BARCELONA/ El hacendoso y primer ‘Werther’ de Xabier Anduaga

Barcelona. Gran Teatre del Liceu. 04-V-2026. Xabier Anduaga, Kristina Stanek, Sofía Esparza, David Oller, Stefano Palatchi, Josep Fadó, Enric Martínez-Castignani, Cristòfol Romaguera, Marta Esteban. Coro Vivaldi. Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección escénica: Christof Loy. Dirección musical: Henrik Nánási. Massenet: Werther.
Werther (Viena, 1892 en alemán y Ginebra, 1892, en francés) siempre ha concitado gran interés al estar asociado a los grandes tenores líricos que lo han abordado desde el inicio de su trayectoria por todo el mundo. Desde el creador del rol, Ernest Van Dyck, pasando por Jean de Reszké, Giuseppe Anselmi, Georges Thill, Tito Schipa, Nicolai Gedda, Alfredo Kraus, Josep Carreras… y ya en el presente siglo Roberto Alagna, Jonas Kaufmann, Piotr Beczala, Benjamin Bernheim… entre otros. Sin olvidarnos que también hay versión de barítono, ad maiorem gloriam de Mattia Battistini en 1912, más recientemente cantada por Thomas Hampson o Ludovic Tézier.
Tildado como el “Tristán del repertorio francés”, el joven Werther no requiere los hercúleos esfuerzos de proyección y resistencia del héroe wagneriano, si no una sabia construcción desde los matices de las palabras y un cuidado prolijo del fraseo dada la complejidad anímica del personaje, atribulado, melancólico y totalmente entregado a su pasión por Charlotte y más si se tiene en cuenta su arquitectura compositiva, que refleja la familiaridad de Massenet con el universo wagneriano, desde su viaje a Bayreuth en 1886 y su primer Anillo visto en Bruselas en 1881, mucho más sutil que en el caso evidente de Esclarmonde (1889), a la vez que potencia ese melodismo tan personal y sensual. Por eso, si Werther no conmueve, sirve de poco que dé las notas en sus arias, de por sí nada complejas, pero bien expuestas. El desafío es mayúsculo para un joven treintañero como el tenor donostiarra Xabier Anduaga.
Tras haberlo escuchado hace quince días en un recital con la soprano Pretty Yende (ver crítica), uno sospechaba que salía solo a cumplir, pues se estaba preparando a conciencia para su particular final futbolística, no en vano es un gran aficionado a dicho deporte, que era el debut liceísta en Werther. Afortunadamente estaba en lo cierto y Anduaga ha hecho un concienzudo estudio de la partitura y ha aprovechado las lecciones del coach para mejorar su dicción gala, que ha sido uno de sus talones de Aquiles en muchos recitales, pues en óperas se ha presentado en títulos italianos. Ha cantado desde sus medios y sin sonar a Carreras, que es su reconocido y admirado referente, lo que ya es mucho. Ha labrado por tanto un hacendoso Werther, aprovechando sus cualidades canoras, con ese medio-agudo solar, bien integrado en un centro que aún ha de ganar cuerpo, aunque hubo algunas notas de paso algo forzadas y pasajes algo empujados. Evidentemente su Werther está muy tierno, pero tiene mimbres para adueñarse de él y convertirlo en su ariete de entrada en el repertorio lírico francés (Roméo, Faust, Nadir, Des Grieux, Hoffmann, sin citar otros ligados a óperas infrecuentes que dudo que aborde). Ese ardor juvenil demostrado ha de ir de la mano de mejoras notorias en su fraseo, pues su capacidad emotiva, si quiere perseverar en este rol, mejorará cuando la saque de su interior o la recree para resultar más verosímil.
También debutaba en el Liceu, y como Charlotte, la mezzosoprano alemana Kristina Stanek. Aunque por volumen y color, dado su mórbido centro y fácil subida a la zona aguda, podía ofrecer un excelente rendimiento sobre todo en los dos últimos actos, su prestación fue insuficiente por una dicción sombría, poco entendible y sin entrar en los matices del fraseo del personaje. Se explicaba más por el movimiento escénico que por sus frías cualidades vocales, incluso en su aria de las cartas o en sus escenas con el tenor de los actos segundo y cuarto, donde ha de poner el alma mientras agoniza su amado.
