BARCELONA / El Beethoven de Savall: rigor y delectación

BARCELONA / El Beethoven de Savall: rigor y delectación

Barcelona. L’Auditori. 7-X-2021. Beethoven, Sinfonías nº 6 y 7º. Le Concert des Nations. Director: Jordi Savall.

El proyecto Beethoven 250 emprendido por Jordi Savall y Le Concert des Nations con el fin de dar su lectura de las sinfonías de Beethoven continua en esta temporada del Auditori con su versión de las Sinfonías Sexta y Séptima.  Tratándose de estos intérpretes, la base material y conceptual de las versiones no podía ser otra que la de ‘recuperar’ el sonido y la orquestación original, tal como Savall piensa que los imaginó Beethoven. Para empezar, el riguroso musicólogo que es Savall ha realizado un estudio crítico de las fuentes, manuscritas e impresas. La orquesta, naturalmente, toca con instrumentos originales o réplicas de los de la época de Beethoven y también el número de músicos (55) es aproximadamente aquel del que disponía el compositor, al menos idealmente. El trabajo de investigación e interpretación se propone, afirma Savall, “proyectar a nuestro siglo XXI toda la riqueza y toda la belleza de estas sinfonías —muy conocidas y demasiado a menudo presentadas de manera sobredimensionada y sobrecargada—.

Muy en consonancia con su rigurosa formación como musicólogo y músico —práctico y teórico— lo que Savall parece primar es el trabajo con la orquesta, la consecución de transparencia, el contraste entre los grupos orquestales que dialogan —magnífico trabajo el del concertino, Jakob Lehman—. La cuerda es absolutamente segura y empastada y a veces su primacía es discutida por las intervenciones brillantes y coloristas de los vientos. La percusión, seca —baquetas de madera sobre el parche ajustado manualmente— contribuye eficazmente a la búsqueda del sonido original.

El podio, en cambio, no es lo fuerte de Savall. Su cansina manera de llevar el ritmo en todo momento, casi obsesivamente, la escasa importancia concedida al vuelo melódico, la aparente poca empatía con los aspectos románticos y, por qué no, sentimentales —“más expresión de sentimientos que pintura de sonidos” avisa Beethoven, como es sabido, en la partitura de la Sexta sinfonía, “Pastoral”—, todo eso hace que seguir el gesto de Savall director —un poco hierático y monótono— no sea la mejor guía para adentrarse en la emoción que despierta la música.

Orquesta y director hicieron un buen trabajo en la Sexta, aunque no tanto en su segundo movimiento: Savall no parece encontrarse bien en el remanso de los pastores junto al arroyo, con el fluir melódico natural. La Séptima, cuyo discurso fuertemente rítmico —recordemos como la llamaba Wagner: “Apoteosis de la danza”— a priori parecía mucho más de acorde con las características de Savall, fue emprendida con una diafanidad y solemnidad muy interesantes en el Poco sostenuto introductorio del primer movimiento, pero una cierta crispación y prisa fue adueñándose de la versión hasta desembocar en un torbellino de velocidad y volumen sonoro no justificado, me parece, por el con brio que adjetiva al Allegro. El rigor en la concepción, en la elección del material sonoro, en la precisión no debiera menoscabar, menos tratándose de Beethoven, la delectación.