BARCELONA / Silva de bellezas haendelianas

BARCELONA / Silva de bellezas haendelianas

Barcelona. L’Auditori. 18-II-21. Emoke Baráth, soprano. Les Musiciens du Louvre. Director : Francesco Corti. Obras de Haendel.

La joven soprano húngara Emoke Baráth, que ha irrumpido con gran fuerza entre las más apreciadas especialistas en el repertorio barroco, ofreció en L’Auditori una selección de arias y recitados de obras sacras haendelianas, de esas que realmente se programan muy poco, y que llevaba por título Silva. Baráth está dotada de una voz muy bella, uniforme en todos los registros, con facilidad para los agudos, adornos y coloraturas brillantes, pero también para los momentos en que son la profundidad y la exquisita sensibilidad lo que triunfa.

Esas cualidades las desplegó la artista en una breve y cuidada selección del oratorio Theodora (de 1749), en cuya obertura ya evidenciaron elegancia, pureza y virtuosismo Les Musiciens du Louvre, excelentemente dirigidos por Francesco Corti. Si hubiera que elegir, nos quedaríamos con la interpretación de la soprano en el aria With darkness deep, donde el melancólico lirismo –que recuerda tanto la doliente aria final Thy hand, Belinda de Dido y Eneas de Purcell– fue expresiva y sobriamente conseguido por Baráth.

Dentro del segundo bloque, en la cantata Silete venti (1724) tanto la solista como el maestro al clave acertaron con una manera jovial, brillante y virtuosa de verter tanto la parte instrumental –es admirable la técnica y sabiduría estilística de Les Musiciens– como la vocal de la obra. Conjuntamente brillaron en la sinfonía y recitativo Silete venti con que empieza la obra y todavía más en la explosión sonora del Alleluja, en la que la soprano derrochó una técnica y una agilidad impresionantes.

Francesco Corti dirigió la primera y tercera obras desde el clave, como es uso en el Barroco, pero fue verdadero solista en el Concierto para órgano nº 4 en Fa mayor (1735), concebido como un descanso entre los esfuerzos vocales. Corti ofreció una versión clara, primorosa, apoyada sobre una orquesta atenta al diálogo con el solista, como pudo verse especialmente en el Adagio, en el que una larga frase del órgano, punteada por la tiorba del sevillano Miguel Rincón, condujo magistralmente al tutti orquestal.