Beatrice Rana: ‘Igual que existe la comida-basura, también existe la música-basura’

Beatrice Rana: ‘Igual que existe la comida-basura, también existe la música-basura’

Con la Accademia Santa Cecilia de Roma como escenario de esta conversación, Beatrice Rana (Copertino, 1993) recibe a Scherzo con motivo del concierto que ofrecerá en el Ciclo Grandes Intérpretes el 12 de noviembre. De ideas claras, visionando el mundo del piano con los ojos de aquel que todavía tiene una carrera por desarrollar y con una mentalidad que aboga por una música clásica accesible a todos, la joven pianista de Apulia es ya un referente para las nuevas generaciones que buscan regresar a esa calidad pura de la música que el mundo de las redes sociales e Internet parecen haber banalizado.

Con tan solo 26 años, ya tiene varios discos en el mercado e, incluso, dirige un festival. ¿Cómo definiría la etapa artística en la que se encuentra?

Cuando desarrollas una carrera artística —y más, cuando eres joven—, vives en un mundo en el que las posibilidades son infinitas y, viendo tu carrera con proyección, no quieres cerrarte a repertorios concretos. Pero, al mismo tiempo, no quieres dejar de profundizar en lo que ya conoces. El piano como instrumento tiene un canon musical infinito y es labor del interprete no solo profundizar en aquello que todo el mundo conoce, sino desempolvar maravillas musicales que en el futuro pueden formar parte de ese canon. Ahora mismo me encuentro en una etapa en que la paradoja entre tocar nuevos repertorios y profundizar en las grandes obras canónicas habita en mí.

En Madrid, presenta un programa con Stravinsky, Albéniz y Chopin como protagonistas. ¿Cómo se interrelacionan estos tres autores?

Este programa es un retrato de París a manos de tres extranjeros. París ha sido sede central del arte desde siempre; y más, para la música. Comenzamos con los Etudes op. 25 de Chopin, que muestran a ese joven polaco que, tras abandonar Varsovia, llega a la capital francesa como un virtuoso cuyo nuevo sonido fascina al público parisino. Pero, por otro lado, muestra su amor a la vida empapado de la amargura que le produce estar lejos de su patria. Un manifiesto de intenciones que va desde el amor que siente por Maria Wodzinska hasta la desesperación que le causa saber que no volverá a Polonia. Albéniz también echa de menos España, y lo demuestra en Iberia realizando un homenaje a su patria. No pretendía imitar sonidos andaluces, pero los tenía tan metidos en la sangre que era capaz de crear esas sonoridades e, incluso, dejaba que se intoxicaran con el sonido francés del momento. Por último, Petrushka de Stravinsky muestra a un hombre que acaba de llegar a París y que, sin saberlo, va a cambiar para siempre la historia de la música. Toda la tradición rusa se respira durante la obra, con un lenguaje totalmente diferente y, sobre todo, con una inflexión frente a lo que se había hecho antes, con disonancias que nunca quedan resueltas. Es un viaje por París, visto desde los ojos de estos tres extranjeros cuyo arte maravilló al mundo.

No hace mucho que terminó sus estudios. ¿En qué estado de salud se encuentra la educación musical en Italia?

Vivimos en una época en la que estudiar música precisa de grandes inversiones monetarias. Hay mucho talento, pero no todos tienen la solvencia económica para desarrollarlo. No creo que sea justo. Yo vengo de una familia modesta y he tenido la inmensa suerte de poder gozar de una educación inmejorable totalmente gratis. La educación en los conservatorios se ha olvidado de que el estudio comienza en las enseñanzas elementales y medias, no solo en las superiores. La música es una disciplina que requiere desarrollo mecánico e intelectual, y la única forma de comprender todas las caras del prisma musical es mediante una educación sólida desde los primeros años de enseñanza elemental.

¿Existe una crisis en lo que a enseñanzas musicales se refiere?

La globalización tiene la cara amarga de estandarizar los sistemas educativos, aunque funcione el que se posea en el propio país. Ha permitido un intercambio artístico inmenso, pero, a su vez, nos ha hecho idealizar lo que se hacía fuera, olvidándonos de aquello que hacíamos nosotros. Tenemos que dejar de centrarnos en estar al nivel de Europa y procurar poseer el nivel que la gente que viene a estudiar a nuestros conservatorios espera que tengamos.

Recientemente el Festival de Lucerna —emblema y referente para cualquier pianista— ha sido cancelado por falta de público. ¿Está el concepto de concierto pasado de moda?

La era de lo digital nos ha acostumbrado a esperar aquello que es espectacular, pero la música clásica nunca ha llenado estadios. Históricamente ha permanecido en recintos muy limitados, desde casas de aristócratas hasta teatros de ópera. Nunca ha sido referente de grandes masas. Por otro lado, esta búsqueda de la espectacularidad nos ha hecho olvidar la calidad musical. La cuestión no está en decidir si la forma concierto ha muerto o no, sino en hacer que la música clásica sea accesible a todos. Vivimos en una época en la que el púbico quiere acercarse a los artistas y los artistas quieren conocer más a su público, pero esto no debe hacerse a costa de la calidad musical.

Internet es una gran herramienta para los jóvenes intérpretes…

Internet ha conseguido democratizar el arte, pero posee la cara amarga de favorecer que muchas veces calen mensajes erróneos. Si un concierto no se llena o no funciona, existe una responsabilidad doble por parte del programador y por parte del intérprete. En Internet, sin embargo, la responsabilidad es algo inexistente y esto propicia que, en numerosas ocasiones, se asuman como algo de calidad expresiones artísticas que realmente no lo son. Vivimos en la era de la fast-food, en la que todo ha de ser inmediato. Y, de la misma forma que hay comida-basura, también hay música-basura.

¿En qué momento la difusión en redes sociales deja de ser difusión para transformarse en espectáculo?

El problema del músico clásico es que busca ser honesto sin aprovecharse de los medios tecnológicos que ayudan a la difusión. Se centra en la música, que es lo primordial. Mi generación ha nacido en la era de las redes sociales y es parte de nuestra naturaleza que las usemos, porque es ‘lo que toca’. Sin embargo, debemos distinguir al pianista real de aquel que solo puede vivir en el medio online y cuyo conocimiento musical no trasciende del minuto y medio de vídeo que pueda publicar en Facebook, YouTube o Instagram.

¿Está en cuestión el concepto de calidad musical?

Totalmente. Las redes sociales han permitido que muchos pianistas amateurs tengan un espacio de comunicación con el público y que muchos mensajes erróneos lleguen a calar. Siempre me ha gustado la frase de “hay gente que sirve a la música y otros que hacen que la música les sirva a ellos”. El músico real vive para la música porque busca en ella una calidad y una sensibilidad que van más allá de los seguidores o de los likes. La música clásica debe de volver al público real y al intérprete real para que el mensaje que se reciba sea de calidad.

¿Cómo solucionaríamos esta crisis de público joven?

No quiero caer en tópicos, pero necesitamos una reforma educativa que permita que cualquier escolar, de la misma forma que entiende el abecedario y puede leerlo, haga lo mismo con el lenguaje musical. No para crear un mundo exclusivamente de músicos, sino para que el lenguaje que manejamos sea accesible a todos y, por tanto, acerquemos la comprensión de la música de una forma más directa. De esta forma damos más herramientas para que la gente decida si le gusta la música o no. Hay que dejar de protestar por el envejecimiento del público en los conciertos y pasar a la acción. ¶

[Foto: Marie Staggat]