BARCELONA / Sobre la excelencia, teatro

BARCELONA / Sobre la excelencia, teatro

Barcelona. Palau de la Música. Orchestre Révolutionnaire et Romantique. Director : John Eliot Gardiner. Beethoven, Sinfonías cuarta y quinta.

“Una esbelta doncella griega entre dos gigantes nórdicos” —es decir, la Tercera y la Quinta sinfonías—, así definía Schumann la Cuarta de Beethoven. Y es cierto que su música tiene un carácter jovial, alegre. Después de la revolucionaria Eroica parece que regresemos al mundo haydiano de la Primera y la Segunda. Y, efectivamente, como ellas tiene una introducción lenta —la más larga que Beethoven haya escrito—, pero Gardiner supo poner de relieve lo que de ligeramente sombrío, misterioso, tiene esa introducción, para conducirla cuidadosamente hacia el estallido del Allegro vivace. Ese mismo cuidado puso en el hermosísimo Adagio, en cuya exposición logró un aire íntimo y sereno. La rítmica figura que introducen los segundos violines —la Paukenfigure o ‘figura de timbales’— fue mantenida y variada sosegadamente o decididamente. A destacar la interpretación del timbal, especialmente cuando toca en solo esa misma figura. La habitual energía y elección de tempos rápidos que caracterizan las versiones de Gardiner hicieron vibrar a la orquesta en los dos movimientos finales. Fue en suma una versión de la Cuarta que, sin desdeñar la mirada hacia Haydn, puso de relieve con más resolución los aspectos innovadores de una sinfonía que en modo alguno puede ser calificada de menor.

Después de la probablemente menos interpretada de las sinfonías de Beethoven, la sin duda más interpretada: la Quinta, sin más, es la Quinta sinfonía en Do menor de Ludwig van Beethoven. Digamos ya que la asombrosa interpretación que Gardiner dirigió a la orquesta, especialmente révolutionnaire en este caso, hace difícil el análisis crítico. Fue una versión al mismo tiempo compacta y transparente y, desde el ominoso Do menor del inicio hasta el jupiterino Do mayor con que culmina, fue conducida por Gardiner de una forma poderosa y especialmente lúcida. Las cuerdas —impresionantes violas y violonchelos en el segundo movimiento, contrabajos en el tercero—, las maderas —oboe y fagot en el primer movimiento, en el centro del segundo—, los metales —las trompas segurísimas esta vez en el trío del tercer movimiento, deslumbrantes los trombones, que por primera vez se utilizan en la historia de la sinfonía, y las trompetas en el jubiloso Finale—. Jubiloso, mucho más de lo que pueda imaginarse.

Uno diría que Gardiner comparte la interpretación ‘política’ de la Quinta que propone Swafford en su importante biografía de Beethoven: él se familiariza, gracias a los músicos franceses o extranjeros afincados en París y a los soldados napoleónicos, con himnos revolucionarios cuyas melodías se fijan en la mente de Beethoven y las utiliza. Un ejemplo de cómo transforma poderosamente unas células de ese carácter triunfal y construye con ellas partes de su sinfonía lo ve Gardiner en el último movimiento de la Quinta. Después de la explosión victoriosa del tutti reforzado por los trombones —que por primera vez se emplean en una sinfonía—, algo que todavía hoy nos parece brillantísimo y que tuvo que parecer colosal a los contemporáneos de Beethoven, aparece sobre el trémolo de violines segundos y violas una potente llamada de las trompas que enuncian un canto triunfal.

Gardiner imprimió a todo esto, que en manos menos sabias podría resultar grandilocuente, una belleza, una emoción y una fuerza inigualables. Y reforzó la interpretación con un insólito coup de théâtre: si bien los violines y violas habían tocado de pie, con la primera nota de este glorioso Allegro, toda la orquesta se puso en pie como un resorte y en momentos de su transcurso la marcha no solo sonó magnífica en los instrumentos, sino que fue cantada, tarareada por los músicos. Con otra dirección y otros intérpretes, tal decisión hubiera podido estar al filo del error, con la Orchestre Révoloutionnaire et Romantique, entusiasta y sapientísimamente dirigida por John Eliot Gardiner, nos sentimos embargados por una auténtica experiencia y emoción, la del triunfo sobre la adversidad.