrgarten no ha quedado absolutamente nada, hay algunos vestigios beethovenianos que pueden visitarse en Bonn. Uno es la pila donde fue bautizado, el referido 17 de diciembre de 1770, en la Iglesia de San Remigio, en Brüdergasse. Beethoven frecuentó después este templo como organista, a partir de los diez años, y asombró a propios y extraños tocando en la misa de la seis de la mañana. El instrumento que tocaba, construido por Christian Ludwig König en 1775, fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Pero se ha recuperado su consola con los registros manuales, el teclado y el pedalero que puede verse en la exposición permanente de su casa natal, en el nº 20 de Bonngasse.

La Beethoven-Haus no sólo es la única casa burguesa conservada de la época barroca de la ciudad, sino también la principal atracción turística del compositor en Bonn. Desde 1889 acoge la sede de la principal institución cultural dedicada al estudio de su vida y obra. Beethoven nació en una de las habitaciones del segundo piso, seguramente el 16 de diciembre de 1770. El lugar es bien conocido por numerosas fotografías, como la que ilustra la portada de la biografía de Jan Swafford publicada, en 2017, en la editorial Acantilado con traducción de Juan Lucas. Sin embargo, en la actualidad, nada tiene que ver con esa disposición desnuda y presidida por el busto de yeso de Josef Danhauser. En 2019 se alteró y modernizó con un gran espejo. Pretende crear un ambiente sensible y poético, aunque parece una extravagancia muy poco beethoveniana. Por fortuna, allí siguen los instrumentos del cuarteto de cuerda que le envió, en 1800, el príncipe Karl von Lichnowsky, también la viola de c. 1780 que tocó como músico de la capilla de la corte de Bonn, su último fortepiano Conrad Graf de 1826 y varios retratos importantes, como el pintado por Joseph Karl Stieler, en 1820, que en los días de mi visita a Bonn había sido cedido temporalmente para la referida muestra de la Bundeskunsthalle.

La estructura de la exposición permanente de la Beethoven-Haus es muy efectiva. Abarca desde su relación con la ciudad de Bonn hasta la sordera y la muerte, pasando por su vida cotidiana y los círculos de amigos, mecenas y familiares, con especial dedicación a su vida y su obra. Pero, entre abundantes ediciones, documentos y manuscritos, como el autógrafo de la Sinfonía “Pastoral”, me llamó la atención la reproducción de un busto de la antigua Roma que el compositor tenía siempre sobre su escritorio. Representa a Lucio Junio Bruto. Al parecer, fue una figura muy admirada por Beethoven, que impulsó la república en la antigua Roma y la lucha contra la tiranía, pero que no debe confundirse con Marco Junio Bruto, implicado en el complot y asesinato de Julio César.

La Beethoven-Haus ha seguido adquiriendo varios edificios colindantes a la casa del compositor, como los números 18 y 24-26 de la misma calle Bonngasse. En ellos la asociación ha ubicado la biblioteca, oficinas, archivo, con el famoso sótano abovedado denominado “cámara del tesoro” donde se guarda la mayor colección de manuscritos del compositor, pero también la sala de conciertos de música de cámara que se inauguró en 1989, un moderno anfiteatro semiovalado de tradición clásica con unas doscientas butacas y una acústica admirable. En el otro lado de la calle, se ha inaugurado hace poco una tienda muy atractiva con discos, libros y merchandising. Allí adquirí, además de varias ediciones de actas de simposios y exposiciones relacionadas con la Beethoven-Haus, algunos souvenirs, como el pin y la camiseta de BTHVN2020 junto al billete conmemorativo de 0 euros del 250 aniversario del compositor que encabeza este artículo.

Pero volvamos, para terminar, a la exposición de la Bundeskunsthalle. A aquel lluvioso domingo, 19 de enero. El referido comisariado de la muestra, formado por una historiadora del arte y una musicóloga, funciona a la perfección. Y Beethoven se retrata idealmente tanto en su contexto social como musical, en el paso del siglo XVIII al XIX. Nada remite aquí a la imagen de genio aislado y solitario, se evitan mitos y lugares comunes, y sobresale el ciudadano que vivía en un mundo encaminado hacia la modernidad. Hacia esa sociedad igualitaria, humanista y democrática que, aparentemente, disfrutamos en el presente, con su música convertida en elemento central de nuestras vidas.

