Beethoven: Amada lejana, amada inmortal (V)

Beethoven: Amada lejana, amada inmortal (V)

Citamos a Swafford otra vez, en la traducción de Juan Lucas:

“Puede que ya conociera a Antonie Brentano, cuñada de Bettina, a través de su familia en Viena. Antonie, más conocida como Toni (Antonie Birkenstock de soltera), era hija de un distinguido estadista austriaco, coleccionista de arte. Como ocurría a menudo en aquellos días, su padre la casó con un hombre próspero, quince años mayor que ella, el comerciante de Fráncfort Franz Brentano, hermanastro de Bettina y Clemens, de quienes Antonie se hizo íntima. Como corolario a la triste y conocida historia, el de Antonie fue un matrimonio totalmente desprovisto de amor, aunque no llegaría al desastre de los dos matrimonios del antiguo amor de Beethoven, Josephine von Deym, ni a la desdicha de la vida conyugal del donjuanesco príncipe Lichnowsky”.

Pues bien, esta dama es una de las candidatas más firmes para el puesto de Amada inmortal de Beethoven. Lo es, por ejemplo, para Maynard Solomon en su biografía de Beethoven.

Y junto a ella surgieron con el tiempo otras candidatas. Como escribe Swafford: “… la biografía de George Marek apuesta por la pianista Dorothea Erdmann, Romain Rolland por Therese von Brunszvik y Anton Schindler por Giulietta Guicciardi”. Ninguna de estas tres candidatas le parece verosímil a Swafford. Aclaremos: Therese von Brunszvik era la hermana de Josephine, y fue la primera de la familia que entró en contacto con Beethoven; tenía verdadero talento musical para interpretar y también para componer.

En el libro Beethoven, un retrato vienés, Arturo Reverter y Victoria Stapells dedican un amplio y atractivo capítulo al ciclo de Lieder An die ferne Geliebte, A la amada lejana, y hacen un recorrido que titulan Beethoven y su relación con las mujeres, con apartados a continuación sobre damas que conmovieron el corazón de nuestro compositor. Sus sentimientos importan, pero importa de manera especial el comportamiento del propio Ludwig Van. Enamoradizo, mariposón, pero también condenado a la soledad y a estar sin pareja, condenado a visitar casas de lenocinio, Dios mío.