BARCELONA / Un ‘Orfeo’ de Biondi entre elegante e histriónico

Barcelona. Palau de la Música. 18-II-2022. Monteverdi, L’Orfeo. Ian Bostridge, Monica Piccinini, Marina de Liso, Ugo Guagliardo, Roberta Invernizzi, Fabrizio Beggi, Francesco Marsiglia, Filippo Mineccia, Valentino Buzza, Matheus Pompeu. Cor de Cambra del Palau de la Música. Europa Galante. Director y violín: Fabio Biondi.
Tras el éxito del Radamisto haendeliano con que se inauguró el nuevo ciclo de ópera en concierto del Palau de la Música Catalana, ahora nos remontamos a los orígenes del género con la favola in musica de Claudio Monteverdi en la lectura de Fabio Biondi, que fue más correcta que apasionada. Escuchar esta partitura cada cierto tiempo en directo nos ofrece la ocasión de reflexionar sobre su audacia y modernidad, así como la crítica de alguna parte del público a las óperas contemporáneas.
Al ponerse delante de una partitura como esta, cuyo pilar fundamentar está en el servicio al texto y a su expresividad, lo arcaico se vuelve moderno, y lo clásico del repertorio operístico se vacía de contenido en muchos casos. De ahí que algunas óperas contemporáneas tengan más en común con el primer Barroco que con el verismo o el belcanto por su esfuerzo en la expresividad textual, más que en un servilismo melódico.
Fabio Biondi marcó desde la sinfonía inicial el camino estético-sonoro por donde nos conduciría de la tierra al Hades, para acabar en el Olimpo, un viaje que tuvo más de elegancia que de atrevimiento musical, más de equilibrio que de contrastes violentos.
Su formación orquestal, Europa Galante, cumplió con corrección en todas sus secciones, si bien echamos de menos posibilidades tímbricas más variadas y la frescura y entusiasmo mediterráneo que ha caracterizado a otras propuestas musicales, e incluso una cierta pobreza de ideas contrastantes de instrumentos, no sabemos si por opción musical o por limitaciones económicas y logísticas. Hay que destacar el resultado de los diferentes acompañamientos de los recitativos por encima de las arias o coros.
Sorprendió, y no acertadamente, que en una versión concertante no se decidiera a hacerla claramente semiescenificada o estática totalmente, jugando a veces con movimientos mínimos en las dos plataformas laterales y, en otros casos, prescindiendo de dicha interacción, lo que hizo más irregular esta versión que, ya desde el arco del director, resultó bastante pesante en tempi y carácter, sin conseguir la supuesta solemnidad que suponemos que se pretendía. Hubiera sido de agradecer una mínima idea unitaria de dirección escénica, ya que la implicación de los solistas fue muy diversa, con un grado máximo en el estatismo del coro.
En cuanto a las voces solistas, de reconocida carrera en el repertorio barroco, hubo un gran abanico de calidades, desde el contratenor Filippo Mineccia y el tenor Valentino Buzza, cuyos instrumentos no encajaban en el equilibrio de la versión propuesta por un excesivo volumen, contrastando con un Matheus Pompeu que, en sus breves intervenciones como Pastore III y Eco de Orfeo, nos ofreció un bello instrumento ajustado a estilo.
Francesco Marsiglia encarnó un Apollo poco divino, y curiosamente su timbre no se destacó por un color baritonal (como se le atribuye en el programa, a pesar de que su currículum es absolutamente tenoril). Todo lo contrario que las voces de Ugo Guagliardo y Fabrizio Beggi, rotundos bajos, que supieron dar a sus Caronte y Plutone respectivos el discurso de estos personajes oscuros pero piadosos. En cuanto a las voces femeninas, las sopranos Roberta Invernizzi y Monica Piccinini se movieron dentro de una corrección en sus dobles papeles, destacando Marina de Liso tanto en su primera intervención de la Messagiera como en el solo Ecco l’altra palude en el rol de La Spreranza, por su dominio de la exigente técnica barroca como de la expresividad de la línea de canto.
La prestación del Coro de Cámara del Palau de la Música fue tan profesional como fría, con un sonido equilibrado y empastado, si bien hubo pequeños errores de entradas que no sabemos si fueron frutos de despistes personales o de pocos ensayos conjuntos.
Ian Bostridge, de carrera larga, variada y cerca de los sesenta años, se ha enfrentado ya a este rol de Orfeo en diverses ocasiones e, incluso, en estudio de grabación, pero sin embargo, su versión del semidios lo acerca más al verismo que al primer Barroco. Por más que la ornamentaciones y recursos vocales de la época estén presentes, su escaso control físico-escénico repercutió en una falta de homogeneidad vocal. El paso de los años le ha otorgado un mayor volumen canoro, pero su uso en la interpretación que escuchamos en el Palau resultó en muchas ocasiones sin dirección, dejándose lleva más por una desesperación histriónica que por la idea monteverdiana que tanto repetiría a su libretista Alessandro Striggio del parlar cantando y de despertar los afectos.
El público premió al final de la velada operística con generosos aplausos a un nuevo acercamiento a los orígenes de un género que, después de cuatrocientos años, sigue vivo y contemporáneo.
Roberto Benito
(Foto: Antoni Bofill – Palau de la Música Catalana)