La muestra sigue un estricto orden cronológico en cinco bloques, el primero en Bonn y los cuatro siguientes en Viena: llegada, ascenso, dificultades y trascendencia. Pero, dentro de cada bloque, se colorean temas específicos. En uno, leemos sobre la orquesta de su tiempo con explicaciones generales, pero también con ideas que pueden interesar al estudioso. Es el caso, por ejemplo, de las dificultades políticas que encontró Beethoven para implantar el arco Tourte, ideal para su música, por tener mayor sonoridad, capacidad dinámica y precisión en la articulación, pero que en Viena se asociaba con el invasor francés. Junto a estas ideas encontramos el autógrafo de la Sonata para violín “a Kreutzer”, de 1803. En su encabezamiento podemos verificar el humorismo del compositor al dedicarla, inicialmente, al violinista afroeuropeo George Bridgetower: “Sonata mulattica composta per il mulatto Brischdauer, gran pazzo e compositore mulattico”.

Encontramos, en adelante, muchos de los documentos fundamentales del compositor, como el llamado Testamento de Heiligenstadt, de 1802, el famoso autógrafo rallado de la Sinfonía “Heroica”, pero también de su ópera Fidelio, de la Missa Solemnis, de la Novena sinfonía, entre los de alguna sonata y cuarteto. Se profundiza en el contexto de varias composiciones, como Egmont o La victoria de Wellington, al tiempo que se trata de sus aficiones personales y dificultades físicas. En este último apartado destaca un pequeño expositor centrado en su pasión por el café, con un molinillo de la época y una cafetera de sifón. Y también una sección dedicada a su sordera, con esas aparatosas trompetillas que usaba, junto a su afición a todo tipo de remedios, algunos tan radicales como la galvanoterapia. Tampoco faltó un pequeño apartado dedicado a su paralelismo con Goya, titulado Yo lo vi, con varios grabados de los Desastres de la guerra cedidos por la Fundación Juan March.

Y se podrían comentar muchas cosas más, entre objetos, documentos y obras de arte que atestiguan tanto su época como su recepción postrera. Esto último se representa, por ejemplo, con una asombrosa copia del Friso de Beethoven, de Gustav Klimt, y una espectacular impresión en 3D de la monumental escultura de Max Klinger. Pero salí de la exposición fascinado con un minúsculo documento, de 1795. Una carta desconocida y que Beethoven redactó en Viena para enviar a San Petersburgo. Llamaba la atención por su formato y tamaño: un trozo de papel recortado de 8,1 x 9,3 cm., doblado por la mitad y redactado por Beethoven con una letra minúscula.

Esta carta se conservó en perfecto estado dentro de una colección privada, en el norte de Alemania. Fue subastada en Berlín, el 6 de junio de 2012, aunque no pudo ser adquirida por la Beethoven-Haus hasta 2018, tal como relata Julia Ronge en el estudio publicado por la asociación. Estaba dirigida a su amigo de la infancia, Heinrich von Struve, miembro de una familia de diplomáticos vinculada a Rusia y uno de los integrantes del círculo intelectual del Zehrgarten. En su despedida a Beethoven, incluida en el referido liber amicorum, Struve cita un lema de Moses Mendelssohn, abuelo del compositor y uno de los más importantes filósofos ilustrados alemanes.

Beethoven responde aquí a otra carta de Struve, un 17 de septiembre, aunque el año de 1795 se deduce por el contenido. Su extraño formato está claramente relacionado con el envío a través de un emisario que lo portaría en un bolsillo o en un puño. En su contenido, el compositor comenta a su amigo las ideas políticas, que ambos comparten, y que poco tenían que ver con la Rusia de Catalina la Grande o la Viena de Francisco II. Pero clama por un futuro mejor: “¿Cuándo llegará el tiempo en que haya únicamente seres humanos? Es posible que sólo veamos llegar ese dichoso momento en unos pocos lugares. Pero no lo veremos acaecer en todas partes. Pasarán siglos antes de que eso suceda”.

Ese mundo unido sin distinción de rango y estatus se corresponde, según reconoce Ronge en su estudio, con la Oda a la alegría, de Schiller. Aquí Beethoven adelanta veintinueve años el mensaje de su Novena sinfonía. Y quizá haya tenido que arreciarnos la desgracia de una pandemia mundial para acercarnos a ese anhelo de un tiempo igualitario para todos los seres humanos. Ojalá esa Novena sinfonía, del próximo 17 de diciembre en Bonn, sea el principio de un mundo nuevo. Y mejor.