BARCELONA / La elocuencia pianística de Elisabeth Leonskaya

BARCELONA / La elocuencia pianística de Elisabeth Leonskaya

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 28-I-20. Elisabeth Leonskaya, piano. Obras de Chopin, Schumann y Schubert.

Representante eximia de la gran tradición de músicos rusos que supieron convivir con las difíciles circunstancias de la época soviética –Richter, Gilels, Ositrakh- Elisabeth Leonskaya es una gran dama del piano cuya visita es siempre acogida con interés y entusiasmo. Esta vez proponía un programa de compositores y obras representantes de estilos diferentes dentro del pianismo romántico: Schubert, que lo representa con raíces en el clasicismo vienés, Schumann, prototipo del romanticismo alemán y, estrictamente coetáneo del anterior, el personalísimo romanticismo de Chopin. Un excelente programa.

En primer lugar tocó Chopin: las dos Polonesas, op. 26, el Nocturno en Mi bemol mayor, op. 55, nº 2 y la Fantasía-impropmtu en Do sostenido menor, op. 66. De  su interpretación cabe destacar cómo aborda Leonskaya el allegro appassionato de la primera polonesa, qué estudiado contraste entre el primer tema, precedido de cuatro compases en fortissimo de octavas, y el tono sombrío del segundo; o la exquisita combinación de ágil ritmo y limpia melodía en el Nocturno, magistralmente vertido como si se tratara de algo improvisado cuando, en realidad, es sutil y sabio.

La sonata para los románticos es un reto. Frente a los nocturnos, baladas, impromptus, fantasías, en fin todas esas formas “menores”  que no deben sujetarse a reglas, la sonata las impone, pero los compositores románticos se rinden a esta forma, la practican, si bien raramente. Una “falta de arquitectura” es lo que se le ha reprochado a la Sonata en Fa sostenido menor, op. 11, el primer encuentro de Schumann con la venerable forma. Solo una ejecución tan reflexiva y al mismo tiempo tan enérgica como la de Leonskaya hace justicia de la belleza desorganizada encerrada en sus cuatro movimientos. Leonskaya dosifica la fuerza con que ataca el inicial Allegro vivace junto con la pura manera de cantar el Aria que constituye el segundo movimiento.  Una majestuosa elocuencia caracteriza el pianismo de la gran intérprete rusa, una capacidad de enhebrar un personal discurso musical que es, casi en paradoja, su forma de hacer justicia de la obra.

Eso que hemos llamado elocuencia presidió la interpretación de la Sonata nº 18, en Sol mayor, D. 894 de Schubert. Como si le asustara rivalizar con Beethoven, Schubert huye del Allegro inicial canónico y se lanza a una sucesión de variaciones de personal lirismo. Leonskaya elige para desarrollar ese movimiento un tempo amplio que nos parece apropiadísimo para la indicación molto moderato  e cantabile, igual que imprime al siguiente movimiento, Andante, una especie de ingenuidad, como la de un “Lied”, que saca el máximo provecho de una pieza no demasiado conseguida. Todo lo contrario del estupendo rondó (Allegretto) que es el movimiento final, uno de esos finales schubertianos enérgicos. Leonskaya vertió vigorosamente su ritmo e imprimió un adecuado carácter casi festivo, casi de danza, al movimiento.

Rigor, profundidad, elocuencia son características, entre otras, que hacen de Elisabeth Leonskaya una gran artista, una gran maestra. En el concierto que reseñamos tuvimos una excelente muestra de ello. Y el público del Palau supo agradecerlo con entusiatas aplausos.