BARCELONA / El arte humanísimo de Beethoven

BARCELONA / El arte humanísimo de Beethoven

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 16-XII-2020. Valentina Lisitsa, piano. Obras de Beethoven.

Durante el año, annus terribilis, que acaba, se habían previsto eventos múltiples, grandiosos para celebrar el 250º aniversario del nacimiento de Beethoven. La inmensa mayor parte de ellos se los ha llevado la pandemia por delante, pero al menos en la precisa fecha del día natal del genio, 16 de diciembre, presencial o telemáticamente, han sido muchas las celebraciones –con las limitaciones obligadas- que han festejado la efeméride.

El Palau de la Música se ha decidido por una celebración sobria, pero esencial y densa: cinco hitos del monumental ciclo de las 32 sonatas para piano han sido interpretados por la pianista Valentina Lisitsa, cinco sonatas con nombre: la Claro de luna (nº 14, op. 27, nº 2), la Pastoral (nº 15, op. 28), La Tempestad (nº 17, op. 31, nº 3), la Waldstein (nº 21, op. 53) y la Appassionata (nº 23, op. 57). Es conocida la escasa posibilidad de que esos famosos sobrenombres hayan sido en algún caso decididos por Beethoven, pero no cabe duda de que facilitan la retentiva y la difusión de unas obras que, no por casualidad, se encuentran entre las más significativas y decisivas sonatas del compositor.

Lo primero que podemos decir de la interpretación de Lisitsa es que hay que admirar que en una sola velada y sin pausas se haya enfrentado a cinco obras que exigen del intérprete una capacidad técnica y conceptual fuera de lo común. Hay, es cierto, algún movimiento ‘fácil’, por ejemplo, el inefable primer tiempo, Adagio sostenuto, de la Claro de luna. Hay, muchos, movimientos y pasajes de gran dificultad, por ejemplo, el vertiginoso, terrible, Presto final de la Appassionata. Pero, superadas las características técnicas, queda el trabajo conceptual, el dar la medida de la delicadeza que Beethoven pide para interpretar aquel primero (delicatissimamente e senza sordino) y, casi en el extremo técnico y conceptual opuesto, para, en el segundo, expresar con justeza la revolución que hay detrás de los acordes potentísimos en staccato, casi una “danza bárbara…arrancada por la fuerza al piano”, según expresión de Guy Sacre.

Lisitsa abarcó desde luego todas esas dimensiones de manera cumplida. Posiblemente se encuentra mejor en medio del fragor del segundo ejemplo, que interpretó de manera gigantesca con una autoridad que disipaba la apariencia de espectacularidad. Y del mismo modo en movimientos rápidos y fuertes, como el primero de La Tempestad después de la introducción lenta. En cambio, su sobria interpretación del mencionado Adagio inicial de la Claro de luna, sin ser superficial, no dio completa cuenta de la poesía (inefable, claro) del movimiento. Lo más logrado del recital fue quizá la versión de la sonata Waldstein, que parece especialmente adecuada para el virtuosismo sonoro, la riqueza de toque, el elaborado uso del pedal que son cualidades que Lisitsa posee en alto grado.

En la interpretación de Valentina Lisitsa descuella la preferencia de la pianista por los agudos contrastes. Pero en ninguna de sus opciones los busca para conseguir espectacularidad, más bien son consecuencia de una manera reflexiva, coherente y concentrada de entender el arte humanísimo de Beethoven.