BARCELONA / Micro óperas: Soberbias muestras de talento y conexión con el público

Barcelona. Òh!pera. Micro óperas de nueva creación – Fabra i Coats: Fàbrica de Creació y Espai Bota. 02-VII-2026. Colom: La vida por los cuernos. Puig Serna: Jo, núvol. Brichs: Opereta.
Cualquier edición del ciclo ‘Òh!pera–Microóperas de nueva creación’ supone siempre una sorpresa que atrae y genera adicción, pues permite vislumbrar hacia dónde se mueven los jóvenes talentos que demandan a gritos tener posibilidades de crear, expresarse y darse a conocer. En esta quinta edición, tercera incluida dentro de la programación del festival Grec, el proyecto, liderado por Àlex Ollé, supone siempre la fértil y necesaria colaboración entre el Gran Teatre del Liceu, el Disseny Hub y las escuelas de diseño, arte dramático… que se nutren de los estudiantes de canto de los ciclos superiores del Conservatorio del Liceu.
En esta ocasión las tres propuestas, albergadas en distintos espacios de la antigua fábrica textil, ahora reconvertida en espacios dedicados a la cultura popular, formación y creación artística, de la Fabra y Coats, en el barrio barcelonés de Sant Andreu del Palomar, con una duración aproximada de treinta minutos cada una, incidieron en la fusión entre ópera y flamenco, el diálogo de los nuevos lenguajes y la obra bien hecha y trascendente.
Esa fértil fusión entre la ópera, el flamenco y la danza española se impuso -y cómo – en La vida por los cuernos, compuesta por Anna Colom, con libreto de Pablo Macho Otero y dirección escénica de Alexandre Rodríguez Fons y musical de Exequiel Coria, con un orgánico compuesto por trompeta, fiscorno, guitarra, percusiones y voces. En una escena circular, con una pequeña tarima al fondo para los músicos, un coso taurino con virutas a modo de arena y el público en una especie de tendido, Anna Colom propuso una relectura del mito cretense de Teseo, Fedra e Hipólito y convierte al asesino del Minotauro en un ser ávido de más sacrificios de sangre y luego de sexo compensatorio, mientras que Hipólito es un ser libre que no desea la muerte de los astados y que solo mata por necesidad, nunca por placer. Fedra es una mujer que detesta su condición de mera reproductora de la especie, aunque su deseo por su hijastro Hipólito es evidente con frases de alto impacto erótico-taurino y de defensa de su libertad de amar. El Teseo del cantaor Pere Martínez, con buen deje flamenco y acertado empleo del quejío, ese lamento y desgarro típico del género, se hermanó bien con el baile y declamación del bailaor Rubén Heras, con un taconeo fuerte y muy bien coreografiado con los movimientos de Teseo y Fedra. La soprano lírica siria afincada en Barcelona Aseel Massoud emocionó por el magnetismo de su presencia escénica, por la contundencia de su fraseo y por la potencia de su voz, de buen centro y poderosa subida al agudo, hermanándose en una buena cantilena en una escena con Teseo, que casi podría tildarse de belcantista. El flamenco y el canto lírico se fusionaron idealmente con la potencia y aderezo del baile, que removía conflictos telúricos y eternos, desde la reivindicación de la vida, el amor y la libertad. Los coros, las palmas y los demás instrumentos metieron a todos en la trama, potente en su concepción dramática, musical y escénica. Muy buena faena y ovación merecidísima a músicos, trío protagonista y equipo escénico.

Tras los ecos de la mitología griega, llegamos a un futuro ansioso y enfermizo mediante la segunda obra, Jo, núvol (Yo, nube), compuesta por Sergi Puig Serna, libreto de Alicia Kopf y dirección escénica de Lucía del Greco y musical de Miquel Massana. Jo, núvol nos mete de lleno en un lenguaje musical contemporáneo, mediante diversas percusiones, el saxofón, el violoncello y el piano, que se hermanan con una pantalla que sugiere tanto la soledad, los comandos de programación informática y las inquietantes posibilidades de la inteligencia artificial a la que recurre Eco, la soprano Montserrat Boixadera, para que una empresa le edite su memoria para borrar el recuerdo de Adrien, el barítono Pau Camero, un nómada digital que le causó un gran dolor emocional en su fugaz idilio. Con dos pantallas laterales, a modo de sobretitulado y enfatizado de los comandos para parar, rebobinar y editar esos recuerdos, la coreografía de los robotizados asistentes de la empresa distrajo mucho la atención, pues el recurso a un declamado con una arbitraria exposición de los extremos del rango vocal de soprano y barítono, por reiterado y conocido, lastró el interés por el sufrimiento de ambos. El buen desempeño vocal de soprano y barítono quedó algo desdibujado ante tantos estímulos sensoriales, pues entre los movimientos de los figurantes, las imágenes de la pantalla trasera y las laterales, el fondo musical de frases minimalistas, breves e inquietantes de la instrumentación de Puig Serna quedó un poco en segundo plano.
