BARCELONA / Prokofiev entre maestros

BARCELONA / Prokofiev entre maestros

Barcelona. L’Auditori. 16-XI-2019.  Boris Belkin, violín. Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC). Director: Vladimir Ashkenazy. Obras de Prokofiev, Ravel y Debussy.

El debut en la temporada de la OBC de Vladimir Ashkenazy desató el entusiasmo del público. No podía ser de otra manera. De hecho, en la sala Pau Casals se palpaba la emoción de ver en acción, al frente de la formación barcelonesa, al legendario pianista y director ruso, un artista carismático y especialmente querido por varias generaciones de melómanos que han crecido disfrutando sus grandes grabaciones. La primera parte, consagrada a Sergei Prokofiev, se abrió con la primera audición en el historial de la orquesta de una obra deliciosa, los Valses Pushkin op. 120, un encargo del Comité de la Radio de Moscú para festejar en 1949 el 150º aniversario del nacimiento de Alexander Pushkin. Ejemplo de la capacidad acomodaticia de Prokofiev a los dictados del realismo soviético, esta música sencilla y pegadiza, capaz de agradar al público, tan lejos del impulso más radical y atrevido de quien fuera enfant terrible de la música rusa, sonó ligera y volátil en manos de Askhenazy.

En la interpretación del Concierto para violín nº 2 op. 63 triunfó la expresividad de Boris Belkin y su dominio del estilo. Amigo y habitual colaborador de Ashkenazy, se mostró en buena forma y, de hecho, los recursos expresivos de estos dos veteranos y grandes músicos —Belkin tiene 71 años y Ashkenazy, 82—aseguraron el éxito de una lectura solo empañada por los desajustes en la orquesta. Cualquier orquesta profesional de Londres saca adelante un concierto de repertorio con ensayos mínimos; no es el caso de la OBC, que precisa más tiempo de trabajo para lograr el equilibrio y la precisión deseables.

La respuesta del conjunto barcelonés mejoró notablemente en la segunda parte, corta pero intensa, consagrada a dos magistrales partituras de Maurice Ravel y Claude Debussy. En la Pavana para una infanta difunta, Ashkenazy perfiló la belleza sonora con serenidad y naturalidad, sin ese exceso de sofisticación con el que algunos directores acaban distorsionando la elegancia natural del Ravel más intimista. Muy inquieto, con una técnica poco ortodoxa y mucha vitalidad, el octogenario músico primó la energía rítmica y los contrastes en una interpretación de La mer que en el juego de colores y texturas sonó gloriosamente. Quedó claro que, en los ensayos, Debussy se llevó la parte del león, con la entrega disciplinada de una orquesta que disfruta de lo lindo cada vez que tiene delante a directores con carisma.