BÅSTAD / Un ‘Holandés errante’ de impecable reparto pone el broche de oro a la edición 2026 del Festival Birgit Nilsson

Båstad. Birgit Nilsson Hall. 5.VIII.2026. Birgit Nilsson Festival. Matthias Goerne, barítono. Alexander Schmalcz, piano. Lieder de Schubert y Brahms.
Båstad. Birgit Nilsson Hall. 6.VIII.2026. Birgit Nilsson Festival. Matilda Sterby, soprano, Matti Hirvonen, piano. Lieder y canciones de Schubert, Grieg, Nystroem y Sibelius.
Båstad. Iglesia de Västra Karup. 7.VIII.2026. Birgit Nilsson Festival. Luthando Qave, barítono. Magnus Svensson, piano. Stefan Johansson, presentador. Obras de Schubert, Ireland, kern, Ponchielly, Rachmaninov, Debussy, Mnomiya, Bock Respighi, Giordano & Nordqvist.
Båstad. Estadio de Tenis. 8.VIII.2026. Birgit Nilsson Festival. Christopher Maltman, Elisabet Strid, Günther Groissböck, Stanislas de Barbeyrac, Tobias Westman, Martina Dike. Coros de la Iglesia de Västra Bjäre, Förslöv-Grevie y Bastad. Coro de cámara de Helsinborg. Miembros del coro de cámara de Malmö. Orquesta Sinfónica de Helsingborg. Direción musical: Henrik Nánási. Dramatización: Anelia Kadieva Jonsson. Wagner: El holandés errante.
Todo buen aficionado al cine recordará la famosa secuencia con la que arranca El séptimo sello, la obra maestra que lanzó en 1957 la carrera de Ingmar Bergman. En ella, el caballero Antonius Block, recién regresado de una cruzada a una Suecia asolada por la peste, comienza una partida de ajedrez con la Muerte. La escena está filmada en un imponente paraje natural marítimo situado en la península de Bjäre, en el suroeste de Suecia. El director había nacido en 1918, el mismo año en que lo hacía, a pocos kilómetros de la pedregosa playa bergmaniana, otra de las glorias de la cultura y el arte suecos del siglo XX, la gran soprano dramática Birgit Nilsson, que también en ese año de 1957 se lanzaba al estrellato internacional tras una década de éxitos en su propio país. Nilsson falleció en 2005, apenas dos años antes que su compatriota Bergman, y en sus últimos años tuvo tiempo de sentar las bases de la Fundación que lleva su nombre, cuyo centro de operaciones es el Museo ubicado en la granja donde nació, en la aldea de Svenstad. Desde el año 2007, la Fundación se dedica a promover diversas iniciativas destinadas no solo a recordar su figura, sino sobre todo a impulsar y proyectar el arte del canto en su país: el premio Birgit Nilsson, la beca anual y, sobre todo, el festival que lleva su nombre, inaugurado en 2018 -coincidiendo con su centenario- que cada verano se celebra durante la primera semana de agosto en la coqueta localidad de Båstad, un pequeño puerto pesquero que también acoge uno de los principales torneos de tenis del norte de Europa, el Nordea Open u Open de Suecia (Rafa Nadal lo ganó en 2005, el mismo año en que falleció la cantante).