Si la primera microópera nos llevó al pasado y la segunda al futuro, la tercera, Opereta, compuesta por Arnau Brichs y con libreto de Pol Guasch, nos metió nada más entrar en el recinto que la acogía en la angustia del presente a causa de un accidente de tráfico.
El personal de primeros auxilios y muchos policías gritaban para que el público subiera a las gradas a toda prisa y despejara así la zona para poder auxiliar a un vehículo que se había estampado contra una columna. Unos bomberos que atizaron la carrocería del coche accidentado con unos sonidos que recordaban someramente al yunque de los gitanos de Il Trovatore para liberar el cuerpo del interior, pasaron luego disciplinadamente a sus puestos en la orquesta situada a la derecha del recinto y el jefe de policía que daba órdenes a diestro y siniestro ocupó luego el atril y del fondo del escenario, con ventanales y una puerta que daban paso a un patio exterior, llegó una ambulancia medicalizada de la que salieron dos sanitarios, la soprano Larraitz Navas y el tenor Héctor Ruiz. Performance en estado puro y ruptura total de cuartas paredes para sacar, entre discusiones sobre su quehacer médico, en camilla a un monigote… al que intentan reanimar dentro de la ambulancia. La dirección escénica de todo el montaje, a cargo de Marc Salicrú, sobresaliente pues el público estuvo entre alucinado y expectante por cómo se desarrollaba ese tan impactante caos.
Cuando los sanitarios y el monigote en la camilla quedan en segundo plano, intentando salvar al sujeto, del coche, que recordaba mucho al de los contrabandistas del tercer acto del montaje siempre recordado de Carmen a cargo de Calixto Bieito, surge el barítono Arnau Segura a modo de conciencia del sujeto que se debate entre la vida y la muerte. Hacía tiempo que no veía un papel tan goloso para cualquier intérprete y la verdad es que el barítono se lució por su implicación actoral, pues ese hombre corriente hizo un acertado repaso a una vida gris, aburrida y monótona, tomando conciencia de que había perdido no solo un cierto bienestar material sino lo que valía verdaderamente la pena. Con algunas frases de ésas que llevan a reflexionar y la posterior presencia de la divinidad, en doblete de la soprano Larraitz Navas, se entró en un dúo dialéctico de vocalidad romántica, perfectamente tonal, que mostraba el conflicto de una vida que no lo parecía, la voluntad de trascendencia y la oportunidad que se podía volver a tener si esa conciencia volvía a encarnarse en el sujeto… que luego revive. La soprano, el barítono y el tenor mostraron voces sanas, pletóricas y expresivas para mostrar la vivacidad de ese instante entre dos dimensiones, en un ejercicio de inspirado y accesible teatro musical, cuyo título, Opereta, adquiría pleno sentido al final, pues hubo un sutil humor, muy bien expresado por los tres, en medio de tanto drama. La música de Brichs, con brillantez en percusiones, piano y teclados recordaba tanto al musical norteamericano, a Verdi como a Offenbach y la dirección musical de Marcel Ortega Martí ayudaron al éxito, pues desde el impactante inicio se llegó a un hilarante final con la ambulancia abandonando el recinto para luego regresar en modo apoteosis.
La organización del pase de las tres piezas presentó un singular acierto en la gradación de la experiencia musical. Aunque el futuro es siempre abierto, tanto La vida por los cuernos, de Anna Colom, como Opereta, de Arnau Brichs, merecen especialmente ser programadas en cualquier festival al aire libre o en temporada de teatros con vocación experimental y/o ambición de abrir la ópera a nuevos públicos. Las microóperas, algunas más y otras menos, son unos soberbios ejemplos de creatividad de nuestros jóvenes en todos los oficios escénicos vinculados al arte total que es la ópera y supieron conectar con el público, que es una clave para su pervivencia.
Josep Subirá


