BARCELONA / Reparto alternativo de ‘Falstaff’ de rendimiento mayúsculo con un portentoso Ambrogio Maestri.

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 10-VII-2026. Ambrogio Maestri, Lucas Meachem, Roberta Mantegna, Maria Miró, Laura Vilà, Marianna Pizzolato, César Cortés, Josep Fadó, Pablo García-López, Alessio Cacciamani. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección escénica: Laurent Pelly. Dirección musical: Josep Pons. Verdi: Falstaff.
La despedida de Josep Pons de la dirección titular musical del Liceu tras catorce años de excelente gestión al frente de la orquesta ha ido de la mano de la reposición de la última ópera de Verdi, Falstaff (1893), con la que se quitó la espina del fracaso de su ópera buffa de título casi premonitorio Un giorno di regno (1840).
Con Falstaff su creador dio una nueva y exitosa vuelta de tuerca a la ópera, ya que supera las distinciones entre serio y buffo al proponer una auténtica comedia musical, que el nuevo arte que estaba a punto de nacer, el cine, popularizaría con la incorporación del sonido a partir de 1927. De hecho, la partitura es un engranaje que demanda una conjunción absoluta a orquesta, cantantes, coro y escena, pues el ritmo es no ya ágil, sino endiablado. Verdi incluso se autocita, pues hay breves referencias a Don Carlo, Un ballo in maschera y Rigoletto entre otras, unos socarrones guiños de quien tiene una concepción dinámica de su trayectoria musical.
En la segunda función oficial y primera del reparto alternativo, desde el foso Pons ahondó en una lectura muy controlada, que daba espacio y cuerpo a los mil detalles instrumentales, unidos a la palabra cantada, con la levedad y gracia que Sir John Falstaff aún cree que conserva de su juventud como paje al servicio del duque de Norfolk. Sutil, ligero y brillante fue el pulso imprimido por Pons a la orquesta, que sonó cálida, juguetona y felizmente a la par con la cuidada dirección de actores de la propuesta escénica de Laurent Pelly y que el repositor en el Liceu, Benoît De Leersnyder, potenció con un reparto de mayúsculo rendimiento, un desafío del que todos salieron vencedores, coro incluido, especialmente este último en la mascarada del tercer acto, convertidos en blanquecinos seres sobrenaturales y cuyas sombras, que se acercaban y delimitaban el espacio de los personajes, recordaban al bosque que se mueve de la batalla final del cuarto acto de Macbeth, la otra obra de origen shakesperiano de Verdi.

Dado que Javier Pérez Senz ya ha comentando amplia y detalladamente la producción (ver crítica) en la función del primer reparto, haremos aquí más hincapié en la vocalidad del segundo. Habiendo visto también el primero, la expectativa era muy alta dado el partido que el barítono Ambrogio Maestri saca a los roles buffos que ha cantado, y Falstaff no iba a ser menos, pues su carrera comenzó en 2001 precisamente con este título en la Scala y con Riccardo Muti, nada menos. Lo irrefutable es que podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que Maestri es Falstaff. Si Salsi acometió con brillantez todo el “come scritto” gracias a su plenitud vocal, Maestri se aplicó en expresar magistralmente todos los matices interpretativos que atesora el pancione. Aunque dio bien la nota aguda en el monólogo de “L´onore” de la primera escena del primer acto, con seguridad en su apoyo y mantenimiento, su mejor trabajo fue agotar todas las posibilidades que su voz le permitía en canto, fraseo y expresividad facial, metiéndonos en la obra a los pocos segundos del inicio. Maestri se divierte en escena y nos divierte sin aplicar sal gruesa, humanizando el personaje y logrando que empaticemos con él en sus diversas facetas, especialmente en el comienzo del tercer acto, cuando se lamenta en “Mondo ladro” de haber acabado lanzado al Támesis dentro de un arcón de ropa sucia.
Ante tal artista podría pensarse que él acaparó los focos, pero afortunadamente no fue así. El resto del reparto rindió con creces, destacando por su brillante nivel general el elenco femenino hasta llegar todos a la apoteosis en la fuga del “Tutto nel mondo è burla”.

La Alice Ford de la soprano palermitana Roberta Mantegna fue espléndida por dicción, juego teatral y cuerpo vocal, pues la colocación de la voz y perfecta técnica le permitían ese brillo en todas sus intervenciones, sin problemas de proyección y con una vis cómica y digna a la vez. Muy familiarizada con el rol cantado en otros teatros, Mantegna lideró la intriga impulsada por las comadres y dio una soberbia lección a su celoso marido Ford, abordado con autoridad por el barítono Lucas Meachem sobre todo en “È sogno? O realtà?” con una insultante brillantez en los extremos de su rango vocal aparte de aportar volumen y variedad a su fraseo como Ford y su alter ego, el señor Fontana. Muy teatral sin caer en la sobreactuación, lo que ya es mucho, el Doctor Cajus del tenor Josep Fadó, que aportó además una certera proyección a su parte.
La Quickly de la mezzosoprano Marianna Pizzolato fue algo más apagada en volumen y graves, sobre todo en los famosos “Reverenza” de su primera entrevista con Falstaff, aunque supo estar a la altura escénica del resto de féminas. En cambio, la Meg de la mezzosoprano catalana Laura Vilà resaltó muy acertadamente la proyección de unos medios densos y sombríos en centro y grave en sus intervenciones, exhibiendo además esa punta para hacerse oír respecto a las otras.

La soprano barcelonesa Maria Miró regresó al Liceu por la puerta grande gracias a una Nanetta corpórea, ágil, capaz de mantener sin esfuerzo las notas tenute de sus cantilenas con su amado Fenton o como reina de las hadas en “Ninfe! Elfi! Silfi!” y la posterior “Sul fil d´un soffio etesio” luciendo un centro-agudo luminoso de joven enamorada que fluyó con naturalidad. Encontró además un perfecto, lírico y homogéneo enamorado en el tenor colombiano César Cortés, cuyo Fenton aportó cuerpo, lirismo y unos buenos reguladores a su aria “Dal labbro il canto estasiato vola”.
La ambientación en unos contemporáneos bajos fondos londinenses hizo del Pistola del bajo romano Alessio Cacciamani y del Bardolfo del tenor lírico cordobés Pablo García López, con importante trayectoria en Mozart y el repertorio barroco, unos truhanes sin mucha suerte en sus pillerías. Ambos resaltaron esa extraordinaria comicidad a favor o en contra de Falstaff gracias a unos instrumentos sonoros y cálidos.

Ambrogio Maestri y Roberta Mantegna impulsaron un reparto alternativo sin fisuras, contagiados todos de los aciertos de una soberbia dirección de actores, de lo mejor visto por aquí a Laurent Pelly, que hizo brillar aún más esa orfebrería fina en lo musical y lo actoral que es Falstaff. Ojalá muchos registas remaran a favor de las óperas que dirigen. Este inolvidable Falstaff marca con acierto el camino.
Josep Subirá
Foto: A. Bofill


