BARCELONA/ Michael Spyres y Marina Monzó deslumbran en el reparto alternativo de ‘L’Elisir d’amore’

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 24-XI-2025. Michael Spyres, Marina Monzó, Carles Pachon, Fabio Capitanucci, Núria Vilà. Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dirección escénica: Mario Gas. Dirección musical: Diego Matheuz. Donizetti: L’elisir d’amore.
Siendo L’elisir d’amore la ópera de la temporada 2025-26 del Liceu destinada a “hacer caja” con 15 funciones y tres repartos que permiten múltiples combinaciones según se quiera escuchar a diversos tenores, barítonos o sopranos, mucho interés tenía la segunda función por la presencia estelar del Nemorino del tenor Michael Spyres, que dio al segundo reparto carácter de alternativo al primero, ya reseñado por este medio.
Tras la indisposición en la primera función del mexicano Javier Camarena, sustituido por un insulso Filipe Manu, el tenor estadounidense, que maravilló en Bayreuth este pasado verano con el Walther de Los maestros cantores de Núremberg y que en el Liceu bordó roles como Don José (temporada 2023-24) o Mitridate (2020-21) o Fernand en La favorite (2017-18), demostró que cuando hay una primera figura en un título belcantista, si en el foso no predomina la excelencia se produce un seguidismo de la batuta en los acompañamientos, más desde el dominio que desde la negociación. Eso sucedió ya desde el primer dúo entre Nemorino y Adina y se pudo disfrutar por tanto de una voz más corpórea que la asociada comúnmente joven enamorado, ya que desde su inicial dedicación a roles de baritenor del repertorio rossiniano serio y donizettiano, ha ido sabiamente abarcando roles más asociados al repertorio lírico-spinto como Don José o wagnerianos como el ya citado Walther.
El Nemorino de Spyres deslumbró por un fraseo claro, una dicción impecable, además de un legato de manual y una filológica facilidad para las variaciones, no solo en secciones rápidas como en “Esulti pur la barbara” sino también en la archifamosa “Una furtiva lagrima”, donde cantó una versión que incluía una variación escrita por el propio Donizetti. Incluso se permitió regalarnos al final del aria un espectacular y canónico ejemplo de smorzatura, atenuando el sonido para luego aumentarlo gradualmente, que puso a más de uno los pelos de punta ante la belleza y la emoción de ese canto tan áulico y belcantista. Spyres es además hombre de teatro y solo la profusión de caras y gestos ya revelaron su experiencia ante un rol que no tiene secretos para él.
Afortunadamente su amada Adina no se quedó atrás y estuvo a la altura del elevado listón marcado por el tenor. La soprano valenciana Marina Monzó, debutante en el Liceu, bordó la caracterización del personaje, con una correcta seguridad arriba, sin alardes excesivos en sobreagudos, pero luciendo una perfecta homogeneidad de la voz tanto arriba como en centro y en algunas notas graves, sonoras y plenas, lo que es a veces muy raro en sopranos lírico-ligeras. Monzó, gracias a una espléndida proyección de su voz que, sin ser muy grande, corrió bien por la sala, coloreó el canto con sumo gusto. Su emotivo fraseo pudo lucirse en los dúos con Nemorino y Dulcamara, así como en los números de conjunto, para explotar en el “Prendi, per me sei libero” y la sección final “Il mio rigor dimmentica” con una agilidad fácil, expresiva y sin artificios. Una excelente tarjeta de presentación que ojalá permita verla a menudo en el coliseo de las Ramblas.

El Belcore del barítono Carles Pachon mostró su familiaridad con el estilo bufo, componiendo un militar fanfarrón y risible, pero no apayasado. Aunque la emisión reveló algunos sonidos fijos en el extremo agudo en su cavatina “Come Paride vezzoso”, en las sucesivas intervenciones caldeó bien el instrumento bien y supo estar al nivel en su dúo con Spyres, gracias a una voz bien proyectada y apoyada, que le hacía destacar en los conjuntos sobre todo por la belleza de la línea canora.
El Dulcamara del también barítono Fabio Capitanucci quedó desdibujado por su falta de rotundidad y cuerpo en la zona grave, la que debería dominar cualquier basso cantante que aborde la parte para destacar en un rol bufo tan lucido. Jugó más con sus dotes actorales y con una dicción que oscurecía ciertas vocales, dándole un aire dialectal al fraseo del personaje. No estuvo en la línea de rotundos, magistrales y cómicos Dulcamaras, más que nada por construir el rol desde la actuación y no desde la vocalidad. La Gianetta de la soprano Núria Vilà evitó sonar como una más del coro al desmarcarse y lograr cierta individualidad, con una voz lírica con cuerpo y agudo suficiente. En su escena con las féminas del coro del inicio del segundo acto tuvo su mejor momento y demostró que es una voz que merece más espacio para dar más de sí.
El coro volvió a dar una lección de flexibilidad, empaque y presencia escénica, además de la vocal, si bien destacaron mucho más ellas que ellos, sobre todo porque la producción de Mario Gas realza sus posibilidades de lucimiento. Daniel Matheuz persistió en una dirección músical extremada, con tiempos a veces muy lentos y otros demasiado rápidos y con poco control del volumen para evitar tapar las voces. No respiró como es debido con los solistas y no realzó tampoco ciertos protagonismos instrumentales que habrían motivado que el foso se hubiera sumado a la fiesta vocal sobre el escenario.
Josep Subirá
(fotos: A. Bofill)