Precisamente la cancha de tenis de Båstad se convierte por un día en una atípica arena operística para acoger el evento de clausura del festival, que suele ser una ópera en versión de concierto dramatizada. Este año, al ser el agua -y más específicamente, el mar- el tema elegido como ‘motto’ del festival, el título no podía ser otro que El holandés errante, ópera particularmente asociada con los comienzos de la carrera de Nilsson, ya que fue precisamente Senta el primer rol wagneriano que la soprano incorporó a su repertorio y el que propició su primer gran éxito en Estocolmo en 1948. A las siete de la tarde del domingo 9 de agosto, bajo una deliciosa temperatura veraniega de 25 grados que ya se nos antoja un lujo a los sufridos habitantes del sur de Europa, la Orquesta Sinfónica de Helsingborg, dirigida por el maestro húngaro Henrik Nánási, un sólido director de foso curtido en Londres como asistente de Pappano y posteriormente en la Komische Oper de Berlín, atacó con energía y tempo mesurado la tempestuosa y marina obertura. Durante toda la función, la orquesta sonó compacta y disciplinada, con las familias instrumentales bien diferenciadas a pesar del hándicap del sonido amplificado en un escenario al aire libre, tal vez el único condicionante adverso -aunque inevitable- en una velada que combinaba un elenco wagneriano de nivel con una masa coral formada por cantantes aficionados procedentes del área geográfica en la que se ubica el festival. Habida cuenta de la importancia del coro en El holandés, así como de los grandes contrastes que la partitura establece entre el coro fantasmal de la tripulación del Holandés, el robusto coro de los marineros noruegos y la doméstica delicadeza del coro de las hilanderas, uno no puede sino admirar el estupendo trabajo de estos amateurs (el de ellas en especial) cuyo trabajo rubrica la vocación eminentemente comunitaria de este festival. En cuanto al reparto, integrado en su casi totalidad por voces de probado pedigrí wagneriano, la amplificación no impidió disfrutar del sólido y sombrío Holandés de Christopher Maltman, del Daland canónico de Günther Groissbock, del Erik refinado -más de lo habitual en este ingrato papel- del tenor francés Stanislas de Berbeyrac y de la Senta lírica (tal vez demasiado) y matizada de Elisabet Strid, soprano que en los últimos años está incursionado con creciente éxito en el mundo de Wagner. La muy solvente Mary de Martina Dike y el excelente Timonel de Tobias Westman completaron un casting que hacía honor a un festival que lleva el nombre de una de las más grandes wagnerianas de la historia.
El BNF es un festival de pequeño formato, y el resto de los eventos que completan la programación se resume en un pequeño número de recitales vocales, además de diversas actividades pedagógicas y culturales promovidas y gestionadas con la máxima eficacia por la Fundación que preside Susanne Rydén, cuya joya de la corona es el Premio Birgit Nilsson, galardón que se otorga cada tres años -aproximadamente- y que algunos consideran ya como una suerte de Nobel de la música, no solo por la cuantía económica (un millón de dólares) ni por ser el rey de Suecia quien hace entrega del premio durante una ceremonia en Estocolmo, sino porque el palmarés lo integran artistas o instituciones de primerísimo nivel que reciben el reconocimiento a toda una trayectoria. Plácido Domingo fue elegido personalmente por la propia Birgit Nilsson antes de su muerte y se convirtió en el primer ganador en 2009. Posteriormente, los galardonados han sido Riccardo Muti (2011) la Orquesta Filarmónica de Viena (2014), Nina Stemme (2018), Yo-Yo Ma (2022) y el Festival d’Aix-en-Provence (2025).

Este año, en consecuencia, no ha habido Premio Birgit Nilsson, pero sí su ‘hermano menor’, el Birgit Nilsson Stipendiet, o Beca Birgit Nilsson, impulsada en 1973 por la propia soprano y de cadencia anual, cuyo objetivo es la promoción y el apoyo a jóvenes cantantes suecos o radicados en Suecia. En el palmarés histórico del Stipendiet encontramos nombres que posteriormente desarrollarían relevantes trayectorias internacionales, como Nina Stemme, Anna Larsson o Malin Byström. Dotado con una cuantía económica de 250.000 coronas suecas (unos 23.000 euros), el ganador este año ha sido el barítono sueco Luthando Qave, quien recibió diploma y galardón al término del recital que ofreció, acompañado por el pianista Magnus Svensson, en Västra Karup, una parroquia cuya construcción se remonta al siglo XII en la que Birgit Nilsson fue bautizada, donde comenzó a cantar y en cuyo cementerio descansan sus restos, en la tumba familiar. El joven cantante de origen sudafricano, de bello timbre y generosos medios (sobre todo, una emisión realmente caudalosa que en ocasiones raya lo estentóreo) enhebró un programa variado y variopinto en el que canciones de Schubert, Rachmaninov o Ireland se alternaban con números operísticos de Ponchielli o Giordano, sin faltar algún que otro estándar del musical americano. Nacido en Cape Town cuando en Sudáfrica todavía imperaba el ignominioso régimen del apartheid, Qave incluyó en el programa dos canciones en lenguas originarias sudafricanas: en zulú, Wamuhle Mzantsi Afrika (Qué bella eres, Suráfrica), de Sibusiso Njeza y en xhosa, Yim’ lo (¿Soy yo?), de Phelelani Mnomiya. La poderosa y muy musical declamación de Qave las convirtió sin duda en los momentos más conmovedores del recital. Por su parte, el desempeño de Magnus Svensson trascendió la mera función de acompañante, enhebrando con magisterio dos páginas acuáticas para piano solo de Respighi y Debussy.

