BARCELONA / Impresionante Lise Davidsen en un ‘Requiem’ verdiano magistralmente dirigido por Nicola Luisotti

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 3-XI-2026. Lise Davidsen, Aigul Akhmetshina, Freddie De Tommaso, Christian Van Horn. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección: Nicola Luisotti. Verdi: Messa da Requiem.
Giuseppe Verdi transmite en la Messa da Requiem una espiritualidad sincera y expresiva, bañada por un lirismo y una intensidad dramática que emociona e impacta al público. Es un Verdi maduro y sabio, que el magnífico director italiano Nicola Luisotti dirigió con inspiración, seguridad y dominio absoluto en una velada que el Gran Teatre del Liceu dedicó con acierto a las víctimas del trágico accidente ferroviario de Urda.
Cuando Verdi dirigió en la iglesia de San Marcos de Milán el estreno mundial de esta obra —el 22 de mayo de 1874, en el primer aniversario de la muerte de su admirado Alessandro Manzoni—, el célebre director wagneriano Hans von Bülow lideró una mezquina campaña en contra del gran compositor italiano, tildando la nueva partitura de “ópera con atuendo eclesiástico”. Verdi no tuvo necesidad de responder al ataque, pues el mismísimo Johannes Brahms desacreditó las críticas de Bülow ensalzando públicamente los valores musicales del Requiem: “Bülow ha cometido un error garrafal, pues sólo un genio pudo crear esta obra”. Verdi, como todos los compositores que triunfaron de forma arrolladora en los teatros, tuvo que luchar contra no pocos prejuicios al transitar por caminos alejados del mundo de la ópera. “No sólo se les echaba en cara su escasa idoneidad para dirigirse a Dios como debe ser, sino también que mezclaran con el incienso una bocanada de perfumes profanos, e incluso un cierto hedor a azufre”, escribía el musicólogo Maurice Tassart.
¿El Requiem verdiano es una misa excesivamente operística? La mejor respuesta a esta recurrente cuestión está en una carta que la mujer de Verdi, Giuseppina Streponi, escribió a un amigo tras la gira internacional que siguió al estreno milanés, en la que el compositor dirigió la obra en París, Londres, Viena, Colonia y Berlín. “Mucho han hablado del espíritu más o menos religioso de esta música sacra, de que no se ajustó al estilo de Mozart o de Cherubini, etc. Yo digo que un hombre como Verdi debe componer como Verdi, es decir, de acuerdo con el modo en que sienta e interprete los textos. Y si las propias religiones tienen un principio, un desarrollo y ciertas transformaciones de acuerdo con los tiempos y los pueblos, es evidente que el espíritu religioso y las obras que lo reflejan deben exhibir el sello de su tiempo y de una personalidad individual”.
También en el Requiem, Verdi consigue ser absolutamente verdiano y la teatralidad de la obra no es sino la manifestación natural de un compositor que otorgó una nueva dimensión expresiva al teatro musical. Esa dimensión teatral refleja de forma conmovedora, como apunta Massimo Mila, “el drama realista y cruel de la muerte”. Y precisamente la teatralidad de la obra hizo que se cantara inmediatamente en la Scala de Milán, con los mismos solistas del estreno —Teresa Stolz, Maria Waldmann, Giuseppe Capponi y Ormondo Maini— bajo la dirección del compositor.
Siendo el Réquiem más operístico y teatral del repertorio, Luisotti, que es un magistral intérprete verdiano, ofreció una lectura de intenso dramatismo y contrastes potentes, pero también clara y refinada al subrayar los más refinados detalles orquestales y corales de una obra de impresionante inspiración melódica y profundidad expresiva. Con pulso firme, aseguró una tensión dramática de pálpito operístico, con especial cuidado en el acompañamiento de las voces solistas, y preciso en el control de la orquesta y de una masa coral que, tras su magnífica actuación en Aida, ha vuelto a lucir una rica y bien matizada paleta de colores y acentos moldeados por su director, Pablo Assante.
La sabiduria de Verdi en el tratamiento del coro y las voces solistas exige un punto irrenunciable de exaltación lírica que debe ir acompañada de un hábil control de las dinámicas. En este sentido, la respuesta de la orquesta del Liceu, con la excelente labor de su concertino, Kai Gleusten, fue muy brillante, con unas cuerdas y maderas de gran expresividad, unos metales brillantes y una poderosa percusión.
En su campaña publicitaria, el Liceu ha concedido protagonismo total a Lise Davidsen y, ciertamente, la presencia de la gran soprano noruega ha despertado la máxima expectación. Las dudas sobre su adecuación vocal para el repertorio italiano, y verdiano en particular, son un tema recurrente que, en mayor o menor grado, acompaña en su carrera a las grandes voces nórdicas que triunfan en Wagner y Strauss. Pues bien, Davidsen triunfó a lo grande, ofreciendo una actuación memorable. Comenzó con cierta tensión, pero rápidamente controló su potente y caudalosa voz con aplomo y seguridad técnica: la potencia de sus agudos se impuso en los clímax frente al fragor coral y orquestal; admirable también el control técnico para regular y afinar sus recursos en los momentos de recogimiento lírico. Los hermosos dúos con la mezzosoprano rusa Aigul Akhmetshina, tanto el Recordare como el Agnus Dei, fueron maravillosos. Y sus pianísimos, en un antólogico Libera me, causaron asombro.
La bella, cálida y homogénea voz de Akhmetshina fue otro acierto en un notable cuarteto de solistas, no siempre fácil de equilibrar por las diferencias en el volumen. El tenor británico-italiano Freddie De Tommaso lo apostó todo a la potencia de su registro agudo, descuidando los matices más delicados y la variedad expresiva; estuvo valiente en el Ingemisco, pero, al margen de una molesta y puntual flema, hubo más efectismo que finura expresiva en sus intervenciones. El bajo-barítono estadounidense Christian Van Horn, de voz bella y noble fraseo, completó con acierto y musicalidad el cuarteto de voces solistas. Tras el emocionante final del Requiem, la atmósfera de recogimiento fue cortada de forma abrupta por el ruidoso bravo de un espectador que se cargó él solito, con falta de educación y respeto por la música, los interpretes y el público, toda la magia del instante. Luisotti restauró al momento el silencio en la sala, pero el daño ya estaba hecho.
Javier Pérez Senz
(fotos: Sergi Panizo)


