BARCELONA / Insólito recital de Sondra Radvanovsky en el Palau

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 21-IV-2026. Sondra Radvanovsky, soprano. Anthony Manoli, piano. Canciones y arias de Rachmaninov, Chaikovski, Bellini, Verdi, Tosti y Puccini.
El ciclo “Grandes voces” del Palau de la Música en una semana ha sido como subirse a una montaña rusa para el público asistente. Si el lunes 13 de abril se asistíó a un sublime recital del tenor Piotr Beczala, el martes 21 fue un recital muy insólito, con altibajos difíciles de imaginar viendo el programa: una selección de canciones de Rachmaninov, el aria de Lisa de La dama de Picas, de Chaikovski, ariette de Bellini, el aria “Casta diva” de Norma en la primera parte y unas cuantas canciones de Verdi, Tosti y Puccini con insertos operísticos de Il trovatore y Turandot. Dada la familiaridad de la soprano norteamericana con el programa escogido se esperaba un recital inolvidable. Lo fue, pero por motivos totalmente distintos.
Primero se anunció que la soprano estaba resfriada y se pidió por tanto la comprensión del público. Luego Sondra Radvanovsky apareció risueña y feliz comunicando que el recital estaría vinculado al amor como ella misma estaba sintiendo y nos hizo partícipes de que le habían pedido matrimonio. Todo el público se alegró por ello, pues así cerraba una mala época, con pérdidas de diversa índole. Radvanovsky ha dado a Barcelona noches gloriosas en títulos como Tosca, Norma, Poliuto, Andrea Chénier, Luisa Miller, Tosca de nuevo, Macbeth, concierto de reinas de Donizetti, recitales en solitario o con Beczala… desde 2012, con lo que ha consolidado una cálida relación musicoafectiva en el Liceu y ahora se presentaba en el Palau.
Tras ese ilusionado introito, comenzó a cantar “Ne poy, krasavitsa” (No cantes, o bella), de Rachmaninov y al poco se perdió y así hasta tres veces, repitiendo desde donde lo había dejado. Chocó un poco esa circunstancia junto a un pianista, Anthony Manoli, con el que lleva colaborando desde hace más de 20 años. Aunque le echó cierta sorna, al final terminó la pieza, cantada con un énfasis dramático muy escabroso. En esa y en las siguientes piezas se percibieron no solo un gran volumen sino también evidentes problemas de control y de vibrato. En el aria de La dama de Picas la emoción corrió a raudales, pero también la angustia ante una emisión muy tensa. Las posteriores canciones de Bellini “Malinconia, ninfa gentile”, “Almen se non poss´io”, “Il fervido desiderio”, “La ricordanza”, cuya melodía es casi igual al “A te, o cara” de I Puritani, además de “Per pietà, bell’idol mio” supusieron un breve oasis al mantener una buena línea, con algunos reguladores bien ejecutados y ese legato consustancial a Bellini y se percibía ese afán de remediar el desaguisado inicial. En “Casta diva” combinó un correcto control respiratorio y un centro-grave bien sostenido, aunque los problemas llegaron en la emisión en mezzoforte desde la zona media y aguda de la voz, siendo imposible disimular ese sonido metálico e hiriente. Eso hizo pensar a más de uno si no habría sido mejor haber empezado con Bellini y, con la voz más caldeada, abordar luego el más contrastado repertorio ruso.
Esos temidos altibajos volvieron a darse en la segunda parte, con el Verdi de “In solitaria stanza” que ya anuncia melodías del Trovatore, así como “Non t’accostare all’urna” y la más vivaz “Stornello”. El aria de Leonora del primer acto del Trovatore “Tacea la notte placida…Di tale amor” fue cantada sin esa línea emotiva que se sustenta en un canto sul fiato y en la cabaletta los staccati fueron muy irregulares.
Las canciones de Tosti, “Sogno”, “La serenata” y “Segreto” fueron más plácidas por la profusión de pianísimos y emisión suave. Luego de Puccini solo cantó “Storiella d’amore” con reminiscencias del acto III de La Bohème y “E l’uccellino” con bastantes muecas y gracejo y en vez del “In questa reggia” optó por “O mio babbino caro” de Gianni Schicchi. Y ahí volvió a perderse y lo achacó de nuevo al pianista en un juego humorístico que le llevó a cantar parte del resto del aria mirando la partitura sobre el piano, para acabar con una bien trabajada smorzatura. Fue el cierre a un recital involuntariamente grotesco. Como único bis, una canción italiana que siempre asociaba a su madre, “O del mio amato ben” de Stefano Donaudy, perteneciente al álbum Arie di stile antico, donde la cantilena volvió a emocionarla.
El recital demostró que el amor no todo lo vence y más si entran en juego la falta de salud y el desgaste vocal. Los aplausos finales fueron más de cortesía e indulgencia pues se agradeció más la trayectoria del pasado que la realidad del presente.
Josep Subirá
(fotos: Mario Wurzburger)