En 2024, la Beca Birgit Nilsson la obtuvo la joven soprano Matilda Sterby, quien se ha hecho acreedora en la edición 2026 de un recital propio inscrito de forma natural en la programación del festival. Estos recitales tienen lugar en el Birgit Nilsson Hall, una pequeña sala de cámara (unas 220 localidades) de sobrio y elegante diseño y magnífica acústica, inaugurada en 2021 e integrada en la Ravinen Kulturhus, el centro cultural y artístico de Båstad. Curtida hasta el momento en terrenos operísticos, Sterby ha explorado en los inicios de su carrera un repertorio fundamentalmente lírico: la Condesa de Le nozze di Figaro, Fiordiligi de Così fan tutte, Micaëla de Carmen o las puccinianas Mimì (La bohème) o Magda (La rondine), si bien la amplitud de la voz y el propio temperamento de la cantante augura un tránsito no demasiado tardío hacia repertorios de mayor peso dramático y vocal. La primera parte del recital estuvo centrada exclusivamente en Schubert, con una selección de lieder que, una vez más, tenían en el mar y el elemento acuático el hilo conductor. En ellos la soprano desplegó con sentido y sensibilidad sus dotes dramáticas, convirtiendo cada canción en una pequeña escena de ópera y gestionando con talento los marcados contrastes narrativos y musicales de la secuencia, desde la fluida luminosidad de Auf dem See a la tormentosa intensidad de Die junge Nonne, para concluir el trayecto en la serena y recogida intimidad de Nacht und Träume. Tras la pausa, la soprano acometió una jugosa selección de canciones escandinavas firmadas por Grieg, Sibelius y Nystroem. Tal vez por la proximidad cultural, o quizá por el carácter más netamente poético de la mayoría de las piezas elegidas, Sterby pareció sentirse más cómoda que en los ejemplos schubertianos, desplegando un lirismo de altura que brilló especialmente en las tres maravillosas -y desconocidas para mí- miniaturas marinas de Nystroem, un artista (Nystroem fue pintor además de músico) para el cual el paisaje marítimo devino una constante en su universo creativo. En el piano, Matti Hirvonen se reveló un cómplice ideal de la cantante.

Y frente a la juventud de Qave y Sterby, la veteranía del incombustible Matthias Goerne, uno de los liederistas más carismáticos de la era post-Dieskau, muy presente en los ciclos de lied españoles y bien conocido y admirado por el público de nuestro país. Goerne ha perdido bastante peso desde la última vez que pude escucharle en vivo, pero su voz sigue conservando esas cualidades que lo hacen inmediatamente reconocible para cualquier amante del repertorio lírico centroeuropeo: timbre oscuro y aterciopelado, voz cálida y envolvente, de centro especialmente rico, un magnífico legato y unos pianissimi de libro. También una cierta tendencia a adelgazar la voz a medida que se adentra en el registro agudo y ciertos excesos expresivos (lo que algunos llamarían sobreactuación, algo que también se le reprochó con frecuencia a Dieskau, sobre todo en sus desempeños operísticos). Todo ello quedó reflejado en el recital que ofreció el 5 de agosto en el Birgit Nilsson Hall, con Alexander Schmalcz al piano, en un programa de lieder de Schubert y Brahms. Fue una partida de ajedrez musical que acabó en tablas, con canciones que de nuevo nos trasladaron al elemento acuático y en las que Goerne desplegó una vez más un magisterio que el propio barítono refrendó de forma literal al día siguiente en la masterclass que impartió en la Ravinen Kulturhus, dentro del curso que el BNF integra de forma natural en la programación.
El mar, omnipresente en esta edición del Birgit Nilsson Festival, nos devuelve al comienzo. También El último sello termina regresando a aquella playa pedregosa en la península de Bjäre en la que el caballero Antonius Block retó a la Muerte a una partida de ajedrez. Y contiene una imagen aún más impactante, uno de esos planos que se quedan clavados para siempre en la retina del espectador: recortadas contra el horizonte, las siluetas de los personajes principales avanzan tomadas de la mano en una última danza mientras la Muerte se los lleva consigo. Ese mismo mar sigue batiendo hoy aquellas playas, y a pocos kilómetros de ellas descansa quien tal vez fue la mejor intérprete de la Muerte de Amor de la que ha habido noticia. Ella se fue hace más de veinte años, pero su voz se resiste a seguir aquella danza. Cada verano, durante una semana, vuelve a cobrar vida en Båstad.
Juan Lucas