Todo lo contrario que la soprano navarra Sofía Esparza, que deslumbró en frescura, luminosidad en el registro agudo y aprovechó sus intervenciones para componer un retrato menos infantil y aguafiestas de Sophie, la hermana pequeña de Charlotte. Su presentación escénica le dio un aire nuevo, casi como rival de su hermana mayor. Aunque a veces parecía preferir a Werther, en otras su objetivo parecía ser su cuñado Albert, en un giro de guion fruto de la visión psicológica surgida de la mente del director de escena alemán.
El Albert del barítono David Oller fue bastante gris a nivel vocal, pues no tenía en voz ese punto de cálculo y frialdad del personaje, y fue convertido en casi un émulo de Otello en la transición del tercer al cuarto acto, mientras lee las cartas y casi pega a su mujer, a la vez que se mantiene mirando desdeñosamente el dúo final entre Charlotte y Werther, en un intento de Christof Loy de alargar su presencia en escena sin añadir nada interesante. Fue en esa transición donde el director de escena dejó su muy discutible impronta, la tentación egoica que pocos de su gremio son capaces de contener.
La pareja histriónica de Johann y Schmidt, a cargo del barítono Enric Martínez-Castignani, que ya estuvo presente en el estreno de esta producción en la Scala de Milán, y el tenor Josep Fadó, dio el esperado contrapunto licencioso al moralismo burgués del alcalde del bajo Stefano Palatchi, que demostró sus espléndidas tablas en proyección y actuación, no en vano celebraba sus 40 años de carrera en el Liceu. La Kätchen de la soprano Marta Esteban y el Bruhlmann del barítono Cristòfol Romaguera tuvieron más papel como figurantes que como cantantes, con una sola frase. Muy afinados los niños y niñas del coro Vivaldi como prole del alcalde, lo que dice mucho y bien de su directora, Pilar Paredes.
El húngaro Henrik Nánási, que ya había dirigido algunas funciones de Tosca en el controvertido montaje de Rafael L. Villalobos de la temporada 2022-23, mostró una lectura bastante decibélica al principio de la función, con unos contrastes bastante arbitrarios y con caídas en la tensión dramática. A pesar de la aplicación de familias como las maderas y los metales, así como instrumentos exóticos como la máquina de viento y el órgano, le faltó una cierta coherencia global para logar un sonido envolvente, emocionante y exigente con la instrumentación massenetiana, de por sí muy seductora.
Escénicamente Christof Loy, del que ya hemos visto montajes de Macbeth, Eugenio Onegin y Rusalka, persiste en esas producciones con un primer plano y un punto de escape que en esta ocasión eran unas puertas de cristalera con un fondo para ambientar la Navidad, la celebración del pastor… y un primer plano donde evolucionan los solistas que, por una vez, estuvieron casi en la boca del escenario, visibles para todo el público, estuvieran más centrados o más lateralizados en la herradura de la sala a la italiana. Loy incide en la detallada lectura psicológica, que ilustra los móviles internos de los personajes y por tanto ayudó mucho a Anduaga para sacar lo mejor de sí. Cuando hay un director de escena cuidadoso, en este caso la repositora, Silvia Aurea De Stefano, y que sabe transmitir lo que quiere, independientemente del resultado conseguido, los cantantes saben a qué atenerse. La trama se seguía muy bien salvo detalles como la ya comentada transición del tercer al cuarto acto o la entrega de la maleta con las pistolas.
Bellísimo el vestuario años 50 del siglo pasado diseñado por Robby Duiverman. Hacía tiempo no se veía una elegancia textil común a todos los personajes, niños incluidos. Visualmente atractiva la escena, aunque final controvertido con abrigos tirados por el suelo, mesas volcadas y personajes ya desatados en marcos inhabituales. Con todo, la noche alumbró un Werther que deparará muy buenos momentos. Anduaga ha puesto una buena semilla que esperemos germine frondosamente en el futuro.
Josep Subirá
(fotos: Sergi Panizo)


